¿Monarquía o República?

Resulta fascinante observar cómo la mayor parte de la población se debate sobre Monarquía o República, considerando cada bando que su opción es la de mejor gobierno. Para aclarar conceptos sobre el buen gobierno y el mal gobierno, lo mejor es estudiar a los clásicos, es decir, estudiar la teoría y el origen de las instituciones políticas.

La palabra Política tiene su origen en el vocablo griego “πολιτικός” que significa civil u ordenamiento de los asuntos del ciudadano. Es decir, cómo resolver los problemas de convivencia colectiva.

Política es también el nombre del famoso libro de Aristóteles (384 a.C. – 322 a.C.) que escribió sobre la base de las obras anteriores de Platón, Phaleas o Hipódamo. Obra magna de la filosofía política que desde entonces se convirtió en tratado fundamental de esta disciplina, es decir, sobre la regulación de los asuntos públicos.

Aristóteles divide las distintas formas de Gobierno en función de si el poder lo ostenta una sola persona, varias personas o muchas personas. Y después da nombres distintos a estas formas de gobierno, en función de que las mismas reporten al pueblo un buen gobierno, o un mal gobierno. El buen gobierno es por supuesto aquél que busca el bien común, y el mal gobierno es aquél que busca solo el bien de aquél o aquellos que gobiernan.

Formas de Gobierno

Cuándo es una sola persona  la que rige la comunidad de manera correcta y formal, esta forma de gobierno recibe el nombre de Monarquía. Sin embargo, cuándo esta persona busca solamente satisfacer sus intereses particulares, se convierte en Tiranía.

Cuándo son varias personas las que dirigen los asuntos públicos en busca del bien común de los ciudadanos, el sistema político recibe el nombre de Aristocracia. Sin embargo, si este gobierno se pervierte, trabajando solo por objetivos particulares de los gobernantes, estaremos ante una Oligarquía.

Cuándo son muchas personas las que gobiernan el pueblo, en forma de Parlamento o Senado, y trabajan cada día para gestionar de la mejor manera posible los asuntos públicos, este gobierno recibe el nombre de República. Cuándo estos gobernantes se centran en satisfacer únicamente sus propios intereses, es decir, los de los grupos gobernantes que han accedido al poder, este gobierno pervertido recibe el nombre de Democracia.

Lo primero que llamará la atención es que, como podemos ver en este último párrafo, lo que comúnmente se asocia con el mejor gobierno actual, la Democracia, ya fue enunciado hace más de dos mil años por Aristóteles como una nefasta forma de gobierno, pues los gobernantes no se centran en el pueblo, sino en ellos mismos y en los objetivos particulares de sus propios grupos. Hoy podemos apreciar cómo ello es así, pues los partidos que gobiernan tiene como finalidad no perder el poder, y cumplir con los objetivos de los grupos más cercanos, y de los lobbies que más votos les reportan. En vez de tener como finalidad satisfacer el bien común, sin importar la reelección, o incluso a costa de los intereses de sus más allegados.

Lo segundo que sorprenderá al lector, y que constituye el objeto de este ensayo, es que tanto Monarquía como República son formas de buen gobierno, no están contrapuestas. La diferencia entre ambas es que en la primera es un solo hombre el que ostenta el poder, y en la segunda son muchos hombres. Pero en ambos casos el gobierno es legítimo, en tanto que busca resolver de la mejor manera posible los conflictos de convivencia entre los ciudadanos, que es la finalidad del gobernante.

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Expansión Monetaria y Revolución Francesa

La Revolución Francesa marcó el fin del Antiguo Régimen, y supuso el avance desde la monarquía absolutista y el feudalismo hacia el gobierno liberal de la burguesía y el pueblo. Sin embargo, la Primera República duró solo diez años, desde su proclamación por la Asamblea Nacional en 1789 hasta el golpe de Estado de Napoleón Bonaparte en 1799.

Los historiadores han mantenido múltiples justificaciones políticas y sociales para explicar la fugacidad de la Primera República Francesa. Lo cierto es que la verdadera razón fue más bien la profunda crisis económica en la que se encontraba Francia cuándo Napoleón decidió asaltar el poder.

¿Cómo puede ser que un país próspero y rico durante el s. XVIII, y qué quizá fuese la gran potencia mundial de la época, cayese en la más absoluta pobreza en solo unos años? Pues bien, al inicio de la Primera República el Estado mantenía una deuda pública que se cuantificó por la Asamblea Nacional en 170 millones de libras, y que no podía atenderse con los ingresos corrientes. Pese a la oposición de unos pocos dirigentes, entre ellos el Ministro de Finanzas, que veían en la expansión crediticia una solución peligrosa, la Asamblea acabó aprobando en 1790 la emisión de 400 millones de libras, destinados a paliar la deuda estatal y a inyectar el resto en la economía nacional para reactivarla.

Puesto que en aquella época apenas se aceptaba el dinero fiduciario, la emisión de esta moneda tenía como subyacente bienes reales. Concretamente el patrimonio embargado por la República a la Iglesia, unos bienes valorados entre 2.000 y 3.000 millones de libras. Y como toda expansión monetaria en su inicio, produjo efectos que podrían calificarse de exitosos, pues la economía pronto se reactivó y se incrementó sobremanera la demanda, sobre todo de los grupos que se vieron más favorecidos por parte de la nueva moneda.

Pero en solo seis meses el Estado se había gastado toda la nueva emisión, y decidió volver a emitir moneda, para mantener el ritmo de la economía. Unos meses después se realizó una tercera emisión, después una cuarta, y así continuaron durante unos años. Si al principio la nueva moneda representaba solo en torno a un 13 % del mayor valor del subyacente que la garantizaba  (400 sobre 3.000) en solo unos años el valor de la nueva moneda ya copa el 100 % del valor del subyacente.

Y es que cuándo se “dopa” la economía con una expansión monetaria, se crea un crecimiento ficticio que tiende a derivar en sobrevaloraciones de los bienes, como la burbuja inmobiliaria que vivimos hace solo unos años. Y la única manera de que no explote es volver a introducir dinero en el sistema. Pero no obstante el mercado tiende a crear distintos efectos económicos que siempre acaban “pinchando” la burbuja y llevando a la economía a un período de recesión.

El caso es que en Francia la inflación se disparó enormemente, subiendo de manera desmedida el precio de las materias primas y los bienes reales, hasta el punto de que los precios del pan, la leche o la fruta eran inasumibles para la mayor parte del pueblo, creando hambre y miseria por doquier.

Finalmente, esta nefasta situación económica fue lo que llevó a Napoleón a dar un golpe de Estado, declarar una nueva constitución que lo convertía en Primer Cónsul y acabar con el régimen de la República, con el objetivo de salvar de la miseria económica al pueblo. Cuándo Napoleón ascendió al poder declaró “Pagaré al contado, o no pagaré”, haciendo ver que era consciente de que la crítica situación era resultado de las expansiones crediticias de la República.

Vía | Blog Big Data – Juan Manuel López Zafra