El derecho a primeras cepas

La importancia de la vid en España.

Actualmente España es el país con mayor extensión de viñedo del mundo. Con en torno a un millón de hectáreas plantadas de vid, el 15 % de los viñedos de todo el planeta se encuentran en tierra española. Siendo además nuestro país el tercer productor mundial de vino del mundo, solo por detrás de Italia y Francia.

Si bien desde la antigüedad se había practicado el cultivo de las cepas así como la elaboración de vino en la península ibérica (desde los primeros pueblos íberos hasta la Hispania romana, pasando por los fenicios y cartagineses) es a partir del s. XVIII y primera mitad del s. XIX cuando se apuesta de manera especial en España por el cultivo de la vid y la elaboración de vinos, alcanzando algunos de ellos fama mundial.

Más adelante, en la segunda mitad del s. XIX, una epidemia de filoxera arrasó los viñedos de Francia e Italia, que contaban en aquel momento con las mayores extensiones de viña del mundo. Tenían también estos países una técnica de plantación, maquinaria y métodos de fermentación más avanzados, así como variedades de uva de gran rendimiento.

Esto hizo que muchos productores franceses viniesen a España a plantar sus cepas para producir uva y elaborar vino, trayendo consigo sus métodos y técnicas.

Así todo ello, la escasez de vid en Europa junto con la potenciación de nuevas plantaciones en nuestra tierra contribuyó a situar a España como un gigante mundial de la industria del vino.

La tierra para plantar viñedo.

Y dado que las tierras estaban en los s. XVIII y XIX principalmente en manos de la nobleza, latifundistas y terratenientes, se generalizó el conocido como derecho a primeras cepas para instrumentalizar la relación jurídica entre:

  • los propietarios de la tierra por un lado,
  • y los campesinos o productores, interesados en dichas tierras para plantar viñedo por el otro lado.

Así, nació el denominado “derecho a primeras cepas”, también conocido con Rabassa Morta (cepas muertas) en Cataluña.

Configuración del derecho a primeras cepas.

Se trataba de un derecho real que trasladaba al titular del mismo, el agricultor o campesino, la posesión y disfrute de la tierra, con el objetivo específico de plantar viñedo y explotarlo durante el tiempo de vida de las cepas plantadas; debiendo después devolver la tierra a su legítimo propietario, el dueño de la misma, que durante este tiempo no perdía en ningún momento la nuda propiedad, y tenía el derecho a cobrar una renta anual por parte del cesionario.

Este derecho solía nacer de un contrato entre las partes, cuyo objeto era constituir dicho dominio dividido: el dueño de la finca cede su uso para plantar viñas por el tiempo que vivieren las primeras cepas, pagándole el campesino cesionario una renta o pensión anual en frutos o en dinero.

Y ambas partes obtenían importantes beneficios:

  • El productor no tenía así que comprar la tierra, con el gran desembolso que ello implicaría, sino solo pagar una renta anual por ella, pero con la garantía de poder explotar la tierra todo el tiempo que durase la viña plantada.
  • Por otro lado, el propietario de las tierras se beneficiaba de la renta anual del cesionario, y obtenía tierras fértiles y en buen estado a la finalización del contrato.

El derecho a primeras cepas en nuestro Código Civil.

Este derecho a primeras cepas se extendió especialmente en zonas vinícolas de Cataluña, donde existe registro documental de centenares de contratos y escrituras públicas en las que los propietarios de la tierra la cedían “a primeras cepas” a cambio de una renta anual.

Y uno de los principales problemas que planteaba en la práctica era el de su duración. ¿Cuántos años dura una cepa?  Mediante la técnica de renuevos y mugrones éstas podían vivir indefinidamente.

Por ello, el Código Civil vino a fijar en vía legal un plazo determinado de tiempo para el contrato, estableciéndolo en 50 años, y entendiendo que este plazo coincide con la vida media de una cepa.

Encontramos hoy el régimen legal concreto del derecho a primeras cepas en el artículo 1.656 C.C. configurado con las siguientes reglas:

1.ª Se tendrá por extinguido a los cincuenta años de la concesión, cuando en ésta no se hubiese fijado expresamente otro plazo.

2.ª También quedará extinguido por muerte de las primeras cepas, o por quedar infructíferas las dos terceras partes de las plantadas.

3.ª El cesionario o colono puede hacer renuevos y mugrones durante el tiempo del contrato.

4.ª No pierde su carácter este contrato por la facultad de hacer otras plantaciones en el terreno concedido, siempre que sea su principal objeto la plantación de viñas.

5.ª El cesionario puede transmitir libremente su derecho a título oneroso o gratuito, pero sin que pueda dividirse el uso de la finca, a no consentirlo expresamente su dueño.

6.ª En las enajenaciones a título oneroso, el cedente y el cesionario tendrán recíprocamente los derechos de tanteo y de retracto, conforme a lo prevenido para la enfiteusis, y con la obligación de darse el aviso previo que se ordena en el artículo 1.637.

7.ª El colono o cesionario puede dimitir o devolver la finca al cedente cuando le convenga, abonando los deterioros causados por su culpa.

8.ª El cesionario no tendrá derecho a las mejoras que existan en la finca al tiempo de la extinción del contrato, siempre que sean necesarias o hechas en cumplimiento de lo pactado.

En cuanto a las útiles y voluntarias, tampoco tendrá derecho a su abono, a no haberlas ejecutado con consentimiento por escrito del dueño del terreno, obligándose a abonarlas. En este caso se abonarán dichas mejoras por el valor que tengan al devolver la finca.

9.ª El cedente podrá hacer uso de la acción de desahucio por cumplimiento del término del contrato.

10.ª Cuando después de terminado el plazo de los cincuenta años o el fijado expresamente por los interesados, continuare el cesionario en el uso y aprovechamiento de la finca por consentimiento tácito del cedente, no podrá aquél ser desahuciado sin el aviso previo que éste deberá darle con un año de antelación para la conclusión del contrato.

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La historia económica del Brandy

Como bien es sabido, desde tiempos inmemoriales los gobernantes siempre han financiado sus imperios, naciones, guerras y reino en base a los impuestos. Y es que desde los antiguos faraones egipcios, pasando por los reyes persas, las Ciudades Estado Griegas, el Senado Romano, los reyes medievales, o bien los Estados modernos, la maquinaria estatal se nutre vía impuestos y tasas que gravan el patrimonio y la generación de riqueza de sus ciudadanos, empresarios y trabajadores.

mercaderY dado que dicha estructura estatal siempre termina generando una abultada burocracia que necesita cada vez de más recursos, los gobiernos nunca han dudado en buscar nuevos hechos impositivos en la actividad diaria de los ciudadanos: Si fumas, pagas más impuestos; si dejas herencia a tus hijos, pagas impuestos, etc… Con el objetivo de evitar la voracidad recaudatoria de reyes y gobernantes, los súbditos siempre han buscado en todo momento vías para evitar el pago de impuestos.

Así la historia en particular de uno de los licores derivados del vino más famosos del mundo, el Brandy (también conocido como aguardiente, Coñac y Holandas) parece tener su origen, según distintas leyendas, en la estratagema que seguían algunos comerciantes españoles para evitar el pago de impuestos aduaneros sobre el vino.

Holanda fue durante siglos el imperio que dominó los transportes marítimos por toda Europa y Asia. Sus marinos y armadores recogían mercancías llegadas de las distintas naciones europeas y las distribuían con sus barcos por medio mundo. Y hasta los puertos holandeses transportaban los mercaderes el vino desde España, un bien muy preciado y demandado a nivel internacional desde los tiempos más antiguos. Pero en su travesía los mercaderes debían atravesar diversos países y regiones, y ahí vieron los reyes o nobles locales la oportunidad de establecer un impuesto al tránsito de vino, basado en el volumen de vino transportado. Por lo tanto, cuánto más vino se llevaba por estas rutas, más había que pagar en estos “peajes” aduaneros.

brandyLos españoles conocían la técnica de destilación de los árabes, que se utilizaba habitualmente en los perfumes y en la elaboración de drogas o fármacos. Con lo que se les ocurrió destilar el vino, es decir, calentarlo a altas temperaturas, el líquido alcohólico se calienta a temperaturas controladas y evapora. El vapor viaja por un alambique y se condensa, luego se recoge  y se obtienen una bebida de mayor grado alcohólico.

Y todo ello con la idea de rebajar el volumen transportado, pagando por ello menos impuestos, y pensando después en volver a mezclar con agua una vez llegado al destino. Es decir, crearon un “concentrado de vino”.

Puesto que se transportaba este “concentrado” en barriles de madera, durante largos trayectos, en algún momento se descubrió que este licor destilado, tras pasar tanto tiempo en barrica en su viaje, se habría convertido en destino en un delicioso brebaje.

Otra versión de la leyenda indica que hubo un año que un importante comprador holandés, que había adquirido la mayor parte de estos “concentrados” españoles, se vió en bancarrota y anuló la orden de compra, por lo que la mayor parte de la mercancía se tuvo que quedar en las bodegas sin vender. Los bodegueros españoles, para conservar su mercancía, lo almacenaron en barricas de madera, esperando poder venderlo en el futuro. Descubriendo un año más tarde que el destilado se había convertido en el magnífico licor que los holandeses bautizarían con el nombre de “brandewijn” o vino quemado, de donde deriva la palabra Brandy. Y que en España se conocería también como “holandas” por el destino de dicho derivado del vino.

Por último señalar que es famosa también la leyenda de que el impuesto al brandy de Jerez financió íntegramente la construcción de la Catedral de Jerez de la Frontera, en Cádiz.

Desde luego, no existen registros históricos sobre la veracidad de estas leyendas, pero los rasgos generales parecen tener visos de realidad.

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