¿Cómo tributa la inversión en acciones extranjeras?

Actualmente las 10 mayores compañías por valor bursátil del mundo son de Estados Unidos y cotizan en Wall Street. Y si ampliamos el listado a las 100 mayores del planeta, solo dos de ellas son españolas y cotizan en la Bolsa de Madrid. Por lo tanto no es extraño que los pequeños inversores que pretenden consolidar sus ahorros en compañías de valor deban dirigirse al extranjero.

Por ello se hace necesario entender correctamente los aspectos más importantes del régimen de compraventa y fiscalidad de las acciones en el extranjero.

¿Qué operaciones tengo que declarar en el IRPF?

Como en el caso de la inversión en valores nacionales, hay que declarar la compraventa de acciones y el cobro de dividendos, que en ambos casos se consideran ganancias patrimoniales.

¿Cómo tributa la compraventa?

Sólo se paga por el beneficio total derivado de restar a las ganancias patrimoniales las pérdidas, existiendo un plazo de hasta cuatro años para restar las pérdidas patrimoniales a las ganancias patrimoniales. Estos beneficios netos tributan rendimientos del capital mobiliario: se aplica un tipo impositivo del 19% a los primeros 6.000 euros, del 21% desde dicha cantidad y hasta 50.000 euros, y del 23% para todo lo que exceda de este límite.

¿Cómo tributa el cobro de dividendos?

Se aplica el convenio de doble imposición vigente entre España y el país donde cotizan las acciones. Dicho país aplica la retención allí establecida para dividendos, la cual se devuelve (con límites) al realizar la declaración de IRPF en España, a fin de evitar la doble tributación.

¿Cómo funcionan los convenios de doble imposición?

Los convenios firmados por España en materia tributaria con otros países tienden a seguir el modelo previsto por la OCDE, donde el contribuyente que percibe dividendos de una empresa extranjera soporta una retención de un mínimo del 15%. Este porcentaje será el máximo que podrá recuperar en el IRPF; en caso de que se superase, el ahorrador tendría que reclamar la Hacienda del otro país en caso de que quiera recuperar el dinero cobrado de más. En paralelo tendrá que tributar por los dividendos cobrados según el tipo que corresponda en España, del 19%, 21% o 23%.

La Agencia Tributaria española parte de la presunción de que en origen se ha retenido el 15% y devolverá hasta dicho porcentaje como máximo. Por ejemplo, por 2.000 euros cobrados en dividendos en acciones de Apple en Wall Street su bróker le retendrá un 15% (300 euros) de ese dinero para la Hacienda estadounidense. Pero también ha de retener el 19% para España (323 euros, resultado de los 1.700 euros netos cobrados tras restar 300 euros a los 2.000 euros inicialmente cobrados). Al realizar la declaración anual de IRPF el inversor recupera los 300 euros. Sin embargo, en otros países como Italia, la retención sobre dividendos es del 26% por lo que el inversor deberá luego solicitar la devolución al fisco italiano de lo que sobrepase el 15% del Convenio.

¿Cómo tributan los gastos en los que incurre el accionista?

El inversor tiene al menos dos gastos inherentes a la inversión en acciones extranjeras: a) las comisiones de administración y depósito de la entidad bancaria o de valores donde tiene depositadas las acciones; b) las comisiones de compraventa del bróker.

Dichos gastos se pueden restar al beneficio derivado de las acciones, por lo que disminuirían la base imponible.

Esto es importante, ya que una de las desventajas de invertir en acciones extranjeras es que tanto las comisiones de compraventa como las comisiones de administración o depósito suelen ser muy superiores a las que se aplican a las acciones nacionales.

¿Cómo tributa el cambio de divisas?

El cambio de divisas necesario para la compraventa de las acciones extranjeras puede derivar a su vez en una ganancia o pérdida patrimonial. Esta ganancia o pérdida se sumará o restará a la ganancia o pérdida patrimonial derivada de la compraventa de los valores.

Por ejemplo, puede ser que adquiramos dólares para comprar acciones de Alphabet en Estados Unidos, compremos dichas acciones, y unos meses después vendamos las acciones obteniendo una ganancia resultado de la compraventa. Sin embargo, en dicha operación es posible que, al vender los dólares resultado de la venta de las acciones el tipo de cambio sea peor que cuándo compramos los dólares, lo cual dará lugar a una pérdida patrimonial en la operación de divisas. La pérdida por divisas se restará al beneficio por las acciones.

Resumen.

En definitiva, el régimen general para la tributación de las acciones extranjeras es similar al régimen fiscal de las acciones nacionales, pero con las peculiaridades derivadas del cobro de dividendos (sujeto al Convenido internacional en vigor) y del resultado en el tipo de cambio de divisas.


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La diferencia entre Dinero y Moneda.

Decía el poeta Antonio Machado que “Todo necio confunde valor y precio”, una aseveración muy acertada dado que es fácil asimilar ambos términos como equivalentes, cuando en realidad corresponden a cosas muy distintas: mientras que el precio es un dato objetivo y determinado, el valor es un dato subjetivo y propio de una persona concreta. Por ejemplo, quizá una vivienda tenga un precio de venta de 100.000 € mientras que el valor que le otorga una persona concreta que pasó allí su niñez es muy superior.

Lo mismo sucede con otros dos términos que podemos fácilmente confundir pero que equivalen a realidades distintas: el dinero y la moneda. Vamos a explicar a continuación que realmente estamos ante dos conceptos bien diferenciados.

El dinero se define tradicionalmente como el activo que cumple en una sociedad las siguientes tres funciones:

  • Reserva de valor: permite mantener el valor a lo largo del tiempo y de forma estable. Por ejemplo, si tenemos un inmueble y lo vendemos cobrando en oro, este oro nos permite mantener el valor generado en la venta durante año.
  • Medio de intercambio: permite su cambio directo por distintos tipos de mercancías, por lo cual tiene una gran utilidad. Siguiendo con el ejemplo del oro, podremos en el futuro intercambiarlo por otros bienes de muy distinta naturaleza que podamos necesitar, como una tierra rústica, herramientas, comida, etc..
  • Unidad de cuenta: permite determinar en una única unidad el precio muy diversas mercancías en una economía. Por ejemplo, podemos poner un precio en gramos de oro para mercancías muy distintas, consiguiendo que bienes dispares coticen en una misma unidad (en este ejemplo, en gramos de oro).

Así por tanto, cuando en una economía aparece un bien capaz de servir como reserva de valor, y los ciudadanos utilizan dicho bien como medio de intercambio, generalizándose el uso del mismo hasta llegar a ser la unidad de cuenta común para poner precio al resto de bienes de dicha economía, podemos afirmar que este bien es dinero.

Como podemos apreciar, las tres funciones se van cumpliendo de forma gradual, no siendo posible que se acepte de manera generalizada una mercancía como medio de intercambio si antes no se ha demostrado su capacidad de cumplir la función de reserva de valor, de la misma manera que solo llegará a cumplir la función de unidad de cuenta cuando previamente se haya aceptado de forma general en la economía dicha mercancía como medio de intercambio.

Por ello la base necesaria para que una mercancía sea dinero es su capacidad de funcionar como reserva de valor. Esto implica necesariamente los dos siguientes aspectos:

  • que dicha mercancía ostente un alto grado de liquidez, esto es, que pueda cambiarse con mucha facilitad a lo largo del tiempo.
  • Que mantenga su valor relativamente estable en los intercambios a lo largo del tiempo.

Con estos dos puntos hacemos referencia a la teoría del dinero enunciada por el economista Carl Menger, que pivota sobre el concepto de liquidez. Y que se enuncia en base a que todo bien tiene en la economía siempre dos precios, un precio de compra (bid) y un precio de venta (ask), siendo bienes muy líquidos y con liquidez muy estable aquellos en los que existe de forma continuada en el tiempo una diferencia (spread) muy pequeña entre su precio de compra y su precio de venta. Dicho de otra manera, los bienes que se pueden convertir en dinero tienen muy poca volatilidad en la evolución de la serie estadística del spread entre su precio bid y su precio ask.

A esta baja volatilidad de su spread bid-ask hay que añadir la necesidad, para que un material pueda convertirse en dinero, de que su valor marginal decrezca menos que proporcionalmente cuando se añade una unidad adicional al stock existente de dicho bien. Sabemos que la ley de utilidad marginal nos indica que la misma tiende a decrecer cuando se generan unidades adicionales, por lo que se hace necesario como ha observado en sus trabajos el profesor Fekete que el valor marginal de las mercancías que llegan a ser dinero apenas varía conforme aumenta la cantidad de dicha mercancía; es decir, su valor marginal es casi constante.

Por ejemplo, el oro, un metal resistente y duradero, que puede dividirse y forjarse, ha venido cumpliendo desde la antigüedad con estas características.

Antes de pasar a la siguiente parte del artículo debemos aquí resaltar algo muy importante, y es que el dinero se genera de forma espontánea en una economía. Es decir, cuando los ciudadanos observan que un bien determinado cumple las funciones antes indicadas tienden a utilizarlo como dinero. Así ha pasado a lo largo de la Historia con el oro, la plata, los diamantes o la sal, que han cumplido las funciones propias de lo que podemos denominar dinero. Por lo que el dinero deriva del mercado y no de una ley.

Dicho todo esto sobre el dinero, debemos ahora distinguirlo del concepto de moneda. Y es que una moneda es un instrumento utilizado como dinero en base a una ley determinada. Es decir, el Gobierno impone en el territorio bajo su jurisdicción que un determinado tipo de instrumento monetario, que normalmente toma la forma de monedas y billetes pero que cabe denominar de manera genérica como moneda, cumple la función legal de dinero.

Así que aquí encontramos la diferencia entre el dinero y la moneda: mientras que el dinero es una mercancía que cumple con las funciones necesarias para ello, la moneda es un instrumento que se convierte en dinero en base a una ley que así lo dispone.

Podremos entenderlo fácilmente con el siguiente ejemplo: las monedas de euro o los billetes de euro, por sí mismos, nunca serían dinero, ya que se trata tan solo de cobre, níquel o papel que no pueden funcionar como reserva de valor o como medio de intercambio sin un respaldo legal. Sin embargo, por ejemplo el oro no necesita de una ley que disponga su utilidad como dinero, sino que la misma se deriva de su propia naturaleza.

Para entender correctamente la relación entre dinero y moneda, es necesario conocer el desarrollo histórico de ambas instituciones. Tradicionalmente las monedas eran porciones de una materia considerada como dinero. Se dividía dicha materia en fragmentos pequeños para su mayor usabilidad en el tráfico mercantil. Son un ejemplo de ello las monedas de oro o plata de la antigüedad. Más tarde los billetes representaban un “resguardo de depósito” de la mercancía considerada como dinero, también facilitando la usabilidad del cambio. Por ejemplo, 1 kg de oro se depositaba en el Banco Central y un billete era el justificante de resguardo, un título al portador que servía para intercambiar el kg de oro sin tener que llevar la mercancía físicamente el tenedor. Los gobiernos según iban teniendo mayor intervención y se iban endeudando apostaron por la reserva fraccionaria, en la cual los billetes y monedas ya no están respaldados en la mercancía considerada dinero al 100%, sino solo en una fracción. Dicha fracción fue bajando hasta que bajo la adopción de postulados keynesianos en los acuerdos de Bretton Woods se decidió a nivel internacional que los billetes y monedas de curso legal circulasen sin respaldo de ningún tipo de mercancía considerada dinero. Con esto pasamos del dinero real a la mera moneda legal.

* Más información|Mises Institute  Qmunty

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