¿Monarquía o República?

Resulta fascinante observar cómo la mayor parte de la población se debate sobre Monarquía o República, considerando cada bando que su opción es la de mejor gobierno. Para aclarar conceptos sobre el buen gobierno y el mal gobierno, lo mejor es estudiar a los clásicos, es decir, estudiar la teoría y el origen de las instituciones políticas.

La palabra Política tiene su origen en el vocablo griego “πολιτικός” que significa civil u ordenamiento de los asuntos del ciudadano. Es decir, cómo resolver los problemas de convivencia colectiva.

Política es también el nombre del famoso libro de Aristóteles (384 a.C. – 322 a.C.) que escribió sobre la base de las obras anteriores de Platón, Phaleas o Hipódamo. Obra magna de la filosofía política que desde entonces se convirtió en tratado fundamental de esta disciplina, es decir, sobre la regulación de los asuntos públicos.

Aristóteles divide las distintas formas de Gobierno en función de si el poder lo ostenta una sola persona, varias personas o muchas personas. Y después da nombres distintos a estas formas de gobierno, en función de que las mismas reporten al pueblo un buen gobierno, o un mal gobierno. El buen gobierno es por supuesto aquél que busca el bien común, y el mal gobierno es aquél que busca solo el bien de aquél o aquellos que gobiernan.

Formas de Gobierno

Cuándo es una sola persona  la que rige la comunidad de manera correcta y formal, esta forma de gobierno recibe el nombre de Monarquía. Sin embargo, cuándo esta persona busca solamente satisfacer sus intereses particulares, se convierte en Tiranía.

Cuándo son varias personas las que dirigen los asuntos públicos en busca del bien común de los ciudadanos, el sistema político recibe el nombre de Aristocracia. Sin embargo, si este gobierno se pervierte, trabajando solo por objetivos particulares de los gobernantes, estaremos ante una Oligarquía.

Cuándo son muchas personas las que gobiernan el pueblo, en forma de Parlamento o Senado, y trabajan cada día para gestionar de la mejor manera posible los asuntos públicos, este gobierno recibe el nombre de República. Cuándo estos gobernantes se centran en satisfacer únicamente sus propios intereses, es decir, los de los grupos gobernantes que han accedido al poder, este gobierno pervertido recibe el nombre de Democracia.

Lo primero que llamará la atención es que, como podemos ver en este último párrafo, lo que comúnmente se asocia con el mejor gobierno actual, la Democracia, ya fue enunciado hace más de dos mil años por Aristóteles como una nefasta forma de gobierno, pues los gobernantes no se centran en el pueblo, sino en ellos mismos y en los objetivos particulares de sus propios grupos. Hoy podemos apreciar cómo ello es así, pues los partidos que gobiernan tiene como finalidad no perder el poder, y cumplir con los objetivos de los grupos más cercanos, y de los lobbies que más votos les reportan. En vez de tener como finalidad satisfacer el bien común, sin importar la reelección, o incluso a costa de los intereses de sus más allegados.

Lo segundo que sorprenderá al lector, y que constituye el objeto de este ensayo, es que tanto Monarquía como República son formas de buen gobierno, no están contrapuestas. La diferencia entre ambas es que en la primera es un solo hombre el que ostenta el poder, y en la segunda son muchos hombres. Pero en ambos casos el gobierno es legítimo, en tanto que busca resolver de la mejor manera posible los conflictos de convivencia entre los ciudadanos, que es la finalidad del gobernante.

Anuncios

Expansión Monetaria y Revolución Francesa

La Revolución Francesa marcó el fin del Antiguo Régimen, y supuso el avance desde la monarquía absolutista y el feudalismo hacia el gobierno liberal de la burguesía y el pueblo. Sin embargo, la Primera República duró solo diez años, desde su proclamación por la Asamblea Nacional en 1789 hasta el golpe de Estado de Napoleón Bonaparte en 1799.

Los historiadores han mantenido múltiples justificaciones políticas y sociales para explicar la fugacidad de la Primera República Francesa. Lo cierto es que la verdadera razón fue más bien la profunda crisis económica en la que se encontraba Francia cuándo Napoleón decidió asaltar el poder.

¿Cómo puede ser que un país próspero y rico durante el s. XVIII, y qué quizá fuese la gran potencia mundial de la época, cayese en la más absoluta pobreza en solo unos años? Pues bien, al inicio de la Primera República el Estado mantenía una deuda pública que se cuantificó por la Asamblea Nacional en 170 millones de libras, y que no podía atenderse con los ingresos corrientes. Pese a la oposición de unos pocos dirigentes, entre ellos el Ministro de Finanzas, que veían en la expansión crediticia una solución peligrosa, la Asamblea acabó aprobando en 1790 la emisión de 400 millones de libras, destinados a paliar la deuda estatal y a inyectar el resto en la economía nacional para reactivarla.

Puesto que en aquella época apenas se aceptaba el dinero fiduciario, la emisión de esta moneda tenía como subyacente bienes reales. Concretamente el patrimonio embargado por la República a la Iglesia, unos bienes valorados entre 2.000 y 3.000 millones de libras. Y como toda expansión monetaria en su inicio, produjo efectos que podrían calificarse de exitosos, pues la economía pronto se reactivó y se incrementó sobremanera la demanda, sobre todo de los grupos que se vieron más favorecidos por parte de la nueva moneda.

Pero en solo seis meses el Estado se había gastado toda la nueva emisión, y decidió volver a emitir moneda, para mantener el ritmo de la economía. Unos meses después se realizó una tercera emisión, después una cuarta, y así continuaron durante unos años. Si al principio la nueva moneda representaba solo en torno a un 13 % del mayor valor del subyacente que la garantizaba  (400 sobre 3.000) en solo unos años el valor de la nueva moneda ya copa el 100 % del valor del subyacente.

Y es que cuándo se “dopa” la economía con una expansión monetaria, se crea un crecimiento ficticio que tiende a derivar en sobrevaloraciones de los bienes, como la burbuja inmobiliaria que vivimos hace solo unos años. Y la única manera de que no explote es volver a introducir dinero en el sistema. Pero no obstante el mercado tiende a crear distintos efectos económicos que siempre acaban “pinchando” la burbuja y llevando a la economía a un período de recesión.

El caso es que en Francia la inflación se disparó enormemente, subiendo de manera desmedida el precio de las materias primas y los bienes reales, hasta el punto de que los precios del pan, la leche o la fruta eran inasumibles para la mayor parte del pueblo, creando hambre y miseria por doquier.

Finalmente, esta nefasta situación económica fue lo que llevó a Napoleón a dar un golpe de Estado, declarar una nueva constitución que lo convertía en Primer Cónsul y acabar con el régimen de la República, con el objetivo de salvar de la miseria económica al pueblo. Cuándo Napoleón ascendió al poder declaró “Pagaré al contado, o no pagaré”, haciendo ver que era consciente de que la crítica situación era resultado de las expansiones crediticias de la República.

Vía | Blog Big Data – Juan Manuel López Zafra

Corrupción. No se puede apagar el fuego con gasolina.

Una nueva trama de corrupción política, con miembros de varios partidos políticos imputados, ha saltado a los informativos en las últimas semanas. Por desgracia, no es un hecho aislado, sino que se trata del enésimo caso de corrupción pública que vivimos en España en las últimas décadas. Corrupción que se extiende por todos los partidos políticos, organizaciones sindicales e instituciones públicas como las Cajas de Ahorros. En general, todo lo público se ve afectado por esta lacra.

Es lógico desde luego que la mayor parte de la población se sienta molesta con esta situación y muestre su total indignación ante tamaña desfachatez de los cargos públicos. Pero mientras que muchos ciudadanos creen que el cambio solamente puede venir por el lado de un nuevo partido político o institución pública democrática, sin darse cuenta de que ello sería combatir el incendio con más gasolina, el objetivo de este artículo será mostrar de manera analítica, sencilla y breve, y a través de diversas corrientes de pensamiento jurídico, económico y social, cómo la solución es todo lo contrario, es decir, reducir la importancia de las instituciones públicas en nuestra vida.

juan de marianaEn el s. XVI el jurista, historiador y filósofo religioso Juan de Mariana escribía De rege et regis institutione (Toledo, 1599) y ponía de manifiesto que el poder corrompe, y que el buen gobierno o el buen monarca deben ostentar el menor poder posible, y estar sometidos a la ley de la misma manera que el resto de los súbditos, legitimando incluso el “tiranicidio”, esto es, el derrocamiento y asesinato por el pueblo de aquellos gobernantes corruptos que actuasen como tiranos. Esto respondía sin duda a las situaciones de corrupción y despotismo político que el Padre Juan de Mariana había estudiado en la historia universal, y que vivió en su época en primera persona. “No son del rey los bienes de sus vasallos” decía este jesuita, indicando que es absolutamente inmoral que el gobernante pueda legislar y disponer sobre bienes privados, o extraer la riqueza de sus súbditos mediante impuestos o tributos.

Más adelante en el tiempo, en los Estados Unidos de América y allá por 1932, la famosa obra de Berle y Means enuncia la denominada Teoría de la Agencia, en su ensayo The Modern Corporation and Private Property (New York, 1960, 2ª edición) donde estudiando la separación entre accionistas y directivos en las grandes corporaciones que en la primera parte del siglo XX se habían desarrollado en norteamérica exponen el problema de la divergencia de intereses que se pueden dar entre el Agente delagado por los propietarios de una empresa para gestionarla, y los intereses del mandante o principal, es decir, los propietarios o accionistas de la firma, que además tienden a ser miles o millones (pensemos en las grandes empresas actuales) y por tanto tienen un difícil control sobre dichos agentes o directivos. El caso de los cargos públicos es un ejemplo paradigmático de los problemas y riesgos morales de la teoría de la agencia: los políticos electos representan los intereses de los ciudadanos, pero la real propiedad de los bienes públicos está tan difuminada (por ejemplo, más de cuarenta millones de personas en España) que resulta complejo y costoso fiscalizar adecuadamente la actuación de los mismos. Así, cuándo un senador, alcalde o Presidente llegan al poder, se encuentra muy libre de sus miles o millones de electores, y tendrá incentivos para buscar su interés particular en detrimento del interés público (riesgo moral).

publicFinalmente, la Escuela de la Elección Pública (Public Choice Theory) que debemos principalmente al jurista, economista y politólogo James M. Buchanan (premio Novel 1986) constata a través del análisis económico el hecho de que los políticos toman decisiones que no les suponen ningún costo directo, pues el coste se diluye entre todos los ciudadanos, siendo su interés la reelección en cada mandato, por cuanto la combinación de ambos axiomas dará lugar a que gasten indiscriminadamente los recursos públicos con tal de ser reelegidos, sin importar que dicho gasto sea optimo o necesario, sino tan solo que sirva a sus fines personales. Puesto que a través de los lobbys o grupos de poder pueden obtener mayores votos y prebendas que del ciudadano simple, cuyo voto estadísticamente no tiene apenas influencia, tenderán a extraer recursos de los ciudadanos para favorecer grupos de presión, y realizar obras públicas demagógicas para obtener votos en cada reelección.

Recientemente, a mediados del año 2012, el matemático y economista Cesar Molinas enunciaba en un artículo su Teoría de las Elites Extractivas, que viene a conjugar todo lo aquí dicho, y que resulta de extremado interés estudiar. La clase política se profesionaliza y se convierte en una minoría parasitaria que extrae la riqueza del pueblo que los elige.

james buchanam¿De verdad puede creer alguien que la solución es más política, o un nuevo partido político? Desde luego, el riesgo moral es atribuible a cualquier político y gobernante, sea del color que sea, pues como pone de manifiesto la teoría aquí analizada, así como la realidad histórica, siempre existirán incentivos para la corrupción (tiranicidio; búsqueda de intereses personales frente al interés público) y las instituciones públicas siempre servirán de resguardo a las elites extractivas y tendrán como motor la reelección, sin asumir el coste directo de los medios utilizados para ello.

En definitiva, y como ya decía al principio, intentar cambiar el sistema con más política es como intentar apagar un fuego echando gasolina. Lo lógico sería todo lo contrario, apagar el fuego con agua. Es decir, acabar con la corrupción con menos política.

Menos política significa menos peso de lo público sobre lo privado, menos relevancia de las instituciones en la vida de los ciudadanos. Así, un Estado mínimo, que se limite a administrar las labores de Justicia, Defensa, Educación, Sanidad y Seguridad interior o Policía, necesitaría muchos menos senadores, diputados, alcaldes, delegados públicos, funcionarios y en definitiva una décima parte de estructura pública que la actual.

Esta teoría política es conocida como Minarquismo, y es el modelo acogido por países como Suiza. No escapará a la lógica de nadie que cuánto menos poder político y económico detenten los cargos públicos, menor tenderá a ser la posible corrupción de los mismos. En contrapartida, menor Estado supone mayor Libertad del individuo, mayor poder de movimiento sin impuestos económicos o agobiante normativa administrativa, y por tanto mayor desarrollo social y económico. Los países con menor intervencionismo tienden a ser los más desarrollados. Estas tesis jurídico-políticas han sido profundamente estudiadas por Mises, Hayeck, Rothard y Hoppe, entre otros, poniendo de manifiesto todo lo aquí dicho.

En fin, que si los ciudadanos aspiramos a que no nos sigan tomando el pelo, lo que necesitamos es menos estructura pública, menos peso político, y mayor libertad.

Más Información | Teoría de Agencia    Juan de Maríana  Teoría de la Elección Pública   Minarquismo    Teoría de las élites extractivas

Imágenes | wikipedia   wikipedia   wikipedia

Discurso sobre el Dinero, de Francisco D’Anconia

Discurso de
Francisco d´Anconia
en Atlas Shrugged

¿Así que creéis que el dinero es el origen de toda maldad? dijo Francisco d’Anconia.

¿Alguna vez os habéis preguntado cuál es el origen del dinero? El dinero es un instrumento de cambio, que no puede existir a menos que existan bienes producidos y hombres capaces de producirlos. El dinero es la forma material del principio que los hombres que desean tratar entre sí deben hacerlo por intercambio y dando valor por valor. El dinero no es el instrumento de mendigos que claman tu producto con lágrimas, ni el de saqueadores que te lo quitan por la fuerza. El dinero lo hacen posible sólo los hombres que producen. ¿Es eso lo que consideráis malvado?

Cuando aceptas dinero en pago por tu esfuerzo, lo haces sólo con el convencimiento de que lo cambiarás por el producto del esfuerzo de otros. No son los mendigos ni los saqueadores los que dan su valor al dinero. Ni un océano de lágrimas ni todas las armas del mundo pueden transformar esos papeles de tu cartera en el pan que necesitarás para sobrevivir mañana. Esos papeles, que deberían haber sido oro, son una prenda de honor – tu derecho a la energía de los hombres que producen. Tu cartera es tu manifestación de esperanza de que en algún lugar del mundo a tu alrededor hay hombres que no transgredirán ese principio moral que es el origen del dinero. ¿Es eso lo que consideras malvado?

¿Has indagado alguna vez el origen de la producción? Mira un generador eléctrico y atrévete a decir que fue creado por el esfuerzo muscular de brutos insensatos. Intenta hacer crecer una semilla de trigo sin el conocimiento que te dejaron los hombres que tuvieron que descubrirlo por primera vez. Trata de obtener tu alimento sólo a base de movimientos físicos – y aprenderás que la mente del hombre es la raíz de todos los bienes producidos y de toda la riqueza que haya existido jamás sobre la tierra.

¿Pero dices que el dinero lo hace el fuerte a expensas del débil? ¿A qué fuerza te refieres? No es la fuerza de armas o de músculos. La riqueza es el producto de la capacidad del hombre de pensar. Entonces, ¿hace dinero el hombre que inventa un motor a expensas de quienes no lo inventaron? ¿Hace dinero el inteligente a expensas de los tontos? ¿El competente a expensas del incompetente? ¿El ambicioso a expensas del holgazán? El dinero se crea – antes de que pueda ser robado o mendigado – es creado por el esfuerzo de cada hombre honrado, de cada uno hasta el límite de su capacidad. Un hombre honrado es el que sabe que no puede consumir más de lo que produce.

Comerciar por medio de dinero es el código de los hombres de buena voluntad. El dinero se basa en el axioma de que cada hombre es dueño de su mente y de su esfuerzo. El dinero no da poder para prescribir el valor de tu esfuerzo excepto por el juicio voluntario del hombre que está dispuesto a entregarte su esfuerzo a cambio. El dinero te permite obtener por tus bienes y tu trabajo lo que ellos valen para los hombres que los compran, pero no más. El dinero no permite tratos excepto aquellos en beneficio mutuo y por el juicio no forzado de los comerciantes. El dinero exige de ti el reconocimiento de que los hombres han de trabajar para su propio beneficio, no para su propio perjuicio; para ganar, no para perder – la aceptación de que no son bestias de carga nacidos para transportar el peso de tu miseria – que tienes que ofrecerles valores, no heridas – que el lazo común entre los hombres no es el intercambio de sufrimientos, sino el intercambio de bienes. El dinero exige que vendas, no tu debilidad a la estupidez de los hombres, sino tu talento a su razón; exige que compres, no lo peor que ofrecen, sino lo mejor que tu dinero pueda encontrar. Y cuando los hombres viven a base del comercio – con la razón, no la fuerza, como árbitro final – es el mejor producto es el que triunfa, la mejor actuación, el hombre de mejor juicio y más habilidad, y el grado de la productividad de un hombre es el grado de su recompensa. Este es el código de la existencia cuyo instrumento y símbolo es el dinero. ¿Es eso lo que consideras malvado?

Pero el dinero es sólo un instrumento. Te llevará donde desees, pero no te sustituirá como conductor. Te dará los medios para la satisfacción de tus deseos, pero no te proveerá con deseos. El dinero es la plaga de los hombres que intentan revertir la ley de causalidad – los hombres que buscan reemplazar la mente adueñándose de los productos de la mente.

El dinero no comprará la felicidad para el hombre que no tenga ni idea de lo que quiere; el dinero no le dará un código de valores si él ha evadido el conocimiento de qué valorar, y no le dará un objetivo si él ha evadido la elección de qué buscar. El dinero no comprará inteligencia para el estúpido, o admiración para el cobarde, o respeto para el incompetente. El hombre que intenta comprar los cerebros de sus superiores para que le sirvan, reemplazando con dinero su capacidad de juicio, acaba por convertirse en la víctima de sus inferiores. Los hombres de inteligencia lo abandonan, pero los embaucadores y farsantes acuden a él en masa, atraídos por una ley que él no ha descubierto: que ningún hombre puede ser inferior a su dinero. ¿Es ésa la razón por la que lo llamáis malvado?

Sólo el hombre que no la necesita está capacitado para heredar riqueza – el hombre que amasaría su propia fortuna, sin importar desde dónde comience. Si un heredero está a la altura de su dinero, éste le sirve; si no, le destruye. Pero vosotros lo ignoráis y clamáis que el dinero lo ha corrompido. ¿Lo hizo? ¿O fue él quien corrompió a su dinero? No envidiéis a un heredero indigno; su riqueza no es vuestra y no habríais estado mejor con ella. No penséis que debería haber sido distribuida entre vosotros; cargar al mundo con cincuenta parásitos en vez de uno no habría hecho revivir la virtud muerta que constituyó la fortuna. El dinero es un poder viviente que muere sin su raíz. El dinero no le servirá a la mente que no esté a su altura. ¿Es ése el motivo por el que lo llamáis malvado?

El dinero es vuestro medio de supervivencia. El veredicto que pronunciáis sobre la fuente de vuestro sustento es el veredicto que pronunciáis sobre vuestra vida. Si la fuente es corrupta, habéis condenado vuestra propia existencia. ¿Adquiristeis vuestro dinero por fraude? ¿Cortejando los vicios o estupideces humanas? ¿Sirviendo a imbéciles con la esperanza de conseguir más de lo que vuestra capacidad se merece? ¿Rebajando vuestros principios? ¿Realizando tareas que despreciáis para compradores que desdeñáis? En tal caso, vuestro dinero no os dará ni un momento, ni un centavo de alegría. Todo cuanto compréis se convertirá, no en una honra para vosotros, sino en un reproche; no en un triunfo, sino en un evocador de vergüenza. Entonces gritaréis que el dinero es malvado. ¿Malvado, porque no sustituye al respeto que os debéis a vosotros mismos? ¿Malvado, porque no os dejó disfrutar de vuestra depravación? ¿Es ésa la raíz de vuestro odio por el dinero?

El dinero siempre seguirá siendo un efecto y rehusará reemplazaros como la causa. El dinero es el producto de la virtud, pero no os dará la virtud y no redimirá vuestros vicios. El dinero no os dará lo inmerecido, ni en materia ni es espíritu. ¿Es ésa la raíz de vuestro odio por el dinero?

¿O acaso dijísteis que es el amor al dinero el origen de toda maldad? Amar una cosa es conocerla y amar su naturaleza. Amar el dinero es conocer y amar el hecho de que el dinero es la creación del mejor poder dentro de ti, y tu pasaporte para poder comerciar tu esfuerzo por el esfuerzo de lo mejor entre los hombres. Es la persona que vendería su alma por una moneda, la que proclama en voz más alta su odio hacia el dinero: y tiene buenas razones para odiarlo. Los que aman el dinero están dispuestos a trabajar por él; saben que son capaces de merecerlo.

Os daré una pista sobre el carácter de los hombres: el hombre que maldice el dinero lo ha obtenido de forma deshonrosa; el hombre que lo respeta se lo ha ganado honradamente.

Huye por tu vida del hombre que te diga que el dinero es malvado. Esa frase es la campanilla de leproso de un saqueador acercándose. Mientras los hombres vivan juntos en la tierra y necesiten un medio para tratar unos con otros – su único sustituto, si abandonan el dinero, es el cañón de una pistola.

Pero el dinero exige de ti las más altas virtudes, si quieres hacerlo o conservarlo. Los hombres que no tienen valor, orgullo o autoestima, los hombres que no tienen un sentido moral de su derecho a su dinero y no están dispuestos a defenderlo como si defendieran sus vidas, los hombres que se excusan por ser ricos – no permanecerán ricos por mucho tiempo. Ellos son el cebo natural para las bandadas de saqueadores que se agazapan bajo las rocas durante siglos, pero que salen arrastrándose al primer indicio de un hombre que ruega ser perdonado por la culpa de poseer riqueza. Ellos se apresurarán a aliviarle de su culpa – y de su vida, como se merece.

Entonces veréis el ascenso de los hombres de doble criterio – de los hombres que viven por la fuerza, mientras cuentan con quienes viven del comercio para crear el valor del dinero que ellos roban – los hombres que son los polizones de la virtud. En una sociedad moral, ellos son los criminales, y los estatutos están escritos para protegerte de ellos. Pero cuando una sociedad establece criminales-por-derecho y saqueadores-por-ley – hombres que utilizan la fuerza para apoderarse de la riqueza de víctimas desarmadas – entonces el dinero se convierte en el vengador de quien lo creó. Tales saqueadores creen que no hay riesgo en robarles a hombres indefensos una vez que han aprobado una ley para desarmarlos. Pero su botín se convierte en el imán para otros saqueadores, que lo obtienen igual que ellos lo obtuvieron. Entonces el triunfo irá, no al más competente en producción, sino al más despiadado en brutalidad. Cuando la fuerza es la norma, el asesino triunfa sobre el ratero. Y entonces la sociedad se deshace, envuelta en ruinas y carnicerías.

¿Queréis saber si ese día va a llegar? Observad el dinero. El dinero es el barómetro de las virtudes de una sociedad. Cuando veáis que el comercio se realiza, no por consentimiento, sino por compulsión – cuando veáis que para poder producir, necesitáis obtener autorización de quienes no producen, cuando observéis que el dinero fluye hacia quienes trafican, no en bienes, sino en favores – cuando veáis que los hombres se enriquecen por soborno y por influencia en vez de por trabajo, y que tus leyes no te protegen contra ellos, sino que les protegen a ellos contra ti – cuando veáis la corrupción siendo recompensada y la honradez convirtiéndose en auto sacrificio – podéis estar seguros que vuestra sociedad está condenada. El dinero es un medio tan noble que no compite con las armas y no pacta con la brutalidad. Nunca le permitirá a un país sobrevivir como mitad-propiedad, mitad-botín.

Objectivist1

Siempre que aparecen destructores entre los hombres, empiezan por destruir el dinero, porque éste es la protección de los hombres y la base de una existencia moral. Los destructores se apoderan del oro y les dejan a sus dueños un montón de papeles falsos. Esto destruye todas las normas objetivas y deja a los hombres a merced del poder arbitrario de un arbitrario promulgador de valores. El oro era un valor objetivo, lo equivalente a la riqueza producida. El papel es una hipoteca sobre riqueza que no existe, sustentada por un arma apuntada a quienes se espera que la produzcan. El papel es un cheque cursado por saqueadores legales sobre una cuenta que no es suya: sobre la virtud de las víctimas. Vigilad el día en que el cheque sea devuelto, con la anotación: “Cuenta sin fondos”.

Cuando hayáis convertido a la maldad en vuestro medio de supervivencia, no contéis con que los hombres sigan siendo buenos. No contéis con que ellos se mantengan en la moral y pierdan sus vidas por el objetivo de convertirse en pasto para lo inmoral. No contéis con que produzcan, cuando la producción es castigada y el robo recompensado. No preguntéis: “¿Quién está destruyendo al mundo?” Sois vosotros.

Os encontráis en medio de los mayores logros de la más productiva civilización y os preguntáis por qué se está desmoronando a vuestro alrededor, mientras condenáis la fuente sanguínea que la alimenta, el dinero. Miráis el dinero como los salvajes hacían antes de vosotros, y os preguntáis por qué la selva está acercándose al borde de vuestras ciudades. A través de la historia de la humanidad, el dinero fue siempre usurpado por saqueadores de una marca u otra, cuyos nombres cambiaron, pero cuyos métodos permanecieron igual: apropiarse de la riqueza por la fuerza y mantener a los productores atados, degradados, difamados, despojados de honor. Esa frase sobre la maldad del dinero, que pronunciáis con ese irresponsable aire virtuoso, data de la época en que la riqueza era producida por la labor de esclavos – esclavos que repetían los movimientos descubiertos antes por la mente de alguien, y sin mejora durante siglos. Mientras la producción fue gobernada por la fuerza y la riqueza se obtenía a través de la conquista, había poco que conquistar. Sin embargo, durante todos los siglos de estancamiento y hambrunas, los hombres exaltaron a los saqueadores como aristócratas de la espada, como aristócratas de nacimiento, como aristócratas del régimen, y despreciaron a los productores, como esclavos, como comerciantes, como tenderos – como industriales.

Para gloria de la humanidad, existió por primera y única vez en la historia del mundo un país del dinero – y no tengo más alto y más reverente tributo que ofrecerle a los Estados Unidos de América, porque eso significa: un país de razón, justicia, libertad, producción, logro. Por primera vez, la mente del hombre y el dinero fueron liberados, y no hubo más fortunas-por-conquista, sino sólo fortunas-por-trabajo, y en vez de guerreros y esclavos surgió el verdadero forjador de riqueza, el mayor trabajador, el tipo más elevado de ser humano: el “self-made man”, el hombre hecho a sí mismo, el industrial norteamericano.

Si me pedís que nombre la distinción más orgullosa de los norteamericanos, escogería – porque contiene todas las otras – el hecho de que fueron el pueblo que acuñó la frase: “hacer dinero”. Ningún otro lenguaje o país había usado antes estas palabras; los hombres siempre habían pensado que la riqueza era una cantidad estática – a ser arrebatada, mendigada, heredada, distribuida, saqueada u obtenida como un favor. Los norteamericanos fueron los primeros en entender que la riqueza tiene que ser creada. Las palabras “hacer dinero” contienen la esencia de la moralidad humana.

Pero estas fueron las palabras por las que los norteamericanos fueron denunciados por las decadentes culturas de los continentes de saqueadores. Ahora el credo de los saqueadores os ha llevado a considerar vuestros más dignos logros como motivo de vergüenza, vuestra prosperidad como culpa, vuestros mejores hombres, los industriales, como granujas, y vuestras magníficas fábricas como el producto y la propiedad del trabajo muscular, trabajo de esclavos manejados con látigos, como las pirámides de Egipto. El bellaco que gesticula que no ve diferencia entre el poder del dólar y el poder del látigo debería aprender la diferencia en su propio pellejo – como, creo, lo hará –.

A menos y hasta que descubráis que el dinero es el origen de todo lo bueno, estáis buscando vuestra propia destrucción. Cuando el dinero deja de ser el instrumento por el cual los hombres tratan unos con otros, entonces los hombres se convierten en instrumentos de los hombres. Sangre, látigos y pistolas – o dólares. Escoged – no hay otra opción – y vuestro tiempo se está acabando.