EL DINERO

CAMBIO INDIRECTO, CAMBIO DIRECTO Y ORIGEN DEL DINERO.

Fue el gran economista austríaco Carl Menger quién supo explicar mejor que nadie el origen de una de las instituciones fundamentales de nuestra sociedad, el dinero, y quién supo igualmente definir su naturaleza y función. Más tarde Mises, discípulo suyo, desarrolló la exposición de su maestro. Y en las últimas décadas ha sido el profesor A. Fekete quién ha refinado las teorías de la liquidez y el dinero.

En una economía poco desarrollada se practica el cambio directo o trueque, esto es, las personas intercambian directamente los bienes y servicios que ellos producen, por otros que producen otras personas. Partiendo del principio de la división del trabajo y la especialización, un pueblo se hace más productivo cuándo una persona se especializa en hacer pan, otro en cultivar el campo, y otro se encarga de cuidar el ganado, intercambiando después entre ellos los productos obtenidos para satisfacer sus necesidades.

Conforme la economía se va desarrollando, y van entrando en juego más agentes, el cambio directo se vuelve cada vez menos efectivo (si el panadero desea carne y el ganadero no quiere pan, sino que quiere uvas, necesitará el panadero que el agricultor le intercambie uvas por pan para conseguir carne) y en un momento determinado aparecerá una mercancía que, además de servir para su uso primario, servirá también como medio de intercambio entre distintas mercancías. A dicha mercancía le llamamos dinero. Y con el dinero aparecerá una forma de economía más desarrollada y productiva, la del cambio indirecto, donde la convertibilidad del dinero permite su cambio por cualquier mercancía, en cualquier momento, pudiendo los agentes económicos crear un sistema de precios entre todos los bienes y servicios producidos (lo que Mises denominó “cálculo económico”).

Como bien señala Menger, el dinero debió aparecer en la historia a través de un proceso evolutivo parecido al descrito, y no fue impuesto como muchos autores propugnaron por orden de ningún rey o legislador de la antigüedad, es decir, de manera normativa.

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LA LIQUIDEZ.

A lo largo de la historia de la humanidad el hombre ha utilizado distintas mercancías como dinero. Por ejemplo la sal, el ganado, la plata o el oro. Todas estas mercancías gozaron de un alto grado de convertibilidad, es decir, podían convertirse fácilmente por otras mercancías de dicha economía. Pero ¿por qué una mercancía goza de tal grado de convertibilidad, es decir, se puede utilizar como dinero? Por su liquidez. Las mercancías más líquidas son las que pueden cumplir la función de dinero. La liquidez es la facilidad de una mercancía para comprarse y venderse en un mercado. Por ejemplo, las acciones de Apple en el mercado de Wall Street son muy líquidas, porque es muy fácil comprarlas y venderlas. Si tienes acciones de Apple y necesitas venderlas, te será muy fácil encontrar un comprador.

Por ello, una primera característica de la liquidez es la facilidad de realizar o intercambiar una mercancía de manera muy fácil, y en cualquier momento, su alto grado de intercambiabilidad. Pero liquidez no solo implica poder intercambiar un bien en cualquier momento a cualquier precio, sino que debe implicar poderlo vender a un precio “económico” o de mercado. Si tienes un violín Stradivarius probablemente posees un bien muy poco líquido, pues si mañana necesitas venderlo con urgencia, no solamente no te será fácil encontrar un comprador de manera rápida, sino que además tendrás que rebajar mucho el precio para poder venderlo. Imaginemos que adquirimos un Stradivarius un lunes, por 100.000 €, y el martes nos comunican que nuestra empresa tiene problemas graves y que debemos “hacer liquidez” de manera inmediata, antes del jueves, con lo cual el miércoles tenemos que vender el Stradivarius, siendo muy probable que debamos estar dispuestos a aceptar 60.000 € para poder deshacernos de él. Un bien con una volatilidad tan alta entre sus posibles valoraciones de mercado en un corto espacio de tiempo es un bien poco líquido y además poco realizable a precios “económicos” o de mercado, es decir, que guarden una baja volatilidad en el tiempo, y no puede utilizarse como dinero.

EL “SPREAD” Y EL DINERO.

Y es que fue Menger quien advirtió que los bienes no tienen un solo precio en el mercado, sino que siempre tienen dos precios distintos: el precio de compra (bid), que constituye la valoración del comprador en un momento dado;  y el precio de venta (ask) que constituye la valoración del vendedor. La diferencia entre ambos precios es el “spread”, también llamado “spread de liquidez”. Un bien muy líquido, cómo las acciones de Apple, tiende a cotizar en los mercados con un “spread” muy bajo, es decir, con diferencias muy pequeñas entre el precio bid y el precio ask, lo que permite poder cerrar transacciones muy fácilmente (alto grado de intercambiabilidad) y con una volatilidad muy baja de su “spread” a lo largo del tiempo, es decir, sin que hoy el spread sea de 0,002 $ y mañana sea de 20 $ la diferencia entre el precio de quién quiere vender y quién quiere comprar, sino que más bien se mantiene dicho diferencial en valores muy bajos a lo largo del tiempo.

Un bien poco líquido como el violín Stradivarius tiene variaciones muy altas de su “spread”, es decir, de la valoración del comprador y de la valoración del vendedor, en dos momentos del tiempo. Yo el lunes lo compro por 100.000 €, pero el miércoles me es difícil venderlo por el mismo precio, porque no hay un comprador en el mercado a dicho precio, sino que solo lo encontramos a una valoración de 60.000 € (spread de 40.000 € ¡!!!) y debo rebajar a dicho precio si quiero ejecutar la transacción.

El concepto de “spread” es muy utilizado hoy en día en los mercados financieros, en la valoración y compraventa de activos.

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LA UTILIDAD MARGINAL Y EL DINERO.

La ley de la utilidad marginal nos dice que el valor de un bien en el mercado es el valor de la última unidad de éste, es decir, de la utilidad que reporta la última unidad de dicho bien, o utilidad marginal. Esto quiere decir que cuánto más unidades de un bien existen en el mercado, menor valor tiene dicha mercancía. Y por el contrario, cuánto más escaso es dicho bien, mayor será su valor, porque mayor será la utilidad que reporta la última unidad de dicho bien. De ahí que el agua, muy abundante, tenga un precio inferior en el mercado que los diamantes, que son muy escasos. Un vaso de agua también es más barato que un violín Stradivarius.

Partiendo de dicha ley, podemos observar que cuándo añadimos una nueva unidad de un bien al stock de existencias del mismo, menor tenderá a ser el precio de dicha mercancía en el mercado. Si hay poca agua, y el agua reporta una utilidad marginal muy alta, conforme vayamos añadiendo unidades de agua al stock menor irá siendo el valor de la misma, porque su utilidad marginal irá disminuyendo. Y cuánto mayor es el stock de un bien, mayor va siendo el “spread” entre su precio bid y su precio ask, pues cada vez se alejará más la valoración del comprador, al cual cada vez le reporta menos utilidad adquirir una nueva unidad del bien, haciendo que para que se crucen transacciones sobre dicho bien el vendedor tenga que estar dispuesto a rebajar más el precio respecto de su propia valoración. Y el precio de mercado por lo tanto tiende a bajar. Es decir, el “spread” aumenta conforme aumenta el stock, en proporción matemática.

Un bien líquido, esto es, un bien que puede utilizarse en la economía como dinero, es aquél en el que el “spread” se reduce menos que proporcionalmente al aumento del stock del mismo. O dicho de otro modo, su utilidad marginal desciende mucho menos de lo que lo hacen otros bienes en incrementos de stock similares. Así, hay bienes cuya valoración en el mercado no baja tan rápidamente, es decir, mantienen más su valor que otros, conforme aumentan sus existencias, y por ello el comprador de los mismos no necesita ofrecer, cuándo desea venderlo, mucho más stock del mismo para poder cerrar una nueva transacción.

Como ha visto el profesor Fekete, en el caso del oro se da una liquidez muy alta, dado que su valor marginal apenas varía conforme aumenta la cantidad del mismo, es decir, su valor marginal es casi constante.

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LAS DOS DIMENSIONES DEL DINERO.

El dinero tiene dos dimensiones, espacial y temporal.

En su dimensión temporal, un bien cumple mejor la función de dinero cuándo permite su atesorabilidad durante más tiempo, es decir, su liquidez se conserva durante el tiempo de manera estable. El oro podemos atesorarlo durante años sin que pierda valor, mientras que el trigo, que en algún momento histórico pudo cumplir la función de dinero, puede mantener su valor durante un espacio de tiempo más breve, puesto que si se atesora durante mucho tiempo tenderá a echarse a perder, por su propia naturaleza física.

En su dimensión espacial, un bien cumple mejor la función de dinero cuándo puede transportarse entre lugares remotos manteniendo su liquidez estable. En el antiguo testamento podemos leer cómo en la antigüedad los patriarcas, que eran nómadas y transitaban a lo largo del año por distintas extensiones geográficas, llevaban en sus tribus ganado que podían utilizar como dinero en dos lugares distintos y alejados entre sí, dado que dicho ganado mantenía su liquidez a lo largo del espacio.

 

EL DINERO.

Así, podemos concluir que el dinero es una mercancía que puede utilizarse para ejercitar el cambio indirecto, es decir, para poder intercambiarla de manera muy sencilla por cualquier otra del resto de mercancías de una economía.

Y para que una mercancía pueda utilizarse como dinero es necesario que posea un alto grado de intercambiabilidad, lo cual implica que sea muy liquida, es decir, que sea muy fácil comprarla y venderla sin grandes oscilaciones de precio de un día para otro, porque la diferencia entre su valor de compra y su valor de venta sea siempre muy cercana, manteniendo por tanto su valor de intercambio. Y que al aumentar el stock en circulación no pierda dicha mercancía su valor, sino que su utilidad marginal se mantenga casi inalterable.

Además, dicha mercancía que cumplirá mejor que ninguna otra la función de dinero debe por su naturaleza ser capaz de conservar su valor a lo largo del tiempo, así como entre distintos lugares del espacio.

Como señala acertadamente Fekete, el oro ha sido históricamente, y sigue siendo, la mercancía que mejor funciona como dinero.

TIPOS DE DINERO.

Podemos distinguir entre dinero en sentido estricto, esto es, aquellos bienes que cumplen la función de intercambio por la aceptación como tal medio por parte de la sociedad. Y el dinero en sentido amplio, que incluye en la categoría aquellos bienes que pueden ejercer como sustitutos monetarios.

El dinero en sentido estricto, a su vez, puede dividirse en tres grandes tipologías:

  • Dinero Mercancía.
  • Dinero Crédito.
  • Dinero Fiduciario.

Dinero Mercancía es justo aquello que se explicó en el primer punto de este ensayo, es decir, una mercancía que cumple la función de dinero. A lo largo de la historia de la humanidad, el hombre ha ido utilizando, en distintos lugares y en diferentes momentos, distintas mercancías en el cambio indirecto,  como el ganado, los caballos, la sal, los granos de maíz, la plata o el oro. El oro acabó imponiéndose entre la mayor parte de personas y países como la mercancía que mejor cumple la función de dinero.

Si se deposita el oro en un lugar suficientemente seguro (orfebre, banco..) y el depositario emite recibos de depósito, al portador, el depositante puede utilizar dichos recibos para transaccionar en el comercio. Este es el origen de los billetes: recibos o certificados de depósito a la vista, que permiten a sus tenedores no tener que portar oro, pudiendo utilizar los mismos en la compra, y siendo liquidables a la vista a su tenedor, ante el depositario. Estos billetes son sustitutos monetarios, pues no siendo dinero se pueden utilizar como tal por su liquidez inmediata, esto es, por poder ser liquidados en oro directamente en cualquier momento.

Los billetes, como sustituto monetario del dinero mercancía, presuponen que el deposito permanece siempre en su totalidad e integridad.

Dinero Crédito es aquella forma de dinero, es decir, de bien utilizable para el cambio indirecto, que no representa liquidez presente, sino futura. Un crédito es un intercambio de un bien presente por un bien futuro. Y en el caso del dinero crédito la función de dinero la cumplen títulos que no son liquidables a la vista, pero sí en el futuro. Por ejemplo, durante las guerras napoleónicas, el Banco de Inglaterra suspendió la convertibilidad de sus billetes por oro, pero los ciudadanos siguieron intercambiando dichos billetes como dinero en el tráfico mercantil, por la seguridad que tenían en que en un momento futuro podrían estos títulos ser liquidables en oro.

En los florecientes mercados de Lancashire y Manchester en los tiempos de Adam Smith las letras de cambio con vencimientos hasta 90 días debidamente aceptadas y firmadas circulaban como dinero entre los bancos y mercaderes, tal y como Smith dejó reflejado en su obra. Estas letras mercantiles tenían siempre una contrapartida en mercancías como trigo, maíz, vino, harina o verduras (no se admitían letras financieras) y se estimaba que en un plazo igual al de una estación del año siempre acabarían siendo vendidas dichas mercancías, por las propias necesidades del ser humano. Así, estas letras serían sustitutos monetarios del dinero crédito, puesto que circulan como dinero y pueden liquidarse en un momento futuro.

El dinero fiduciario o dinero fiat es aquél título que cumpliendo la función de dinero no es liquidable por una mercancía que represente liquidez. No tiene una contrapartida que lo respalde materialmente, sino que es una razón formal la que convierte a dichos títulos en dinero. Dicha razón formal es la ley o mandato del gobierno.

También hablamos de dinero fiduciario cuándo estos títulos no están respaldados al cien por ciento por un depósito de dinero mercancía. Este es el caso de la reserva fraccionaria, es decir, cuándo el coeficiente de reserva que debe conservar el depositario es el cincuenta por ciento, por ejemplo, pudiendo utilizar mientras dure el depósito en sus manos el otro cincuenta.

La palabra “fiducia” en latín significaba confianza, y es dicha confianza, en el gobierno que emite los billetes fiduciarios o en la organización bancaria que no respalda al cien por cien sus depósitos, lo que sustenta este tipo de dinero.

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BREVE EVOLUCIÓN HISTÓRICA DE LOS TIPOS DE DINERO.

El oro, como ya dije antes, acabó imponiéndose como el dinero mercancía de referencia en todo el mundo. Hasta la Ley de Peel, en 1844, los billetes emitidos por los bancos depositarios debían estar respaldados al cien por cien por oro, y esta ley vino a crear la reserva fraccionaria, es decir, la posibilidad de que los billetes no tuviesen un respaldo de la totalidad del depósito que representan, sino solo de una parte. Esta reserva fraccionaria se extendió rápidamente al resto de países. Un siglo después, en 1944, los Acuerdos de Bretton Woods pusieron fin al patrón oro. Si hasta ese momento los billetes debían emitirse en función de las existencias de oro, aunque solo tuviesen que ser respaldados en una parte y no en su totalidad por oro, este nuevo marco vino a dictaminar la posibilidad de emitir billetes sin ningún depósito tras de sí, más allá de la confianza en los gobiernos y bancos emisores en dichos billetes.

Y este es el escenario actual, la moneda de todos los países hoy en día no tiene un respaldo real por oro o por otra mercancía, sino que solamente circula por nuestra propia confianza.

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Corrupción. No se puede apagar el fuego con gasolina.

Una nueva trama de corrupción política, con miembros de varios partidos políticos imputados, ha saltado a los informativos en las últimas semanas. Por desgracia, no es un hecho aislado, sino que se trata del enésimo caso de corrupción pública que vivimos en España en las últimas décadas. Corrupción que se extiende por todos los partidos políticos, organizaciones sindicales e instituciones públicas como las Cajas de Ahorros. En general, todo lo público se ve afectado por esta lacra.

Es lógico desde luego que la mayor parte de la población se sienta molesta con esta situación y muestre su total indignación ante tamaña desfachatez de los cargos públicos. Pero mientras que muchos ciudadanos creen que el cambio solamente puede venir por el lado de un nuevo partido político o institución pública democrática, sin darse cuenta de que ello sería combatir el incendio con más gasolina, el objetivo de este artículo será mostrar de manera analítica, sencilla y breve, y a través de diversas corrientes de pensamiento jurídico, económico y social, cómo la solución es todo lo contrario, es decir, reducir la importancia de las instituciones públicas en nuestra vida.

juan de marianaEn el s. XVI el jurista, historiador y filósofo religioso Juan de Mariana escribía De rege et regis institutione (Toledo, 1599) y ponía de manifiesto que el poder corrompe, y que el buen gobierno o el buen monarca deben ostentar el menor poder posible, y estar sometidos a la ley de la misma manera que el resto de los súbditos, legitimando incluso el “tiranicidio”, esto es, el derrocamiento y asesinato por el pueblo de aquellos gobernantes corruptos que actuasen como tiranos. Esto respondía sin duda a las situaciones de corrupción y despotismo político que el Padre Juan de Mariana había estudiado en la historia universal, y que vivió en su época en primera persona. “No son del rey los bienes de sus vasallos” decía este jesuita, indicando que es absolutamente inmoral que el gobernante pueda legislar y disponer sobre bienes privados, o extraer la riqueza de sus súbditos mediante impuestos o tributos.

Más adelante en el tiempo, en los Estados Unidos de América y allá por 1932, la famosa obra de Berle y Means enuncia la denominada Teoría de la Agencia, en su ensayo The Modern Corporation and Private Property (New York, 1960, 2ª edición) donde estudiando la separación entre accionistas y directivos en las grandes corporaciones que en la primera parte del siglo XX se habían desarrollado en norteamérica exponen el problema de la divergencia de intereses que se pueden dar entre el Agente delagado por los propietarios de una empresa para gestionarla, y los intereses del mandante o principal, es decir, los propietarios o accionistas de la firma, que además tienden a ser miles o millones (pensemos en las grandes empresas actuales) y por tanto tienen un difícil control sobre dichos agentes o directivos. El caso de los cargos públicos es un ejemplo paradigmático de los problemas y riesgos morales de la teoría de la agencia: los políticos electos representan los intereses de los ciudadanos, pero la real propiedad de los bienes públicos está tan difuminada (por ejemplo, más de cuarenta millones de personas en España) que resulta complejo y costoso fiscalizar adecuadamente la actuación de los mismos. Así, cuándo un senador, alcalde o Presidente llegan al poder, se encuentra muy libre de sus miles o millones de electores, y tendrá incentivos para buscar su interés particular en detrimento del interés público (riesgo moral).

publicFinalmente, la Escuela de la Elección Pública (Public Choice Theory) que debemos principalmente al jurista, economista y politólogo James M. Buchanan (premio Novel 1986) constata a través del análisis económico el hecho de que los políticos toman decisiones que no les suponen ningún costo directo, pues el coste se diluye entre todos los ciudadanos, siendo su interés la reelección en cada mandato, por cuanto la combinación de ambos axiomas dará lugar a que gasten indiscriminadamente los recursos públicos con tal de ser reelegidos, sin importar que dicho gasto sea optimo o necesario, sino tan solo que sirva a sus fines personales. Puesto que a través de los lobbys o grupos de poder pueden obtener mayores votos y prebendas que del ciudadano simple, cuyo voto estadísticamente no tiene apenas influencia, tenderán a extraer recursos de los ciudadanos para favorecer grupos de presión, y realizar obras públicas demagógicas para obtener votos en cada reelección.

Recientemente, a mediados del año 2012, el matemático y economista Cesar Molinas enunciaba en un artículo su Teoría de las Elites Extractivas, que viene a conjugar todo lo aquí dicho, y que resulta de extremado interés estudiar. La clase política se profesionaliza y se convierte en una minoría parasitaria que extrae la riqueza del pueblo que los elige.

james buchanam¿De verdad puede creer alguien que la solución es más política, o un nuevo partido político? Desde luego, el riesgo moral es atribuible a cualquier político y gobernante, sea del color que sea, pues como pone de manifiesto la teoría aquí analizada, así como la realidad histórica, siempre existirán incentivos para la corrupción (tiranicidio; búsqueda de intereses personales frente al interés público) y las instituciones públicas siempre servirán de resguardo a las elites extractivas y tendrán como motor la reelección, sin asumir el coste directo de los medios utilizados para ello.

En definitiva, y como ya decía al principio, intentar cambiar el sistema con más política es como intentar apagar un fuego echando gasolina. Lo lógico sería todo lo contrario, apagar el fuego con agua. Es decir, acabar con la corrupción con menos política.

Menos política significa menos peso de lo público sobre lo privado, menos relevancia de las instituciones en la vida de los ciudadanos. Así, un Estado mínimo, que se limite a administrar las labores de Justicia, Defensa, Educación, Sanidad y Seguridad interior o Policía, necesitaría muchos menos senadores, diputados, alcaldes, delegados públicos, funcionarios y en definitiva una décima parte de estructura pública que la actual.

Esta teoría política es conocida como Minarquismo, y es el modelo acogido por países como Suiza. No escapará a la lógica de nadie que cuánto menos poder político y económico detenten los cargos públicos, menor tenderá a ser la posible corrupción de los mismos. En contrapartida, menor Estado supone mayor Libertad del individuo, mayor poder de movimiento sin impuestos económicos o agobiante normativa administrativa, y por tanto mayor desarrollo social y económico. Los países con menor intervencionismo tienden a ser los más desarrollados. Estas tesis jurídico-políticas han sido profundamente estudiadas por Mises, Hayeck, Rothard y Hoppe, entre otros, poniendo de manifiesto todo lo aquí dicho.

En fin, que si los ciudadanos aspiramos a que no nos sigan tomando el pelo, lo que necesitamos es menos estructura pública, menos peso político, y mayor libertad.

Más Información | Teoría de Agencia    Juan de Maríana  Teoría de la Elección Pública   Minarquismo    Teoría de las élites extractivas

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¿CUÁL ES EL OBJETIVO REAL DE LA BAJADA DE TIPOS DE INTERÉS?

Resulta increíble ver cómo la intervención de los bancos centrales y de los gobiernos en la economía lleva destruyendo nuestro sistema desde hace décadas, y la mayor parte de la sociedad, economistas de prestigio incluidos, no son capaces de verlo. Es más, aplauden cada vez que hay una nueva intervención masiva. Es como ver aplaudir a un hombre ante los disparos de su pelotón de fusilamiento.

El mercado financiero no es libre. Es quizá uno de los más intervenidos del mundo.

Un mercado libre tiende a autorregularse a través de la ley de la oferta y la demanda. La gente actúa buscando sus intereses, y de esa manera oferente y demandante acaban consiguiendo el mejor acuerdo posible satisfacer sus necesidades. Sin embargo, cuándo los gobiernos y las instituciones interfieren en el mismo distorsionan el proceso natural de cooperación social y crean irreparables perjuicios.

Bajo la sencilla lógica del libre mercado, en un momento como el actual con una coyuntura de recesión, donde el presente se valora más que el futuro, y la seguridad se valora muy por encima del riesgo, los ahorradores tenderán a querer atesorar liquidez, no deseando invertir a largos plazos, ni en activos o proyectos que no gocen de gran seguridad y solvencia. Por tanto, el tipo de interés que pedirán por prestar su dinero a aquellos que demanden su ahorro tenderá a ser alto. ¿Cuánto? Solo el libre juego de la oferta y la demanda respondería esta cuestión. Pero por supuesto la teoría económica es clara y conocida, a mayor interés mayor disponibilidad tendrán los ahorradores de prestar su dinero. Y a menor interés, menor incentivo del ahorro.

Sin embargo, la intervención de los bancos centrales, forzando tipos de interés extremadamente bajos, altera la lógica del mercado y produce efectos nefastos. Hoy, 14 de junio de 2015, el Euribor a 12 M se sitúa en torno al 0,6 %, tras la última intervención del BCE.

Si la lógica nos dice que un ahorrador, en un momento tan complicado como el actual, pediría un retorno de la inversión suficientemente alto por su capital, y de otra manera no ahorraría, y la intervención pública obliga a tener que invertir con tipos por debajo del 1 %, se produce una clara desincentivación del ahorro. Al menos del ahorro financiero.

Por la importancia que revisten los tipos de interés, este efecto de desincentivación es muy amplio y se extiende por toda la economía, afectando de distinta manera a activos como los inmuebles, las obras de artes, las joyas, las acciones de las empresas cotizadas o los alimentos de primera necesidad. Pero la primera consecuencia (y quizá la más importante) es que se produce una escasez de ahorro real, que impide a la economía contar con capital sobre el que asentar su futuro.

¿Cuál es la finalidad de los Bancos Centrales con este tipo de políticas monetarias? Según el discurso oficial, intentan reactivar la economía y que las empresas tengan una mayor facilidad de financiación. En términos de lógica económica básica, poco incentivo tendrá nadie de arriesgar su dinero al 0,6 % para reactivar la economía. Por ende, pocos fondos recibirán las empresas por parte de los ahorradores.  

¿Cuál es entonces la verdadera finalidad de los Bancos Centrales? Mantener a flote las colosales estructuras de deuda pública de los Estados. Millones y millones de euros (o dólares, o yenes, etc…) dilapidados en las últimas décadas, destruidos literalmente en malas inversiones, que se han ido acumulando y refinanciando año tras año. El verdadero objetivo de esta política monetaria es seguir refinanciando esta deuda impagable. E impagarla en la medida de lo posible. Pues las políticas monetarias expansivas logran rebajar de manera artificial el volumen de deuda.

Resumiendo, se expropia valor a los ahorradores para cubrir la ruina del macroendeudamiento de los Estados. Lo que no quieren o pueden expropiar vía política fiscal lo expropian vía política monetaria.

Al final perdemos todos. En una sociedad libre el ahorro es igual a la inversión. Si una persona logra beneficios, y genera capital que no necesita en un momento determinado (ahorro), dicho capital podrá prestarlo a otra persona que lo demande para invertir o anticipar consumo y que pueda devolverlo después, con un rendimiento preestablecido. Esto supone cooperación social y desarrollo. Tenderán a quedar en el mercado solo los proyectos de inversión más solventes, que mejor atiendan las necesidades de la sociedad. Con el intervencionismo los gobiernos dilapidan el capital de la sociedad en proyectos de dudoso valor, a base de expropiar la riqueza privada a través de impuestos, y a través de expansiones monetarias.