La oración de Jesús en la Cruz.

¿Jesús abandonado?

Hace unos meses, un buen amigo me habló con gran interés de un concepto que le había resultado muy interesante en el libro “La unidad y Jesús abandonado”, escrito por la fundadora del movimiento de los focolares, Chiara Lubich

Concretamente los párrafos de los que me hablaba mi amigo se referían a la pasión de Cristo, donde la autora expone el momento en que Jesús desde la cruz grita «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15, 34; Mt 27, 46) como un momento en el cuál Cristo está sintiendo la más absoluta soledad, al no sentir ya ni siquiera la unión con el Padre. Si bien a pesar de ello se abandona plenamente al Él y a su voluntad, como muestra de la más absoluta Fé, para morir en la Cruz.

Este pasaje del Evangelio ha sido uno de los más comentados a lo largo de la Historia. Ha dado pie a muchos autores a afirmar que Jesús, a pesar de su naturaleza divina, también cayó en la desesperación que representa la lejanía de Dios. Al extremo de que Calvino escribió que en este momento Jesús <<llegó a temer por su propia salvación>>.

La interpretación de C. Lubich parece menos radical que la de Calvino, y puede tener sentido para muchos lectores de la Escritura, pero sin embargo creo sinceramente que se trata de una interpretación errónea, al igual que en el caso de Calvino, y que falla al no poner en relación este momento crucial de la Pasión con el resto del Evangelio.

Para entender correctamente cada pasaje de los Evangelios es necesario unir las partes en su totalidad, y realizar un análisis completo y profundo, bajo el prisma también del Antiguo Testamento. No se puede entender el Evangelio por partes separadas.

Así, el objetivo de este ensayo es estudiar, a la luz de la teología cristológica moderna, la interpretación correcta que merecen las palabras de Cristo en la Cruz.

Cristo_crucificado

Jesús hablaba a través de las Escrituras.

En la época de Jesús, lo más importante para un judío eran las Escrituras. Todo judío conocía los textos de la Toráh, constituían su legislación y marcaban todos los usos y costumbres del día a día. A la vez que la Sinagoga se erigía como el centro de cada pueblo, donde se rendía culto diario y se leían las Escrituras.

En distintos momentos de los Evangelios vemos cómo Jesús acudía a la Sinagoga para enseñar, hablar de Dios a los judíos y leer la Escritura. (Mateo 4:23; Juan 18:20; Mt 13,53-58; Mc 6,1-6; Lc 4,16-30).

Con ello se evidencia un aspecto importante de Jesús, y es que era un gran conocedor de las Escrituras, las había leído y analizado. Las entendía en profundidad. Y de hecho buena parte de las palabras de Cristo que encontramos en los diálogos con sus discípulos, con el resto del pueblo o con los fariseos son citas literales del antiguo testamento.

Y es que podemos ver el Antiguo Testamento tanto como la Ley que Dios dio a su pueblo, pero también como la palabra profética que el Espíritu Santo dictó a los profetas miles de años antes del nacimiento del mesías, anunciando la venida del Hijo de Dios para salvar a la humanidad.

En base a lo dicho en los párrafos que preceden, podemos afirmar que cuando Jesús citaba las Escrituras, a veces era para enseñar (ley), otras veces era para unir pasado, presente y futuro, al citar cómo en ese momento concreto se estaba cumpliendo una profecía contenida en la Toráh, y finalmente otras veces era para anunciar que dichas profecías se cumplirían con seguridad en el futuro.

crucifixión

Los Salmos.

El canon cristiano utilizado como criterio para identificar los libros que componen el Antiguo Testamento corresponde esencialmente a la relación de libros que se leían y estudiaban en las sinagogas en Galilea y Judea en tiempos de Jesús. La idea de fondo es que nuestro Antiguo Testamento corresponda exactamente con los libros sagrados que Jesús leyó en su infancia y juventud, y utilizó en su predicación a lo largo de su vida pública.

Dentro de estas Escrituras encontramos el Libro de los Salmos, un conjunto de poemas hebreos escritos según la tradición por el Rey David unos 1.000 años antes del nacimiento de Jesús.

Como en otros libros del Antiguo Testamento, una parte se dedica a la enseñanza de la palabra de Dios, y buena parte de los Salmos son palabras proféticas referidas al mesías y a lo que acontecería en el futuro.

Y Jesús según nos transmiten los Evangelistas muchas veces recita y cumple los Salmos: Mt 21:16; Mc 12:10s; Jn 10:34; Jn 13:18; Mt 26:30;Mc 14:26.

El Salmo 22.

Llegados a este punto nos será ya fácil entender que no está Jesús hablando de forma vanal desde la Cruz, como podríamos erroneamente creer al leer en el Evangelio el lapidario lamento desde la Cruz «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».

Como hemos puesto de manifiesto en el presente ensayo, al igual que en otros momentos de su vida, Jesús estaba recitando las Escrituras que tan bien conocía, concretamente el Salmo 22 escrito como dijimos 1.000 años antes por el Rey David:

<<Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has abandonado?
a pesar de mis gritos,
mi oración no te alcanza.>>

Ahora lo podemos ver claro, y es que Jesús recita el Salmo a modo de oración y de enseñanza. Aún a pesar de estar en el momento más doloroso de su Pasión: tras haber sido sometido a los latigazos; tras la coronación de espinas; tras un doloroso “vía crucis” cargando con la cruz hasta el monte Calvario; tras haber sido clavado de pies y manos en la cruz, y sufrir crucificado; tras todo ello, y justo en el momento antes de su muerte, aún está recitando, orando y enseñándonos con su palabra y ejemplo.

Este Salmo empieza como el lamento de aquél que se siente solo ante el dolor y el sufrimiento, aquél que se siente abandonado por Dios en el peor momento de su vida; pero que a medida que reflexiona resulta que descubre que no está solo, porque en el peor momento le tiene a Él para cuidarle. Es más, necesita a Dios lo más cerca posible, y así lo pide al Señor.

<<Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.
líbrame a mí de la espada,>>

Podemos ver así también como en otra parte de este Salmo se anticipa la Pasión de Cristo.

<<Estoy como agua derramada,
tengo los huesos descoyuntados;
mi corazón, como cera,
se derrite en mis entrañas;
mi garganta está seca como una teja,
la lengua se me pega al paladar;
me aprietas
contra el polvo de la muerte.>>

<<me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos.
Ellos me miran triunfantes,
se reparten mi ropa,
echan a suerte mi túnica.>>

No estaba abandonado, sino que Oraba.

Así por tanto vemos cómo Jesús estaba, a las puertas de la muerte, orando a su Padre celestial. Con quién es Uno y de quién por tanto es imposible se sintiese abandonado.

Como nos enseña el Papa Benedicto XVI en su magnífica obra “Jesús de Nazaret”, mientras Jesús pronuncia las primeras palabras del Salmo se cumple ya en última instancia la totalidad del mismo y de todas las Escrituras, incluida la certeza de que su oración será escuchada por el Padre y se manifestará la salvación del mundo a través de su Resurrección.

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La relación del hombre con Dios

El objetivo del presente ensayo es presentar una teoría sobre cómo la realidad natural del hombre se relaciona con la realidad sobrenatural de Dios, entendiendo por relación la forma en la que se instrumenta la conexión de ambas realidades.

Voy a utilizar dos métodos de razonamiento para exponer la teoría:

  • el método apriorístico deductivo, en el cuál estableceremos unas premisas fundamentales y apodícticas, he iremos deduciendo de forma lógica la teoría a partir de dichos principios.
  • después introduciremos conocimientos que tenemos en la Biblia, en las obras de los Santos, en el Catecismo de la Iglesia Católica y en los tratados teológicos de la Iglesia.
  1. Premisas de partida.

Las premisas fundamentales de las que partimos son las siguientes:

  1. Dios es todopoderoso.
  2. Dios está en el cielo.
  3. Dios nos creó y nos hizo libres.
  4. Dios nos ama.

 

  1. Recta de relación.

A partir de la tercera premisa podemos deducir que el hombre, por su libertad, puede estar más cercano o más alejado de su creador.

recta de relación

La situación del hombre respecto Dios podría representarse gráficamente como una recta, que denominaremos recta de relación, y en la cual existiría un punto que sería aquél en el que el hombre puede estar más cercano a Dios, siendo su extremo opuesto aquel otro punto en el que el hombre estaría más alejado de Dios.

Ahora, en base a la cuarta premisa cabe deducir que cuanto más cerca esté de Dios, más fuerte puede el hombre sentir su amor, mientras que cuánto más se aleje, más distante estará del amor de Dios.

Es decir, el hombre con su libertad elije situarse más cerca o más lejos de Dios, accediendo a su pleno amor cuando está en el punto más cercano al creador, y no pudiendo sentir su amor en el punto más alejado.

Evidentemente, según la primera premisa, Dios lo puede todo y puede hacer llegar su amor al hombre, esté éste en el punto en el que esté de la recta de relación, si bien recibir este amor le arrastraría de forma irremediable hacia Dios.

Un ejemplo paradigmático de un hombre alejado de Dios que recibe su llamada de amor sería el de San Pablo, que estando alejado de Dios (era un judío que perseguía por orden del Sanedrín a los primeros cristianos) tuvo la aparición de Jesucristo y se convirtió al cristianismo, pasando a ser un destacado apóstol de la Palabra.

  1. Situaciones posibles del hombre en la recta de relación.

Una vez establecido lo anterior, esto es, la libertad del hombre para moverse entre el punto más cercano posible a Dios y el punto más alejado, así como el mayor o menor grado de intensidad con que percibe el amor de Dios en cada punto, debemos tener en cuenta el segundo de los principios apodícticos establecidos, esto es, Dios está en el cielo, que se complementaría con los siguientes puntos:

  • A la derecha de Dios padre está sentado Jesucristo.
  • Solo las almas puras pueden estar en el cielo y mirar “cara a cara” a Dios:
    • La Virgen María.
    • Los Santos.
    • Los ángeles de mayor graduación.

También sabemos que :

  • El objetivo del hombre es la santidad, que implicaría estar muy cerca de Dios.
  • Y que por su libertad puede también obrar en sentido contrario, mediante el pecado, que supone una ofensa a Dios, y aleja al hombre del creador.
  • Además conocemos que existen ángeles que han obrado y actúan igualmente en contra del amor de Dios, a los que llamamos demonios.
  • Por último, debemos también recordar que si el hombre deja el mundo y no está limpio de sus pecados, estará en una situación transitoria en el purgatorio, no pudiendo ir al cielo hasta haberse purificado.

Por tanto, estando el hombre en el mundo ordinario y teniendo en cuenta todo lo expuesto en los párrafos que preceden, cabe entender que:

  • Lo más cerca posible que puede estar el hombre de Dios sin estar en el Cielo es ser un Santo en vida.
  • En el purgatorio debe expiar sus pecados y limpiarse para poder ir al Cielo y ver a Dios cara a cara.
  • Lo más lejos posible que puede estar de Dios sin estar en el Infierno es siendo un Demonio en vida.
  • Lo más lejos posible que puede estar de Dios es en el Infierno.

 

  1. Libertad de movimientos.

Solo podremos por tanto ver a Dios cara a cara cuando nuestra alma esté totalmente purificada y podamos estar frente a él, en el Cielo.

Pero mientras tanto podremos sentir su amor a través de la Virgen María, los Ángeles servidores de Dios y de los Santos, todos los cuales a su vez ven a Dios cara a cara. Además podremos sentir su amor a través del Espíritu Santo, tercera persona de la Sagrada Trinidad y manifestación de Dios y de Jesucristo en el mundo de los hombres, o a través de la comunión con Jesucristo en la Eucaristía.

Sin intercesión sobrenatural, esté el hombre donde esté siempre tendrá oportunidad gracias a su libertad de moverse hacia Dios.

Sólo el hombre que se pone totalmente en manos de Dios encuentra la verdadera libertad (Benedicto XVI, Homilía, 8-diciembre-2005)

Pero cuando más lejos se encuentra más difícil le resultará sentir su amor. Los pecados, como ofensas que son al amor de Dios, separan al hombre del creador.

  1. Distancia e influencias.

En las distancias en las que el amor de Dios está más cercano, el hombre será más influenciable a las cosas buenas, a hacer lo correcto, a amar a los demás, así como a la influencia y atracción de los Santos, los profetas, los Ángeles de Dios, la Virgen, Jesucristo o el Espíritu Santo. La cercanía a Dios nos conecta a nosotros, así como a aquellos que nos rodean y a los que queremos, a las cosas buenas.

Por eso podemos concluir que a las personas que rozan la santidad son más proclives a tener apariciones y revelaciones sobrenaturales. Por ejemplo, las apariciones de la Virgen en Fátima y el Lourdes fueron a inocentes niños, cercanos a Dios, libres de pecado y que solían rezar mucho.

Pero según se agranda la distancia, es decir, cuanto más lejano va estando el hombre al amor de Dios, el hombre es más influenciable a las cosas malas, al pecado, a otras personas que también están alejadas y por tanto no son una buena influencia, y a los demonios, que igualmente están en un punto muy alejado de Dios y se mueven en los actos de pecado contra el creador.

Y por eso podemos concluir que las personas más lejanas a Dios son más propensas a no poder salir del pecado, a cometer más pecados, e incluso a caer poseídas por demonios.

No obstante, aunque cerca de Dios el hombre es más influenciable por las cosas buenas, no está exento, por su naturaleza humana y por el pecado original, de poder ser tentado por lo malo, y arrastrado hacia el punto más alejado de Dios de la recta de relación.

La situación contraria sin embargo es positiva, ya que supone que aunque el hombre que está más alejado de Dios es más fácilmente influenciable por lo malo, también puede recibir influencias positivas que lo acerquen a Dios, y lograr así andar hacia su salvación.

  1. Movimientos del hombre.

El hombre se mueve a lo largo de la recta de relación a través de sus actos y actitudes:

  • Cuando realiza actos basados en el amor a Dios y al prójimo se acerca a Dios
  • Cuando realiza actos que ofenden al corazón de Dios se aleja.

Evidentemente ésta es una gran generalización, puesto que el estudio de los actos que acercan o alejan al hombre de Dios requeriría de un profundo análisis e investigación, y daría para una obra que excede las pretensiones del presente ensayo, pero valga esta generalización para dejar aquí constancia de cómo el hombre, con la libertad que le concedió Dios al crearlo, decide entre realizar actos que le acercan o distancian del Padre. Si bien habría que añadir por su naturaleza imperfecta el hombre se ve influenciado como he indicado en el punto anterior, aunque también en su libertad puede alejarse y superar las malas influencias.

La nulidad del proceso judicial a Jesús de Nazaret

Hace unos años se publicó  Proceso a Jesús (Almuzara, 2013), una obra que ha adquirido cierta fama y en la que su autor, José María Ribas Alba, profesor de Derecho Romano de la Universidad de Sevilla, defiende que el proceso judicial a Cristo fue justo y legítimo, de acuerdo con la legalidad de su momento.

Según el profesor Ribas, a Jesús no lo mataron los fariseos ni los romanos, sino la ley y el Derecho. Pero nada más lejos de la realidad, dado que como aquí expondremos a Jesús lo mataron los intereses de la clase social que ostentaba el poder en el pueblo judío.

Mi propósito por tanto con este ensayo es demostrar, en base al texto histórico recogido en los Evangelios, así como en base a la historiografía de fuentes romanas y judías, la nulidad de la sentencia de muerte a Jesús de Nazaret, sobre la base la nulidad de los procesos judiciales que dieron lugar a dicha sentencia.

Nulidad

La nulidad es un concepto jurídico que declara que un acto, hecho o negocio jurídico no reúne los requisitos necesarios para su válida existencia, por lo que se debe tener por inexistente: nunca realmente ha llegado a nacer válidamente, y no despliega por tanto ningún efecto; todo lo que se haya hecho en base al mismo debe retrotraerse, para que las cosas queden como si nunca hubiese existido dicho acto, hecho o negocio jurídico declarado nulo, pues jurídicamente no ha llegado a existir.

La nulidad puede ser parcial (afecta solo a una parte del acto, hecho o negocio) o total. En el caso del proceso judicial a Jesús debemos entender que es total, pues no habría ninguna parte válida de los distintos procesos seguidos.

Coyuntura política y jurídica.

Judea y Galilea eran reinos clientelares, formaban una provincia perteneciente al Imperio Romano, que la había ocupado y se la había anexado en el año 63 a.C.

En la época de Jesús, la región de Judea contaba como autoridad romana con Poncio Pilatos, y la de Galilea con Herodes Antípas. La ley vigente era la del Derecho Romano, y el pueblo estaba sometido a la jurisdicción de los magistrados y las autoridades del Imperio.

No obstante los romanos permitían que los representantes del pueblo judío ejerciesen la autoridad moral y juzgasen en base a la ley y normas del pueblo judío, recogida desde miles de años antes en sus Escrituras. Este órgano era el Sanedrín o  Consejo Supremo Judío, formado por el sumo sacerdote y 70 hombres prominentes de Israel.

Así por tanto, había una doble autoridad:

  • Imperio Romano:
    • Judea: Poncio Pilato
    • Galilea: Herodes Antipas
  • Moral o Religiosa: El Sanedrín, sometido a su vez a la autoridad imperial.

Diversidad de procesos judiciales

El proceso judicial a Jesús de Nazaret fue doble:

  • Por un lado fue juzgado por el Sanedrín, la autoridad judía, bajo la acusación de blasfemia: declararse un Dios a sí mismo. Al declararse “Hijo de Dios” se ponía al mismo nivel de Dios mismo, y esto iba en contra de la ley judía. La pena en caso de demostrarse la comisión del delito era de muerte. Este proceso se inició e impulsó por buena parte de los altos representantes de los fariseos.
  • Por otro lado fue procesado por la autoridad romana, bajo la acusación de lesa majestad  y sedición: declararse un Rey y agitar al pueblo contra el Cesar. Al declararse “Rey de los Judíos” atenta contra el César, y la pena en caso de demostrarse la comisión del delito era de muerte. Este proceso se inició e impulsó por los representantes del Sanedrín.

Los fariseos

En la época de Jesús de Nazaret había distintos grupos o sectas religiosas judías, que se distinguían por su distinta interpretación de las ley judía o Escrituras Sagradas:

  • Fariseos
  • Esenios
  • Saduceos
  • Zelotes

De todos ellos, los que mayor aceptación por parte del pueblo, y también mayor poder habían alcanzado eran los fariseos, que ocupaban los puestos más prominentes en la jerarquía judía, y eran por lo general hombres ricos, con posesiones y formación. Eran la élite del pueblo, y representaban por así decirlo el judaísmo oficial.

Sus creencias religiosas se caracterizaban por enfatizar el formalismo: para ellos las formas eran lo más importante. Partían de la premisa de que no se podía explorar el interior de un hombre, por lo que el exterior, es decir, sus actos y lo que hacía, determinaban el fondo.

Esto chocó fuertemente con las enseñanzas de Jesús, que predicaba una visión de Dios menos formal y más afectiva, basada en el amor al prójimo.

Valga aquí en aras a la brevedad este burdo resumen, para poner en situación y contexto al lector, ya que este choque  doctrinal es desde luego mucho más amplio, y requeriría de un análisis e informe mucho más profundo, en tanto que la doctrina impartida por Jesús desbancaba de manera absoluta a lo que durante siglos había predicado y establecido la élite de los fariseos.

Lo buscaban para matarlo.

La sentencia de muerte a Jesús de Nazaret ya estaba dictada antes del proceso.

El citado enfrentamiento entre Jesús y los fariseos, que como ya dijimos antes eran hombres poderosos, se había recrudecido a lo largo de los años de vida pública de Jesús. Su gran autoridad a la hora de enseñar era acompañada de signos y milagros, y muchos ciudadanos tanto del pueblo judío como de otros pueblos creían en su mensaje.

Esto le convirtió en un hombre de gran prestigio y, según nos indican los Evangelios en distintas ocasiones, los fariseos lo buscaban para matarlo. Cada milagro que se hacía público y adquiría relevancia suponía un duro golpe contra el poderoso Sanedrín.

Tras uno de sus más importantes milagros, el de devolver a la vida a Lazaro, nos dice el Evangelio de Juan que se reunió el Sanedrín, preocupados por la gran fama que había adquirido Jesús. Dado que gracias a la resurrección de Lazaro muchos judíos creían en él como el Cristo, el hijo de Dios. Y decidieron que era un peligro y debían matarle.

¿Cómo puede ser justo un juicio si, antes de que se inicie el mismo, y sin contradicción ni pruebas, ni existiendo posible defensa para el acusado, ya se ha decidido la sentencia? Ésta sería la primera prueba de la absoluta nulidad, por tanto, del proceso seguido contra Jesús.

El prendimiento.

No fue ni mucho menos un proceso justo, sino una trama que tenía por objetivo asesinar a un opositor que ponía en entredicho el gobierno religioso de los poderosos fariseos.

Éstos, aprovechando su poder económico, compraron (con 30 monedas de plata) a uno de los discípulos del Nazareno, concretamente a Judas Iscariote, como infiltrado en el círculo privado de Jesús, a fin de señalar su paradero y entregarlo al Sanedrín.

Debemos aquí tener en cuenta que Jesús no tenía una residencia fija, se movía por un territorio extenso, y contaba con muchos seguidores que lo protegían, por lo cual no resultaba una misión fácil para los jefes fariseos el darle caza; de hecho los Evangelios nos indican que varias veces habían ya intentado apresarlo. Además en su prendimiento tenían que tratar de no escandalizar al pueblo y a los seguidores de Jesús, debía tratarse de una acción rápida y efectiva.

Finalmente, antes de la celebración de la Pascua (para no levantar escándalo durante la fiesta sagrada) y con nocturnidad y alevosía, mediante la ayuda de Judas Iscariote pudieron los hombres del Sanedrín apresar a Jesús mientras oraba en el huerto de Getsemaní.

Desde luego, la injusticia del proceso se vuelve aquí a poner de manifiesto, y es que el miedo por parte de los fariseos a capturar al Nazareno de forma pública revela que no estaban haciendo bien las cosas, no hubiesen tenido problemas en capturar a un verdadero delincuente a plena luz del día y sin tantos rodeos.

El proceso ante el Sanedrín.

El primer proceso judicial que afronta Jesús es ante el máximo órgano judicial y de poder religioso judío. La acusación que se le realiza es la de blasfemia, y se pide para él la pena de muerte.

Nada más detenerlo, y siendo de madrugada, se lo llevan a casa de Anás, que había sido sumo sacerdote. Un juicio ordinario nunca se podría producir de noche, sino que se habría producido de día y con una convocatoria pública ordinaria. Reunirse de noche y tan extraordinariamente es otro indicio más de la injusticia del proceso.

Desde luego, y según todo lo ya expuesto, podemos afirmar que no se trataba de juzgar de manera objetiva el delito, sino que perseguían obtener a toda costa la sentencia que buscaban los propios jueces, esto es, la muerte de Jesús.

Por ello, no existió defensa posible ni principio de contradicción entre las partes. Y tampoco declararon testigos objetivos. De hecho, se comenzó interrogando al acusado, y solicitando de él una declaración autoinculpatoria, mientras un guardia le pegaba. La ley judía exigía audiencia pública y la defensa del acusado ante un delito penado con pena capital, pero nada de eso se dio aquí.

De casa de Anás lo llevan a casa de su yerno Caifás, actual sumo sacerdote, donde está reunido el Sanedrín. Allí la táctica de los juzgadores fue la misma, siguieron intentando una declaración inculpatoria por parte del propio acusado.

Dado que los testigos tenían una gran relevancia en el proceso judicial de los judíos, pues según su ley varias declaraciones en contra suponían una prueba muy firme, llevaron los acusadores a falsos testigos que declaraban contra Jesús. Pero al no haber preparado adecuadamente dichos falsos testimonios, se contradecían unos con otros. Desesperados, seguían pidiendo al acusado que se declarase culpable.

“Plantearle preguntas al acusado y condenarlo en función de su respuesta constituyó [una] violación de la justicia formal” como bien indicaba en sus escritos el famoso abogado inglés Alexander Taylor Innes.

Finalmente el sumo sacerdote le pregunta bajo juramento divino “Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios” a lo que Jesús le respondió “Tú lo has dicho”. De lo cual Caifás dijo a los demás “Ha blasfemado, ¿qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia ¿qué decís?” y los demás sacerdotes dijeron “Es reo de muerte”.

Ya habían conseguido por tanto su objetivo, la pena de muerte.

Todo el proceso violaba la justicia formal y los más elementales principios del derecho procesal judío. Es decir, el proceso era nulo de pleno derecho.

El Gobernador Pilato.

Dado que bajo la soberanía romana el Sanedrín no tenía poder para ejecutar su propia sentencia, puesto que solo el Imperio Romano podía ordenar la muerte de un reo, llevaron al sentenciado al palacio del gobernador Pilato.

El delito de blasfemia por el que lo habían sentenciado quedaba en la esfera de la religión judía, y por tanto no era motivo de muerte ante el derecho romano. Fue por ello que los sacerdotes judíos presentaron a Jesús ante Pilato como “Rey de los Judíos”, es decir, como rebelde ante el Imperio Romano.

Además indicaron a Pilato que Jesús era un elemento subversivo para el pueblo, y predicaba que no se pagasen impuestos al Cesar. Estas falsas acusaciones lo convertían en reo de sedición contra el Imperio, lo cual si podía dar lugar a su condena a muerte.

Sin embargo, debía ser tan evidente que Jesús no lo era que Pilato indicó que no veía delito alguno en él, y no quiere firmar su sentencia de muerte.

Interrogándolo de nuevo, Pilato descubre que Jesús es natural de Nazaret, perteneciendo esta localidad a la jurisdicción de Galilea, bajo el mandato de Herodes Antipas. Y dado que Herodes se encontraba esos días en su palacio de Jerusalen para celebrar la Pascua lo envía a él. Es decir, se declara incompetente judicialmente para condenar a un ciudadano de otra región.

En el Palacio de Herodes Antipas.

Así por tanto los fariseos se vieron obligados a llevar a Jesús ante Herodes. Y éste, que había oído hablar mucho de él, pues debía ser como dijimos antes un hombre de gran fama y prestigio sobre el pueblo, le pidió que hiciese un milagro. Dado que Jesús no le respondía, Herodes se enfadó y se burló de él, pero no atreviéndose a condenarlo a muerte lo devuelve a Pilato concediéndole a éste la jurisdicción.

De nuevo ante Pilato.

El gobernador Pilato sigue sin creer en la culpabilidad de Jesús como reo de sedición, pues no existen pruebas ni antecedentes, ni tampoco testigos fiables, y se nota que solo es una estratagema del Sanedrín para matar al nazareno por motivos religiosos. Así por tanto, y buscando de nuevo eludir su responsabilidad, saca al balcón a Jesús.

Dado que tenía otro delincuente apresado para crucificarlo, llamado Barrabás, sacó a ambos a su balcón, y concedió al pueblo por estar en ciernes de la fiesta de la Pascua que pudiesen liberar a uno de ellos. Desde luego es lógico deducir que pretendía con esta estrategia que no quisiesen soltar al criminal real, Barrabás, mientras que liberarían al hombre que nada había hecho, Jesús de Nazaret.

Aquí resulta clave lo que nos dice el Evangelio de Lucas: «Ustedes me han traído a este hombre, acusándolo de incitar al pueblo a la rebelión. Pero yo lo interrogué delante de ustedes y no encontré ningún motivo de condena en los cargos de que lo acusan; ni tampoco Herodes, ya que él lo ha devuelto a este tribunal. Como ven, este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte. 16 Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad.

Sin embargo, los judíos allí presentes gritaron que liberase a Barrabás y crucificase a Jesús. ¿Cómo pudo ser esto así? Debemos tener en cuenta que todos los sacerdotes, junto con sus familiares, amigos y dirigentes fariseos habían sido quienes habían llevado allí a Jesús pidiendo su muerte, por lo que éstos debían estar allí en primera línea, agitando al pueblo. No era una representación real y homogénea del pueblo, sino que estaba muy sesgada por la presencia de los fariseos.

Sentencia de muerte.

Nos indican los evangelios que ante esto, Pilato se lavó públicamente las manos, en señal de que reconocía la profunda injusticia que se iba a cometer al soltar a un delincuente real y crucificar a un inocente. Pero no queriendo asumir más problemas con el pueblo judío, firmó finalmente la sentencia de muerte, indicando en una tablilla para público conocimiento que el reo se había declarado Rey de los Judíos.

Nulidad absoluta del proceso.

De todo lo expuesto se concluye la total y absoluta nulidad del proceso judicial seguido contra Jesús de Nazaret, siendo por tanto también nula la condena de muerte dictada contra el Nazareno.

  • La sentencia de muerte estaba decidida antes del proceso, por motivos políticos y religiosos, dado que Jesús amenazaba el poder de los fariseos.
  • La detención se realizó con nocturnidad y sin ningún tipo de garantías para el imputado.
  • El proceso ante el Sanedrín se desarrolló igualmente de noche, de manera sumaria, rápida, privada y sin audiencia pública.
  • No se respetaron los más elementales principios de un proceso justo, sin ningún tipo de garantías procesales para el acusado.
  • No se presentaron pruebas de cargo de entidad suficiente, ni testigos de cargo reales y fidedignos. No se probó la acusación de ninguna manera.
  • La culpabilidad y condena por blasfemia se derivó de una afirmación indirecta del propio acusado: “Tú lo has dicho”.
  • El Sanedrín lo presentó como culpable de sedición contra el Imperio Romano ante el gobernador: una falsa acusación, dado que lo habían condenado por blasfemia. El objetivo único de esta acusación en falso era obtener con dicha mentira la condena de muerte que ellos no podían ejecutar.
  • El gobernador romano Pilato indicó que era evidente que el reo era inocente del delito imputado, y lo quería soltar. Por ello no se atrevía a firmar la condena.
  • Herodes Antipas, gobernador de Galilea (y por tanto con jurisdicción sobre Nazaret) tampoco quiso firmar la condena, lo cual reafirma de nuevo la evidente inocencia de Jesús de los delitos de los que le acusaban.
  • Devuelto por Herodes a Poncio Pilato, este intentó de nuevo salvar a Jesús, entendiendo que se trataba de un inocente, pero la manipulación de los fariseos logró salvar al delincuente Barrabas y obligar a Pilato a condenar a Jesús.
  • Finalmente, se vuelve a evidenciar la inocencia cuando Pilato se lava las manos y firma la sentencia de muerte solo porque no ve otra salida para no crear conflicto con los poderosos del pueblo judío.

En definitiva, un proceso a todas luces injusto y nulo tanto en el fondo como en las formas.


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