Tres buenas razones para invertir en ETFs

Aunque los ETFs han adquirido un peso muy importante en el mercado financiero, llegando a alcanzar en Europa una cifra de 450.000 millones de euros, a la parte que suponen un total de dos billones de euros de ahorro invertido a nivel internacional, aún siguen siendo unos grandes desconocidos para muchos inversores particulares.

En este pequeño ensayo vamos a explicar brevemente en qué consisten, y vamos a dar tres buenas razones para utilizarlos en nuestras inversiones. Aunque primero parece recomendable recordar brevemente los conceptos básicos de este vehículo de inversión colectiva.

¿Qué es un ETF?

Su nombre es un acrónimo formado por las iniciales de su denominación en inglés, Exchange Trade Fund, que podemos traducir como fondo de inversión cotizado. Es decir, estamos antes fondos de inversión cuyas participaciones cotizan en la Bolsa, esto es, en el mercado secundario oficial, creando un híbrido entre los fondos y las acciones.

Primera Razón, la gestión pasiva.

Tenemos que traer aquí al frente otro concepto básico muy importante, concretamente el de que hay básicamente dos posibles estrategias de inversión en los mercados financieros:

  1. Gestión activa: existe una labor activa de análisis de los mercados, para determinar en qué valores o activos invertir, o bien cuáles hay que vender de los que ya hemos invertido, y en qué momento comprar o vender. Esta gestión intenta superar la rentabilidad media del mercado, para cuya medida se utiliza un índice como referencia del mercado. Por ejemplo, si en un fondo de gestión activa en las principales empresas cotizadas del mercado español su gestor ha logrado en el último año una rentabilidad del 5 % mientras que el índice de referencia de dicho mercado, el Ibex 35, ha logrado un 3,5 % de subida, entendemos que la gestión ha batido y superado en un 1,5 % de rendimiento al mercado. En definitiva, asume la premisa de que el análisis generará un mejor entendimiento de la información del mercado, pudiendo batirlo de manera recurrente.
  2. Gestión pasiva: es aquella que se limita a replicar el índice de mercado, por entender que intentar batir dicho rendimiento medio del mercado implica una gran cantidad de coste de análisis, y quizá un mayor riesgo, mientras que simplemente replicando el índice nos aseguramos su rentabilidad. Es decir, asume la premisa de que el mercado en sí mismo es eficiente, y el coste del análisis no nos va a permitir batirlo de manera recurrente. Replicar el índice ya implica por sí mismo diversificar e invertir en las empresas más representativas.

 

Era necesario especificar el concepto anterior ya que la mayor parte de los ETFs se construyen con un modelo de gestión pasiva, y están indexados a un índice, al cual replican. Por tanto, son el instrumento que nos permite realizar una gestión pasiva pura como inversores particulares, asegurando que la gestora del ETF revisará sus posiciones diariamente para que nuestra inversión replique la media del mercado, obteniendo por tanto su rendimiento medio, sin asumir mayores riesgos y sin asumir costes de análisis.

Segunda razón, la liquidez.

El alto grado de liquidez de los ETFs es su segundo principal atributo para optar por estos vehículos de inversión. Y es que su principal diferencia con los fondos ordinarios reside especialmente en la liquidez que les otorga cotizar en el mercado.

Y es que en los fondos tradicionales las participaciones se compran a la Gestora del Fondo, y su liquidez futura está supeditada a que dicha Gestora pueda asumir su compra posterior, o bien deshacer posiciones para poder atender las necesidades de venta del partícipe.

Sin embargo las participaciones de un ETF se pueden vender en todo momento en Bolsa, como las acciones o cualquier otro título cotizado.

Dado que la cartera de inversión del ETF se compone de los valores del índice al que replica, su liquidez es en esencia la misma de dicha cartera. Además, el acceso a esta liquidez está garantizado por medio de la figura de unos intermediarios especialistas que asumen el compromiso de ofrecer en todo momento precios de compra y venta de las participaciones del ETF durante las sesiones de mercado. De ello de hecho depende su admisión a cotización en el mercado oficial (en España BME) y su cumplimiento está también supervisado por el organismo rector de la Bolsa, lo cual es una garantía muy importante de dicha liquidez para los inversores.

Estos intermediarios especialistas que adoptan la función de “market makers” en los ETFs y que garantizan su liquidez suelen ser Bancos de inversión e instituciones financieras que tienen capacidad para otorgar en todo momento de las sesiones de mercado abierto precios de compra y venta de las participaciones del ETF en una horquilla (spread) determinada.

Tercera razón, la diversificación.

Apuntábamos ya en la primera de las razones para utilizar ETFs en nuestra inversión (gestión pasiva) que el invertir en el índice de mercado nos otorga por sí mismo una diversificación de nuestra inversión, ya que el propio índice está compuesto por una muestra representativa de este mercado al que nos indexamos.

Pero la razón que aquí queremos exponer como diversificación va más allá de ello, y es más elevada, porque lo que realmente nos permite el comprar participaciones de ETFs es el acceder a múltiples mercados a través de ETFs que replican diferentes índices internacionales.

Así por tanto, si creemos que USA y Europa deben tener un peso del 60% de nuestra cartera, pero el otro 40% lo tenemos que destinar a mercados emergentes, por ejemplo con un 20% en mercados de Sudamérica, un 10% en Indica y un 10% restante en Asia, podríamos ejecutar esta estrategia invirtiendo en ETFs que repliquen mercados norteamericanos, europeos y emergentes repartiendo la inversión entre ellos con la proporción descrita.

Es decir, invertir en diferentes ETFs internacionales nos permite diversificar por partida doble sin grandes costes de análisis y selección de valores: primero, cada ETF nos acerca a un país determinado; segundo, en cada uno de los ETFs estamos diversificando la inversión en aquél mercado.


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La regla del 72 en finanzas

Todos los que hemos estudiado contabilidad conocemos a Fray Luca Pacioli, fraile franciscano italiano del s. XV a quien debemos el sistema contable de partida doble (el debe y el haber) que desde entonces se ha utilizado en todas las instituciones y compañías mercantiles.

Pero este monje no solo desarrolló la moderna contabilidad, sino que aportó obras tan importantes como la Divina Proporción, manuales de matemáticas y manuales de Ajedrez.

Entre todas sus aportaciones, queremos aquí destacar una muy importante, denominada “la regla del 72”. Se trata de un método de resolución de problemas financieros que se aproximó a los logaritmos casi un siglo antes de que Jhon Napier desarrollase la logarítmica.

Esta regla del 72 nos permite de forma muy sencilla calcular cuántos años necesitamos para duplicar nuestra inversión, o bien dado un plazo de años determinado a qué tipo de interés se tendría que reinvertir para duplicar la inversión.

Primero recordemos que nuestra inversión se puede capitalizar a interés simple o bien a interés compuesto. El interés simple significa que los interese se cobran por el inversor y no se reinvierten, por lo que la fórmula matemática para calcular el rendimiento sería

Donde Cn es el capital final obtenido, Co es el capital inicial invertido, “i” es el tipo de interés que se cobra, y “n” es el término temporal en el que se cobran intereses por dicha inversión.

Como vemos, calcular aquí cuánto se tardaría en duplicar la inversión es relativamente sencillo, dado que basta con realizar operaciones aritméticas simples.

Sin embargo, el interés compuesto implica que los intereses generados por la inversión se reinvierten al mismo tipo de interés. Así, la fórmula matemática sería como sigue:

Dado que en este caso del interés compuesto el factor tiempo actúa como exponente, puesto que los nuevos intereses generados cada cierto tiempo se añaden a la inversión inicial, calcular el plazo necesario para duplicar la inversión requeriría operaciones complejas que hoy resolveríamos con logaritmos.

Sin embargo, Fray Luca Pacioli nos dio la regla simple para calcular aritméticamente el plazo de tiempo para necesario para multiplicar por dos lo invertido. Basta con dividir 72 entre el tipo de interés (multiplicado por 100) y obtendremos el tiempo necesario.

Veamos cómo funciona con un ejemplo. Pensemos que invertimos 10.000 € a un tipo de interés compuesto anual del 4 %. Cada año aplicando la fórmula del interés compuesto ganamos 400 € por lo que el capital final tras la inversión de un año será de 10.400 €

Con la regla del 72 podemos calcular de forma rápida el número de años necesario para que este capital final de nuestro ejemplo sea al menos de 20.000 € habiendo duplicado con el tiempo la inversión inicial.

Procedemos a dividir 72 entre el tipo de interés en términos absolutos, es decir, entre 4, y obtenemos como resultado 18 años. Veamos cómo efectivamente el resultado es aproximadamente correcto.

Si probamos con cualquier otro tipo de interés, veremos que el número de años calculado siempre permite hacer duplicar la inversión según el tipo de interés compuesto utilizado.

A la inversa, si tenemos un capital y un plazo de tiempo durante el cual podremos invertirlo, también podemos calcular el tipo de interés compuesto al cual lo debemos invertir para duplicar la inversión en dicho tiempo. Sería tan sencillo como dividir 72 entre el número de años, y el resultado sería el valor en términos absolutos del tipo de interés a requerir para aproximadamente multiplicar la inversión por dos en el plazo de años que tendremos disponible el capital.

Por ejemplo, si durante 10 años que nos faltan para la jubilación vamos a disponer de 30.000 € ahorrados, ¿qué tipo de interés deberíamos requerir para duplicar este capital en el momento de jubilarnos?. Al dividir 72 entre 10 obtenemos 7,2 por lo que el interés que duplica esta inversión en 10 años es de 7,2%.

Cómo es posible que esta regla tan sencilla funcione? La respuesta es que si calculamos a qué exponente es necesario elevar la suma del tipo de interés porcentual más 1 para que el resultado sea 2, dicho exponente necesario será igual siempre al resultado de la fracción entre 72 y el tipo de interés (este último multiplicado por 100, no en términos porcentuales).  Este cálculo corresponde en las matemáticas modernas al campo de los logaritmos y del cálculo infinitesimal, pero el conocimiento de Fray Luca Pacioli nos lo brindó en forma de sencilla regla financiera hace ya cinco siglos.


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La volatilidad como medida del riesgo.

En la inversión en activos financieros, a pesar de que existen siempre muy diversos riesgos asociados a la inversión en función del tipo de activos en concreto, la palabra riesgo suele referirse en concreto al riesgo de que un activo cotizado pierda gran parte de su valor en el mercado.

¿Y cómo se mide ese riesgo de posibles bajadas en la cotización de un activo? A través de la volatilidad de la cotización, que se mide mediante la desviación estándar estadística.

Para entender correctamente este concepto debemos partir de la base de que la cotización de las acciones en Bolsa, como las de resto de activos financieros en cualquier mercado en el que coticen, pueden visualizarse como una serie estadística en la que cada punto o registro de la serie es un valor de cotización en un momento determinado del tiempo, normalmente en los días en los que opera el mercado.

Por ejemplo, tomemos la siguiente serie para la cotización del último año de las acciones de la compañía REPSOL que cotizan en la Bolsa de Madrid:

Entre el 2 de agosto de 2018 y el 2 de agosto de 2019 hay 256 cotizaciones, con un valor medio de 15,21 € por acción, siendo el valor máximo de la serie de 17,14 € y el mínimo de 13,28 €.

En dicha serie de valores podremos en primer lugar calcular la varianza (Φ2 ) que es la medida estadística de dispersión que nos indica el valor medio de dispersión de los registros respecto de su media. Es decir, si tomamos en nuestro ejemplo los 256 registros de cotizaciones, para calcular la varianza debemos: 1) calcular en cada valor su desviación de la media de 15,21 €; 2) elevar al cuadrado dichas desviaciones, porque habrá unas positivas (cuando el registro se desvía al alza respecto de la cotización media) y otros negativos (cuando el registro se desvía a la baja respecto de la cotización media); 3) calculamos la media de dichas desviaciones al cuadrado (valores positivos). El resultado de este cálculo de la varianza es de . . Se indica así (más/menos) dado que la media de desviaciones al cuadrado puede ser al alza o a la baja. La Varianza no tiene unidad al haberse perdido la misma al elevar al cuadrado para eliminar los valores negativos.

Ahora, a partir de la varianza, podemos ya calcular la desviación estándar, que es la raíz cuadrada de dicha varianza  ) y que en nuestro ejemplo es 0,973 €. Esta es la volatilidad o riesgo medio que estamos asumiendo teniendo en cuenta los valores de la serie de cotizaciones de Repsol en nuestro ejemplo, y significa que a tenor de esto datos conocidos para nuestra inversión el valor tenderá a subir o bajar 0,973 €.

Continuando con este ejemplo práctico, si compramos acciones de Repsol con el valor de la última cotización de la serie, esto es, 13,82 € nuestro riesgo medio de bajada, aplicando la volatilidad calculada, implicaría que podrían de media bajar a 12,84 €. Así por tanto, la volatilidad sería en este caso del 7%.

Ahora cabe preguntarse ¿es muy elevada? Si comparamos el 7% que hemos calculado con la volatilidad anual medida en el índice IBEX 35 en el que se incluyen estas acciones, que está en torno al 14%, podemos afirmar que el riesgo de estas acciones es un 50% inferior al riesgo de su Benchmark, con lo cual parece una apuesta poco arriesgada.

Aunque siempre debemos fijarnos en esta volatilidad como medida del posible riesgo de caída de las acciones que compramos, debemos tener en cuenta que dicha volatilidad no representa solo una media de la potencial caída, sino que representa cuánto puede subir o bajar de media el valor según la serie histórica de su cotización. Por lo tanto, el 7% también puede decirnos cuanto puede subir de media el valor de las acciones de Repsol en nuestro ejemplo. Aunque debemos repetir que la prudencia pasa por tener en cuenta la volatilidad como medida del riesgo, y realizar un análisis fundamental adecuado para predecir la posible subida que pueda tener el valor.

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Cómo reducir el WAAC o coste de financiación

El coste de financiación de las empresas, también conocido por sus siglas en inglés WACC (Weighted Average Cost of Capital) es el coste promedio que tiene la compañía como resultado del coste de financiación de los fondos propios (Equity o capital social, por la retribución exigida por los accionistas) y del coste de financiación de los fondos ajenos (por el tipo de interés exigido por los acreedores financieros y prestamistas).

Un coste muy alto lastraría la rentabilidad de la compañía y podría derivar incluso en su quiebra por incapacidad de acceder a la financiación.

Existen diversas claves para reducir el coste de financiación. Dado que el WACC como hemos visto es una media ponderada del coste de los fondos propios y del coste de los fondos ajenos, las medidas para reducir el mismo se dividen igualmente en dos partes bien diferenciadas:

  1. Reducir el coste de financiación de los fondos propios.
  2. Reducir el coste de financiación de los fondos ajenos.

Respecto del primer punto, existen fundamentalmente dos vías:

1.a) Reducir el dividendo. En la medida en que la compañía destine un menor porcentaje de beneficios a retribuir a sus accionistas, dicho importe podrá ser destinado a reservas, ampliando los capitales propios para financiar la actividad e inversiones de la compañía. Esta medida merma la rentabilidad de los inversores, por lo que debería consensuarse por la Junta de Accionistas, y el equipo de dirección debería explicar correctamente a qué se van a dedicar los beneficios no repartidos. Esta medida es también habitual cuando la compañía tiene dificultades para financiarse con fondos ajenos, es decir, si no obtiene otra financiación recurre a sus propios beneficios (autofinanciación) en detrimento del accionista. También es habitual en compañías de reciente creación y en crecimiento.

1.b) Ampliar el capital. Si la medida anterior implicaba reducir la retribución a los accionistas, esta medida implica requerir financiación por parte de ellos. Para la compañía, estos nuevos fondos derivados de una ampliación de capital no implican un coste directo, dado que no existe una obligatoriedad de reembolsar el capital social. Y le permite por tanto acometer nuevas inversiones en el activo fijo o circulante sin incrementar sus costes financieros. También cabe realizar una ampliación con

Estas dos medidas no serán posibles sin la confianza de los accionistas en los proyectos de la empresa, por lo que repetimos que el equipo directivo tendrá que dar buena cuenta de su correcta gestión.

Y respecto del segundo punto, indicaremos igualmente dos vías fundamentales:

2.a) Trasladar la financiación al largo plazo: El coste de los créditos bancarios a corto plazo tiende a ser superior, ya que el cuadro de amortización es más exigente. Es decir, si hay menos tiempo para reembolsar el crédito o préstamo, es mayor la probabilidad de que el negocio aborde problemas para su devolución, y ello encarece el tipo de interés. En tanto que se pueda derivar financiación del corto al largo plazo tenderá a reducirse dicho tipo de interés exigido por el banco o entidad prestamista. Por ejemplo, un préstamo para comprar una maquinaria que tardará al menos tres años en optimizar su función dentro de la cadena de producción no debería financiarse con un préstamo, crédito o renting de plazo inferior a tres años, sino en un plazo de unos cuatro años, para que el retorno de la inversión pueda contribuir correctamente a amortizar la inversión. Al estar contemplado el retorno de la inversión en el plazo de amortización crediticia, el Banco o prestamista podrá reducir el interés exigido al ser inferior la prima de riesgo.

2.b) Reforzar garantías en la financiación: cuantas mayores garantías aporte la empresa a sus acreedores financieros externos en cada operación, menor tenderá a ser la prima de riesgo de las operaciones y por lo tanto menor será el tipo de interés de préstamos y créditos, reduciendo el coste de financiación. Principalmente se contemplan dos tipos de garantías, las reales y las personales. Mientras que en el caso de la garantía real se aporta al préstamo o crédito un bien mueble o inmueble de la compañía en garantía de la correcta devolución, en el caso de la garantía personal es el empresario el que avala con su patrimonio personal dicha devolución. Un ejemplo típico de garantía con bien inmueble es la constitución de una hipoteca sobre un edificio o nave industrial, mientras que un ejemplo de garantía mobiliaria (bien mueble) lo constituye la prenda o la reserva de dominio sobre los vehículos de la compañía.

Finalmente debemos indicar que, con la implementación de estas medidas y reduciendo el coste de financiación o WAAC, la compañía se volverá más atractiva para los potenciales inversores, lo cual genera un circulo virtuoso ya que contribuirá a seguir reduciendo dicho coste vía nuevas aportaciones de capital.

* Más información| Blog EFPA España Economipedia
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El aseguramiento de préstamos empresariales con FRAs.

Es una realidad que todas las compañías, en mayor o menor medida según su modelo de negocio e industria competitiva, necesitan financiar sus inversiones y operaciones, dado que por lo general necesitarán desembolsar dinero en maquinaria, inmuebles, vehículos, etc… antes de obtener un retorno suficiente a través de la venta de los productos y servicios elaborados gracias a dichas inversiones.

La financiación puede ser con fondos propios, cuando la compañía cuenta en reservas con dinero suficiente, si bien este caso tenderá a ser la excepción ya que el objetivo de las empresas no es acumular fondos, sino repartir el beneficio que se genera cada año entre sus accionistas.

Por tanto, será más habitual que recurran a la financiación vía fondos ajenos, pudiendo aquí financiarse a través de sus accionistas (con una ampliación de capital, o bien con préstamos de los accionistas a la sociedad).

Si la inversión no puede ser acometida por los accionistas, o estratégicamente no se desea realizar una ampliación de capital, se recurrirá a entidades de crédito como los Bancos, los Fondos de Inversión o las Cooperativas de Crédito. En este caso podrán realizar emisiones de Bonos o deuda, o bien recurrir a préstamos bancarios, siendo el objetivo de este artículo precisamente los préstamos.

Estos préstamos que denominaremos aquí bancarios tienen siempre un plazo de devolución, que en la práctica no suele ser superior a 10 o 12 años, pues se entiende que no es viable realizar inversiones en activos empresariales que necesiten un mayor plazo de retorno, dado que su amortización física podrá devenir en dicho caso antes de su amortización financiera.

Para plazos que superen los 5 años se suele exigir garantías reales (bienes físicos que garanticen el préstamo con prenda o hipoteca).

Y evidentemente la empresa prestataria tendrá que devolver el préstamo con un tipo de interés como retribución al prestamista (además de otras posibles comisiones que se puedan establecer).

Este tipo de interés puede determinarse como fijo para todo el plazo de duración, y en este caso se conocerá desde el inicio el importe total a devolver.

Pero como es sabido, el tipo de interés varía a lo largo del tiempo, y por tanto establecer un tipo fijo implica un riesgo para el prestamista, en el sentido de que si el interés sube durante la vida del préstamo, habrá obtenido un tipo de interés inferior al que se cotiza en el mercado.

Por ello, para importes elevados y en coyunturas fluctuantes las entidades financieras suelen establecer tipos de interés variables, y aquí el problema de la empresa prestataria radica en que no puede conocer desde el inicio el importe total que le supondrá el préstamo.

Por ejemplo, imaginemos un préstamo a una empresa de 20.000.000 € a devolver en 4 años, a través de 4 amortizaciones anuales de 5.000.000 € cada una. Si pudiésemos fijar un tipo de interés para toda la vida del préstamo del 5%, y cada año junto con cada cuota de amortización de capital se pagase una cuota de interés anual del 5% sobre el capital pendiente, el total de intereses que la empresa pagaría sería de 2.500.000 € en el plazo de duración del préstamo.

Sin embargo, si el Banco no está de acuerdo en fijar un tipo para toda la vida del préstamo, a fin de salvaguardarse de posibles subidas del tipo de interés, o de exigencias de cobertura del Banco Central, etc… y dicho préstamo se fija a interés variable, referenciado a Euribor, Libor u otro tipo de referencia, aquí la empresa será quién asuma la volatilidad en la evolución del tipo de referencia. Lo que hará el Banco para indexar el interés al mercado será fijar un tipo total igual a la suma de una prima o diferencial más el tipo de referencia (por ejemplo, Euribor más 4%).

Siguiendo con nuestro ejemplo, imaginemos que el tipo de interés sube en los años siguientes a la firma del préstamo: el primer año el interés a pagar del préstamo es del 5%, el segundo año es del 6%, el tercer año es del 4,5%, y el cuarto año se eleva al 6%. El coste total resultante por intereses sería de 2.650.000 €, es decir 150.000 € más que si la empresa hubiese podido cerrar el tipo fijo del 5%.

Si bien es cierto que, de haber bajado el tipo de mercado la empresa de nuestro ejemplo hubiese podido obtener un resultado más favorable, lo que es evidente es que el riesgo al alza siempre existe, y ello impide poder conocer de antemano a la empresa el coste financiero del préstamo (como sí hubiese sucedido en el caso del tipo fijo).

Aquí la solución para la empresa reside en contratar un FRA, acrónimo de Forward Rate Agreement (acuerdo futuro de tipos de interés). Este contrato consiste en que la otra parte, que será un Banco u otra entidad financiera, se compromete a liquidar la diferencia entre el tipo de interés de mercado en un momento futuro y el tipo de interés referenciado en el contrato FRA.

Por lo tanto, la empresa suscribe dos contratos: 1) un contrato de préstamo, a devolver en cinco años y con tipo de interés variable, y 2) un contrato FRA con el cuál consigue asegurar el tipo de interés del préstamo subyacente.

El FRA tendrá un coste que se pagará al Banco o asegurador por parte de la empresa prestataria que asegura con ello en tipo de interés.

Así todo tanto, aplicando un FRA con nuestro ejemplo,:

  • si el tipo de interés resultante según la fórmula del préstamo es en cada momento de pago de intereses es superior al que hubiese resultado de haber podido cerrar un tipo fijo, y coincidiendo dicho tipo fijo con el tipo asegurado en el FRA, el prestatario recibirá un abono del asegurador del FRA (año 2 y año 4 del ejemplo).
  • A la inversa, pagará un cargo al asegurador del FRA (año 3 de nuestro ejemplo).
  • Si coindicen, no existirá cargo ni abono.


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El tipo de ordenes en Bolsa

Existe un gran interés por parte de los pequeños ahorradores en acceder al mercado bursátil, para poder invertir en las grandes empresas y diversificar su cartera de inversión.  Pero resulta conveniente entender correctamente cómo funcionan las órdenes de compra y venta en la Bolsa antes de acudir al mercado de valores, ya que el precio de compra o venta del activo puede variar de forma sustancial según el tipo de orden, y dicha variación afectará por supuesto al rendimiento final de la inversión.

¿Qué tipo de mercado es La Bolsa?

Lo primero que tenemos que saber para entender correctamente cómo funciona la Bolsa de Valores es los diferentes tipos de negociación en base a los cuáles se puede organizar un mercado de compraventa de valores financieros:

  1. Transacciones Bilaterales: respondería al tipo más básico, donde un vendedor oferta el activo a un precio determinado, y aquél comprador que está conforme con dicho precio de venta lo adquiere.
  2. Subasta: aunque se puede organizar de diferentes formas, por lo general la subasta consiste en que el vendedor pone un precio mínimo de venta, y a partir del mismo los compradores interesados pujan al alza sobre dicho mínimo, adjudicándose el bien finalmente aquel comprador que mayor precio oferta en la subasta.
  3. Mercado continuo: Existe un agente intermediario, organizador del mercado, que recibe los precios de venta de los propietarios de los activos, y las cantidades a la venta. A la par, recibe las órdenes de compra de los compradores interesados, por la cantidad de activos que demanda cada uno así como el precio al que están dispuestos a comprarlo. Actúa como contrapartida para vendedores y compradores, y casa según las reglas establecidas las órdenes de compra y venta, para determinar las transacciones.

En el caso de la Bolsa, su funcionamiento es de Mercado Continuo, salvo en el momento de la apertura y cierre, donde realiza un procedimiento de Subasta para determinar los precios de apertura y cierre de cada activo.

Así por lo tanto, las órdenes de compra y venta se van anotando por el organismo de mercado en el libro de Órdenes, anotando el tipo de orden, la cantidad de activos que se compran o venden, el precio y las condiciones de la misma. Y se van liquidando dichas órdenes a lo largo de la sesión.

laptopTambién cabe mencionar que hacemos aquí referencia al mercado de órdenes, ya que en el Sistema de Interconexión Bursátil Español (SIBE) existen además otras dos modalidades: un mercado de bloques (para la negociación de grandes cantidades de activos) y un mercado de operaciones especiales (que se ejecuta con el mercado cerrado y para operaciones determinadas).

Igualmente tratamos aquí la denominada modalidad principal de SIBE, que tiene lugar de lunes a viernes, con un periodo de “mercado abierto” desde las 9:00 hasta las 17:30 h. La subasta de apertura es de 8:30 h a 9 h, y la de cierre de 17:30 h a 17:35 h. Al margen de la modalidad principal existe una modalidad fixing, que se realiza por subasta para valores poco líquidos dos veces al día.

¿Cuántos precios tiene un activo financiero?

Aunque el mercado determina un precio de cotización para el activo, la realidad es que los activos siempre tienen dos precios:

  1. Bid: Se trata del precio de la oferta. Es el precio mínimo de venta. Entre todas las órdenes de venta recibidas, el precio mínimo de todas ellas para una cantidad de activos determinada es el que establece el precio Bid en cada momento en el mercado.
  2. Ask: Se trata del precio de la demanda. Es el precio máximo de compra. Entre todas las órdenes de compra recibidas, el precio máximo de todas ellas para una cantidad de activos determinada es el que establece el precio Ask en cada momento en el mercado.

Así, si vamos a comprar tenemos que fijarnos en el precio Bid, porque es el precio al cuál podríamos cruzar nuestra orden de compra con cierre inmediato.

Mientras que si vamos a vender tendríamos que fijarnos en el precio Ask, porque es el precio al cuál podríamos cruzar nuestra orden de venta con cierre inmediato.

El diferencial entre el Bid y el Ask determina la volatilidad de un activo:

  1. Una horquilla muy amplia entre el Bid y el Ask implica una gran dificultad de que se crucen órdenes de compra y de venta en el mercado. Esto determina que el activo tiene muy poca liquidez.
    1. Por ejemplo, si las acciones de la empresa Aura S.A. tienen un precio Bid de 100 € y un precio Ask de 30 €, significa en la práctica que si compro “a mercado” una acción la compraré a 100 € y si la vendo “a mercado” unos minutos después la estaré vendiendo a 30 €.
  2. Una horquilla muy estrecha entre el Bid y el Ask implica una gran facilidad de que se crucen órdenes de compra y de venta en el mercado. Esto determina que el activo goza de gran liquidez.
    1. Por ejemplo, si las acciones de la empresa Beta S.A. tienen un precio Bid de 100 € y un precio Ask de 99 €, significa en la práctica que si compro “a mercado” una acción la compraré a 100 € y si la vendo “a mercado” unos minutos después la estaré vendiendo a 99 €.

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¿Qué tipo de órdenes puedo poner en la Bolsa?

Existen tres tipos de órdenes de compra o venta que se pueden poner en Bolsa:

  1. De mercado: se introduce la orden por un volumen de activos determinada, al precio Bid en caso de compra y al precio Ask en caso de venta. Es decir, la orden de compra “a mercado” se ejecutará por el precio más bajo de venta en ese momento, mientras que la orden de venta “a mercado” se ejecutará al precio más alto de compra en ese momento. Si no hay una orden en contrapartida con volumen suficiente como para que se pueda ejecutar la orden de mercado en su totalidad, se ejecutará ésta de forma parcial y sucesiva, hasta alcanzar la totalidad del volumen de activos de la orden a los sucesivos precios escalados de las órdenes de contrapartida. Así por tanto el precio final será el precio ponderado de las diferentes órdenes casadas de forma escalonada.
  2. Por lo mejor: se introduce la orden por un volumen determinado y sin precio, pero a diferencia de la orden “a mercado” se ejecuta solo por el mejor precio Bid en el caso de la orden de compra, y por el mejor precio Ask en el caso de la orden de venta. Si no se cubre la totalidad de la cantidad de la orden, se ejecuta parcialmente y el resto de la orden queda retenida a dicho precio. Esta última es la diferencia con la orden “a mercado”, dado que el precio para el total siempre será el mejor, y no la ponderación de los diferentes precios Bid y Ask a los que se irían ejecutando las ordenes parciales en el caso de la orden “a mercado”.
  3. Limitada: se introduce la orden con un precio máximo de compra, o bien con un precio mínimo de venta.Por lo que en el caso de la orden de compra limitada se ejecuta cuando encuentra contrapartida al precio máximo marcado o inferior, mientras que en el caso de la orden de venta limitada se ejecuta cuando encuentra contrapartida al precio mínimo marcado o superior.

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¿Qué tipo de condiciones se pueden poner en las órdenes?

En los diferentes tipos de órdenes admitidas en Bolsa, se pueden establecer las siguientes condiciones:

  1. Volumen mínimo: Al entrar la orden, de no ejecutarse por un volumen mínimo se rechazaría.Así, el ordenante condiciona la ejecución por el precio determinado a que se cruce por un volumen mínimo necesariamente.
  2. Todo o nada: el volumen mínimo es la totalidad del volumen de acciones de la orden de compra o venta. Así, si no se ejecuta por la totalidad al precio determinado, se rechazaría.
  3. Ejecutar o anular: La parte no ejecutada se elimina. Así, el ordenante compra o vende solo al precio estipulado, aunque no consiga todo el volumen de la orden.
  4. Volumen oculto: Se introducen permitiendo mostrar únicamente en el sistema una parte del volumen total de la orden. Una vez ejecutada esta parte, el resto va saliendo al mercado en paquetes del mismo volumen que el primer paquete. Esto permite al ordenante no mostrar al mercado el total de su interés de compra o venta cuando se trata de un volumen elevado, a fin de que no se altere el precio por ello.

Así por tanto, la clase de órdenes posibles en Bolsa es el resultado de la posible combinatoria entre el tipo de orden (de mercado; por lo mejor; limitada) y el tipo de condición o condiciones que se le incluyan (volumen mínimo; todo o nada; ejecutar o anular; volumen oculto).

¿Cómo se determina el valor de cotización de las acciones?

Las órdenes de compra y venta van acumulándose en el libro de órdenes hasta que se cruzan y ejecutan. Este valor al que se cruzan determina el valor de cotización en cada momento.

Durante las sesiones, entre las 9:00 h a 17:30 h las órdenes se acumulan en el libro según se reciben, y se ejecutan cada minuto. Si no hay coincidencia, permanece como cotización o precio de mercado el último precio al que se cruzaron órdenes de compraventa.

Entre las 17:30 h y las 17:35 h las órdenes se acumulan y se produce a la finalización de este período de 5 minutos la denominada “subasta de cierre”, donde se determina el precio final de la sesión, que viene dado por aquel precio al cuál se cruza un mayor número de órdenes. Este precio quedará publicado como precio de cotización hasta la siguiente sesión.

Entre las 8:30 h y las 9:00 h se produce la denominada “subasta de apertura”, donde se determina el precio inicial de la sesión. En este período se reciben órdenes de compra y venta que se van acumulando, con un cierre aleatorio para evitar manipulaciones (poniendo órdenes de gran volumen y precio distante del de cierre del día anterior, que luego se anulen). Una vez terminado este período se fija un precio de equilibrio mediante un algoritmo que tiene en cuenta todas las órdenes. Este es el precio de apertura de la sesión.

 

 

La diferencia entre el VAN y el TIR para analizar una inversión

Para poder tomar decisiones de inversión se hace necesario valorar de forma correcta las diferentes alternativas que se nos presentan. Y para ello debemos contar con la adecuada técnica matemática que nos permita hacer esa valoración.

Existen dos técnicas fundamentales sobradamente conocidas, que a veces se confunden pero que presentan claras diferencias:

  • VAN: Valor Actual Neto (NPV en inglés, Net Present Value)
  • TIR: Tasa Interna de Retorno.

El VAN es el método consistente en descontar al momento actual todos los cash flows o flujos de caja que nos va a reportar la inversión, con una tasa de descuento o actualización que tenga en cuenta el coste medio del capital utilizado para financiar el proyecto (WACC o weight average cost of capital).

Veamos cómo funciona con un sencillo ejemplo. Imaginemos que se nos presenta la oportunidad de comprar un apartamento en la playa, que nos va a costar 100.000 €. Los gastos por Escrituras, impuestos, Registro y demás costes en la adquisición ascienden a 10.000 €.

Estimamos, según nuestro estudio del mercado de apartamentos vacacionales en la zona, que podremos alquilar el apartamento obteniendo unos ingresos de 12.000 € de media anual, y los costes de la comunidad de propietarios son de 1.200 € al año. Estimamos también una vida útil para el apartamento de 40 años, y para asegurar que está en buenas condiciones durante todos esos años suponemos que tendremos que gastar unos 1.500 € al año de media en mantenimiento y reformas. Para adquirir el apartamento invertimos 50.000 € de fondos propios y financiamos el resto con una Hipoteca a 20 años, al 3% de tipo de interés. Finalmente hay que indicar que si en vez de invertir los 50.000 € en el apartamento los hubiésemos depositado a plazo fijo en el Banco estimamos que habríamos obtenido de media un 1% de tipo de interés anual.

Así, el coste total de la vivienda es de 110.000 €. Y el coste medio del capital será del 2,09 % dado que 50.000 € de fondos propios tienen un coste de oportunidad del 1 % y los 60.000 € restantes que hemos financiado tienen un coste financiero del 3%.

Los cash flows durante los 20 primeros años serán positivos y ascenderán a 5.300 € como resultado de restar a los 12.000 € de ingresos anuales que prevemos obtener por alquiler el coste de los pagos a la comunidad de propietarios (1.200 €), el coste anual medio de mantenimiento (1.500 €), el coste medio por intereses de la hipoteca (1.500 € de media resultado de multiplicar 50.000 € por el tipo de interés anual) y el coste medio anual de amortización de la Hipoteca (2.500 € resultado de dividir 50.000 € por 20 años). Durante los siguientes 20 años los cash flow serán positivos y ascenderán a 9.300 € como resultado de restar a los 12.000 € de ingresos anuales los costes de la comunidad de propietarios y el coste medio estimado de mantenimiento.

Si utilizamos como tasa de actualización el coste medio de capital, y descontamos con dicha tasa todos los cash flow al momento actual, obtendremos un VAN de 185.561 €. Lo cual restado a los 110.000 € de inversión anual nos da un resultado positivo de 75.561 €. Dado que el plazo de inversión que hemos tenido en cuenta es de 40 años, esto supone una rentabilidad anual de 1.889 € que sería equivalente a haber invertido los 110.000 € iniciales al 1,7 % de interés anual medio, por encima del 1% anual que de partida estimábamos que podíamos obtener en una inversión bancaria a plazo fijo.

Si tuviésemos en cuenta finalmente una inflación media del 1% durante los 40 años que estimamos para la inversión, es decir, que cada año el coste medio de los bienes y productos se incrementará de media un 1%, con el VAN obtenido aseguramos un rendimiento positivo sobre la inflación del 0,7% mientras que con el 1% de rendimiento del depósito bancario solo cubriríamos nuestra inversión del valor anual de la inflación.

En tanto que el VAN nos ha dado como resultado un valor absoluto, con la TIR lo que obtendríamos es una tasa o valor relativo de rentabilidad de la inversión. Podríamos definir la TIR como la media geométrica de los rendimientos esperados con la inversión, asumiendo la reinversión de los mismos a similar tipo de interés. Y su cálculo se realiza así mismo bajo la premisa de que la TIR es la tasa que iguala los cash flows positivos y negativos de la inversión.

Así, en tanto que con el VAN hemos actualizado todos los cash flows con el coste promedio de capital (calculamos un 2,09%), y hemos determinado un rendimiento positivo del 1,7 % anual durante los 40 años en base a los ingresos obtenidos, con la TIR lo que hacemos es calcular con los flujos de ingresos y gastos una tasa de descuento que iguale dichos flujos.

En nuestro ejemplo, tendremos en el momento inicial un flujo negativo de 110.000 €, durante los 20 primeros años tendremos 20 flujos positivos de 5.300 € y los 20 años siguientes tendremos 20 flujos positivos de 9.300 € tras amortizar en los 20 primeros años la hipoteca.

Si utilizamos la fórmula TIR de Excel para calcular la tasa que iguala los flujos positivos y los negativos en esta inversión, y que realiza un proceso iterativo para calcular la tasa que habría en el denominador en el descuento de los cash flows de la inversión para dicha igualdad, obtenemos una TIR del 4,98 %.

Como podemos ver y para una misma inversión, mientras que con el VAN calculamos un rendimiento aproximado del 1,7% con la TIR tendríamos la expectativa de ganar un 4,98%, dos resultados sustancialmente diferentes.

Ahora por tanto cabría preguntarnos qué método es el más adecuado. En mi opinión deberíamos utilizar el VAN siempre que fuese posible, esto es, siempre que contemos con una tasa de actualización con la que poder descontar al momento actual los flujos de caja. Este método es más aproximado y nos permite determinar de manera fiable los ingresos reales que obtendremos en el plazo de inversión, asumiendo dicha tasa o coste financiero.

Sin embargo, habrá ocasiones en las que no contaremos con una tasa financiera determinada, sino que solamente sabremos a ciencia cierta la inversión a realizar, y los flujos futuros que vamos a obtener. Por ejemplo, si nos proponen invertir 50.000 € en un bono financiero que nos va a reportar 1.000 € al año durante 10 años con amortización al vencimiento; en este caso utilizaremos la TIR y obtendremos el 2%. Este resultado tendremos que compararlo con el tipo de interés medio del mercado financiero en ese momento para tomar nuestra decisión de inversión.

En resumen, el VAN es el método más aproximado, pero requiere la necesidad de contar con un tipo de descuento cierto y conocido de antemano. Mientras que el TIR nos permitirá aproximar un tipo de descuento para los flujos de inversión.


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