Delitos de cuello blanco

Solemos asociar la palabra delito a la imagen de un bandido que, cubriendo su rostro con pasamontañas y vestimenta oscura, entra a robar por la ventana, ocultándose en la oscuridad de la noche y aprovechando que no hay nadie en casa.  De la misma manera, la imagen que nos puede evocar la palabra crimen es la de un hombre de semblante sombrío y actitud desafiante que blande un cuchillo en la mano mientras mantiene una mirada maliciosa.

Pero muy alejados de estos estereotipos, podemos encontrar delincuentes y criminales que de forma elegante visten traje y corbata, actúan a plena luz del día, y mantienen una actitud pacífica y serena que de ninguna manera evidencia los ilícitos que pueden estar cometiendo. Son los conocidos como delincuentes de cuello blanco.

Mientras que su vestimenta y posición social puede asociarse a valores como el éxito logrado a base de esfuerzo, o al trabajo solo posible para personas brillantes, la verdadera naturaleza de sus actos se descubre como ilícita.

Significado del término “Cuello Blanco”.

El término “delito de cuello blanco” se lo debemos al sociólogo estadounidense Edwin H. Sutherland, y la primera vez que lo usó fue en su conferencia de 27 de diciembre de 1939 en la American Sociology Society titulada White Collar Criminality.

El origen del término “cuello blanco” o “delitos de cuello blanco” deriva de que los empleados contables, ejecutivos o cargos políticos solían vestir con camisa blanca en los años 20 y 30 en los qeu Sutherland desarrolló su trabajo. Otro posible origen se encuentra en la diferencia entre “red neck” o cuello rojo, que en Estados Unidos se refiere a los trabajadores del campo o labores expuestas al sol e intemperie, como los agricultores u obreros de la construcción (de ahí su cuello enrojecido por el sol), y “white neck” que se refiere a los trabajadores de oficina, no expuestos al sol.

Concepto de delito de cuello blanco.

Podemos definirlos como los ilícitos penales cometidos por profesionales aprovechando su cargo, trabajo o posición. Suelen ser ilícitos patrimoniales cuya finalidad es obtener una ganancia económico. Por tanto serían la conjunción de una doble dimensión:

  • una personal, referida al sujeto activo del delito: su pertenencia a una clase social-profesional elevada;
  • y una coyuntural, referida al ámbito donde lleva a cabo el delito: su cargo, trabajo o profesión, y no su vida personal.

Los bienes jurídicos protegidos en estos delitos son el patrimonio de las personas físicas y jurídicas al cuál atenta el delito, pero también el sistema económico y el orden económico.

Naturaleza del concepto.

Como podemos apreciar en esta conceptualización, la definición del delito de cuello blanco no es una definición jurídica, sino más bien criminalística o sociológica.

Se trata por tanto de un concepto útil para la política criminal o el estudio criminalístico, que puede tener como fin abordar una realidad social determinada: en su origen se perseguía con su estudio que los delincuentes de cuello blanco no quedasen impunes, sino que se persiguiese su delito como el de los delincuentes comunes.

Pero no se trata de un concepto de Derecho Penal, sino que lo que encontramos en el Derecho Penal es un concepto más amplio, referido en su generalidad a los delitos económicos.

Delitos de cuello blanco en nuestro Código Penal.

Según lo expuesto, podemos entender diversos tipos delictivos de los regulados en nuestro Código Penal como delitos de cuello blanco, en tanto que la persona que los realiza tenga una categoría profesional determinada, y que los realice en su cargo o profesión. Cabe enumerar las siguientes categorías, aunque no sea más que una lista orientativa por lo expuesto:

  • formación de cárteles;
  • abuso de poder económico;
  • obtención fraudulenta de fondos del Estado;
  • infracciones informáticas;
  • infracciones societarias;
  • violación de las normas de seguridad y salud;
  • fraudes en perjuicio de acreedores;
  • infracciones contra el consumidor o concurrencia desleal, publicidad engañosa;
  • infracciones fiscales o contra la Seguridad Social;
  • infracciones cambiarias;
  • infracciones de bolsa e infracciones contra el medio ambiente.
  • Delitos de los partidos políticos
  • Espionaje industrial;
  • Estafa y fraude.
  • Crimen organizado

 

Delito de guante blanco.

Una tipología criminal que no debemos confundir es la de los delitos denominados “de guante blanco” y que hacen referencia a delitos contra el patrimonio (hurto, robo, apropiación indebida, estafa) que se realizan con una técnica sofisticada y sin dañar ningún otro bien jurídico. Un ejemplo típico sería el del ladrón que logra acceder a un gran museo y robar una prestigiosa obra de arte: se trata de una labor compleja, y no existe concurso con otro delito contra la integridad física de las personas (intimidación, violencia, etc..).


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El sistema bancario moderno. Historia de la conversión del oro en dinero fiduciario.

DEPÓSITOS BANCARIOS.

El contrato de depósito, desde el antiguo derecho romano, es aquél por el que una de las partes, denominado depositante, entrega un bien a la otra parte, el depositario, obligándose esta última a guardarla y restituirla en el futuro al depositante.

El dinero es una de las instituciones más importantes de una sociedad avanzada, puesto que permite ejercer el cambio indirecto, frente al trueque de la sociedad primitiva. Así, el dinero sirve como medio de intercambio, y como medio de conservación del valor en el tiempo, además de su funcionalidad como unidad de cuenta.

Y por esta importancia, desde antiguo surgieron instituciones dedicadas a custodiar depósitos de dinero para aquellas personas que habían generado valor en su trabajo o en su negocio, y deseaban conservar una parte del mismo, sus ahorros, para un consumo o inversión futura. En la antigua Babilonia, o en la Grecia clásica, eran los templos religiosos los que ofrecían a los ciudadanos el servicio de depósito de dinero. Más tarde, mercaderes u orfebres se especializarían en ofrecer estos servicios.

OBLIGACIONES DEL DEPOSITARIO.

Por supuesto, durante toda la Historia de la humanidad el depositario (Banco) mantenía la obligación de custodiar el cien por cien del importe depositado. Puesto que el contrato de depósito tiene como finalidad la custodia del bien entregado por el depositante.

No ha de ser necesariamente el mismo dinero entregado, sino el “tantundem”. Es decir, el depositario cumple entregando un bien del mismo importe, especie, género y calidad. Porque el dinero es un bien fungible. No es un bien específico, como lo pueda ser una obra de arte. Si se entrega en depósito “El Quitasol” de Goya, el depositario solo cumple su obligación contractual devolviendo este mismo cuadro, no existe otra posibilidad física de cumplir. Pero si se entrega un kilo de sal (bien fungible) en depósito, el depositario cumplirá devolviendo un kilo de sal, sin que tenga que ser físicamente el mismo grano a grano. Y ello porque los bienes fungibles como la sal, el aceite o el trigo son bienes de características muy genéricas, lo que permite su intercambio en un almacén sin alterar los mismos. Y el dinero es un bien fungible.

Sin embargo, que el depósito bancario sea un bien fungible no significa que el depositario no deba cumplir con su obligación de custodiar íntegramente el bien entregado en depósito, por supuesto. Un banquero podrá recibir dinero en forma de monedas o billetes similares de cien clientes distintos, y mantener su totalidad guardada en la misma caja fuerte, cumpliendo con su obligación al devolver el número de monedas exacto que cada depositante le haya entregado, aunque no sean exactamente las mismas monedas o billetes. Pero mientras que están en vigor los contratos deberá custodiar íntegramente el cien por cien de todas y cada una de las monedas. Si un banquero utilizase una parte de estas monedas, que recibió en custodia, estaría cometiendo un delito patrimonial, pues estaría apropiándose indebidamente de algo que no es suyo.

BANCARROTA.

A lo largo de la historia son múltiples los banqueros que han caído en la tentación de utilizar de forma indebida el dinero recibido en depósito en su propio beneficio. Si han recibido un número importante de depósitos, y creen que sus depositarios no van a reclamar a corto plazo su devolución, utilizan el dinero para realizar inversiones en nombre propio, creyendo que basta con tener solo una parte de dicho dinero disponible por si alguien viene y reclama una devolución.

Parten de suponer que no todo el mundo va a venir en el mismo momento a retirar su depósito, por lo que será difícil que se descubra su delito. Se apoyan en ley estadística de los grandes números. Además, como estamos ante bienes fungibles y el depositante cumplirá devolviendo una cantidad determinada de monedas o billetes, y no exactamente los mismos depositados, la propia naturaleza fungible del bien objeto de depósito ayuda a reforzar el planteamiento fraudulento.

Pero por supuesto saben que están delinquiendo, pues es necesario repetir que el depósito no traslada la posesión ni la propiedad, sino la mera tenencia de la cosa, con obligación de custodia.

Desde luego, si tienen 100 monedas en depósito, y utilizan 50 monedas incumpliendo el contrato de depósito, estarán en bancarrota en cuánto los legítimos propietarios de 51 monedas exijan la retirada de sus depósitos.

Y como decimos son múltiples los ejemplos históricos de banqueros y Bancos que se han declarado en bancarrota por no tener el dinero cuándo sus clientes le han solicitado la devolución de los depósitos. El profesor Jesús Huerta de Soto cita varios de ellos, acaecidos en la antigua Grecia, durante el imperio Romano o en la Edad Media en su libro “Dinero, Crédito Bancario y Ciclos Económicos”.

Desde la antigüedad los banqueros utilizaban un Trapeza o banco para salir a la calle, en los mercados y zonas comerciales, ofreciendo sus servicios de depósito y custodia a los ciudadanos. De ahí deriva su nombre. Y cuándo un banquero se veía en apuros para devolver el dinero a sus clientes, se le rompía la banca en público, contra el suelo o incluso contra su cabeza, derivando de aquí el término de bancarrota.

En la Barcelona de la baja edad media, al igual que en otros momentos y legislaciones, el Código legal exigía que se le cortase la cabeza al banquero quebrado y se clavase dicha cabeza en la plaza o mercado, permaneciendo a la vista de todo el mundo durante unos días para ejemplificar el delito cometido y persuadir a los otros banqueros de que cuidasen con diligencia los depósitos recibidos. Tal era la gravedad que se daba al delito de bancarrota, pues se entendía que el bien jurídico lesionado con la apropiación indebida del banquero, esto es, la legítima propiedad del dinero, así como la seguridad jurídica y económica del sistema, revestía la máxima importancia.

COMISIONES O INTERESES

Aunque nuestro Código Civil recoge la tradición jurídica de presumir el contrato de depósito como gratuito, a nadie escapa que sería extraño que un empresario esté dispuesto a custodiar de manera gratuita el dinero de sus clientes, sino que la lógica empresarial exige que el banquero cobre una comisión o precio por sus servicios. Por ello, una primera señal de que no se cumplía con garantía la misión del depositante es que un banquero realizase su trabajo de manera gratuita, o incluso que estuviese dispuesto a pagar una pequeña cantidad o comisión a sus clientes depositantes. Desde luego, si guardaba el dinero gratis o pagaba por guardar dinero era muy probable que a espaldas de los clientes utilizase dicho dinero en otros negocios que le reportasen ganancias.

Si bien es cierto que podemos encontrar muchos casos de Bancos y banqueros que han incurrido en bancarrota a lo largo de la historia, desde los escritos griegos y romanos hasta nuestra más reciente historia, también han existido ejemplos como el del Banco de Amsterdan, que fundado en el año 1609 mantuvo el 100 % de los depósitos entregados por sus clientes durante más de 150 años. Ello lo hizo brillar como el Banco más solvente y de mayor prestigio de su época. Sus beneficios nunca fueron tan extraordinarios como los de otros bancos aquellos años, pues se limitaba a cobrar una pequeña comisión de depósito por sus servicios, así como comisiones por otros servicios añadidos como el cambio de moneda o la emisión de billetes y cheques, pero aseguraba de forma plena los intereses de sus clientes.

Y es que si un cliente desea obtener un beneficio de sus ahorros, tendrá que entregar al Banco el dinero en préstamo, exigiendo un interés del mismo, que el Banco le pagará dado que después podrá prestar a su vez ese dinero a clientes que lo demanden. Pero al hacer esto el cliente sabe que obtiene una rentabilidad a la vez que asume un cierto riesgo, el de perder todo o parte de su dinero.

FINANCIACIÓN DEL ESTADO.

Todos los gobernantes de la edad antigua, así como de la edad media y moderna, han necesitado siempre financiar de alguna manera sus políticas. Pues por lo general sus proyectos siempre han sido deficitarios, es decir, siempre han superado los ingresos que dichos gobiernos eran capaces de generar vía impuestos y tributos a sus súbditos o ciudadanos.

Y muchos han sido los banqueros que han apoyado a monarcas y gobernantes a lo largo de la historia, proporcionando los recursos necesarios a los mismos con que pagar sus campañas de guerra o sus proyectos imperiales.

A veces, los Reyes devolvían los préstamos con la concesión de recaudar tributos en una zona geográfica determinada durante un determinado plazo de tiempo, hasta reponer el principal y los intereses del préstamo. En ocasiones nunca se devolvía el préstamo, pues el monarca o gobierno perdía una guerra o era derrocado por otro nuevo gobernante, que no se hacía cargo de las deudas del anterior.

El caso es que pronto vieron los gobernantes que tenían en los banqueros una buena fuente de recursos, con el dinero que éstos ostentaban en depósito de sus clientes. Utilizaban estos soberanos los mismos argumentos falaces de la ley estadística de los grandes números, y de la naturaleza fungible del dinero, que a veces habían utilizado los propios banqueros en sus apropiaciones indebidas, para justificar ahora el expropiar el dinero de estos banqueros en nombre de sus proyectos imperiales.

Y ahí nació muchas veces la justificación legal a que el banquero no tuviese que cumplir “estrictamente” con el contrato de depósito, como cualquier otro depositario hubiese debido hacerlo. Con el devenir de los años, como vamos a ver a continuación, esta es la razón de fondo de las actuales legislaciones que regulan la actividad bancaria con reserva fraccionaria.

LA LEY DE PEEL.

Tras distintos avatares históricos donde muchos bancos habían quebrado al no conservar siempre sus depósitos, y existiendo corrientes doctrinales enfrentadas sobre la necesidad de que los Bancos mantuviesen de manera continua el cien por cien del dinero recibido en depósito, se planteaba esta cuestión en el Parlamento inglés en la década de los años cuarenta del s. XIX. Y siendo Robert Peel el Primer Ministro de Reino Unido se aprobó en 1844 la Ley de Banca, conocida después como Ley de Peel, que obliga a las entidades bancarias a conservar en oro un coeficiente de caja del 100 % del dinero recibido.

Sin embargo esta Ley se refería en su texto a la obligación para las instituciones bancarias de conservar un coeficiente del 100 % de los billetes de banco o papel moneda, pero no de los depósitos. Cuándo un cliente entregaba dinero en efectivo, es decir, monedas de oro o plata, a un banquero, este le entregaba como justificante del depósito de dichas monedas unos billetes “al portador” que además de recibo del depósito podían servir a su tenedor para pagar deudas e impuestos (función de giro). Es decir, todo billete en manos de un ciudadano estaba respaldado por una cantidad de oro, de importe similar al valor nominal del billete, y depositado en el banco que había emitido dicho billete. Por lo que en cualquier momento podía acudir el tenedor de dicho billete a ese banco y convertir su papel por las monedas de oro o plata equivalentes.

Pero esto eran depósitos “a la vista”. Sin embargo, como decimos, la Ley de Peel no impuso la necesidad a los Bancos de conservar el 100 % del coeficiente de caja para el dinero de los depósitos a plazo. Así, si un ciudadano depositaba su dinero a un plazo de, por ejemplo, un año, el Banco estaba por supuesto obligado a devolver el dinero en el vencimiento pactado, pero no tenía obligación legal de custodiar en caja el 100 % del dinero recibido en tal concepto.

Este hecho histórico marcó el principio de la aceptación legal de la moderna Banca con Reserva Fraccionaria, pues este modelo legislativo se fue extendiendo y aceptando por el resto de países.

COEFICIENTE DE CAJA.

Llamamos “coeficiente de caja” o “coeficiente de reserva” a porcentaje que el banco debe conservar del dinero depositado. Así, si debe mantener 50 euros de cada 100 que recibe en depósito, decimos que trabaja con un coeficiente de caja del 50%.

Por supuesto, la posibilidad de utilizar una parte del dinero de los depósitos en beneficio propio multiplica exponencialmente los beneficios del Banco, y es que le permite hacer inversiones con un capital muy superior al que ostentaría solo con sus fondos propios, o con los fondos recibidos en concepto de préstamo de sus clientes (mediante la emisión de bonos, acciones o cualesquiera otros títulos mercantiles de financiación). A la vez de que dicho capital ficticio lo utiliza con un precio de financiación muy bajo. Esta es la razón de que, cuanto menor sea el coeficiente de caja, mayores serán los beneficios del Banco.

Los Estados y Gobiernos que legislaban para sus Bancos un coeficiente de caja inferior al 100 % podían financiarse acudiendo a la parte de recursos que dicho Banco podía destinar a la inversión sin necesidad de custodiar, siendo ello un gran incentivo para que se extendiese por todo Occidente el coeficiente de Reserva Fraccionaria.

Los teóricos defensores de este modelo de banca fraccionaria se apoyan de nuevo en la teoría estadística de los grandes números, que afirma que es muy poco probable que todos los clientes acudan el mismo día y a la misma hora a retirar sus depósitos, por lo que ello permite a los banqueros utilizar al menos una parte de los mismos, pues hay pocas probabilidades estadísticas de que tengan que devolver todo el dinero a la vez. Es más, el no hacerlo así es criticado por algunos autores como un delito contra la economía, pues crea recursos ociosos que podrían estar empleados en algún otro negocio.

Sin embargo que algo sea poco probable no significa que sea improbable. Ante hechos catastróficos, una guerra o una crisis económica, puede ser lógico que todos los clientes se dirijan a retirar sus fondos, y en ese momento el Banco que ha operado con reserva fraccionaria está por supuesto en quiebra, se tendrá que declarar en Bancarrota.

Además de que, como ya expusimos antes en este ensayo, los banqueros realizan una apropiación indebida de los fondos de sus clientes durante el tiempo que operan con reserva fraccionaria, pues las más de las veces no les fue entregado el dinero por sus clientes para la inversión sino para la custodia.

 

INICIO DEL FIN DEL PATRÓN ORO.

Junto al coeficiente de caja, existía antiguamente otro mecanismo que impedía las expansiones monetarias: El Patrón Oro.

Como hemos visto, aún después de la Ley de Peel todos los billetes que circulaban en la economía eran redimibles por una cantidad en oro equivalente a su valor facial.Así, en el s. XIX los Bancos y los Gobiernos estaban atados por el coeficiente de caja del cien por cien, y por el Patrón Oro.

Pero los Gobiernos requerían para sus planes de mayor financiación, que vía impuestos actuales no podían pagar, y los Bancos obtenían grandes beneficios con las expansiones monetarias.

El dinero representa como dijimos la riqueza y el valor que cada persona ha logrado obtener en su trabajo o en su negocio. O bien que ha heredado del trabajo, empresa y esfuerzo de sus antepasados. Y cada vez que un banquero utiliza sin consentimiento y para sus propios fines dicho dinero entregado en depósito, el depositante está siendo víctima de un delito contra su patrimonio, donde terceras personas están utilizando ilegítimamente su dinero, a riesgo de que esta persona lo pierda.

Por supuesto, si el cliente del banco deposita su oro o su plata y se le entregan unos billetes a cambio, sobre el valor del oro depositado, y posteriormente se devalúa el valor de estos mismos billetes con la consecuencia de que cuándo acuda a retirarlos no se le devolverá la misma cantidad de oro que depositó al inicio, estamos igualmente ante un robo en toda regla de una parte de su dinero. Esto es lo que hacen los gobiernos cuándo, ante la imposibilidad de devolver sus deudas, ordenan la emisión de nuevo dinero para pagar, disminuyendo el valor real del dinero. Esto es un impago vía deflación.

Lo que hicieron por tanto con el devenir de los años los Gobiernos, permitiendo a los Bancos el coeficiente de reserva fraccionaria y la abolición del patrón oro, fue robar el oro y la plata de los ciudadanos.

LA ISLA DE JEKYLL.

Desde el s. XVII hasta el s. XIX todos los países fueron creando Bancos Centrales. A través de los mismos, los Reyes y Gobiernos mantenían una uniformidad de los billetes en circulación, es decir, intentaban que solo hubiese un dinero legal y formalmente válido, para poder controlar el mismo. El fin último de este sistema no era otro que poder controlar la cantidad y calidad del dinero en circulación, para financiar sus intereses.

En Estados Unidos, tierra de la libertad, llegado el s. XX y a pesar de varios intentos en su favor por parte de algunos miembros del Congreso, no había fraguado ningún Banco Central. Esto salvaba los intereses de los ciudadanos, pues conservaban aún la propiedad de su oro y de su dinero. Pero por supuesto impedía a los Bancos estadounidenses obtener los beneficios extraordinarios que sus competidores extranjeros obtenían en las expansiones crediticias. Impidiendo también al Gobierno estadounidense financiar la totalidad de sus ideas y planes burocráticos.

Sin embargo, en 1910 se reunieron en secreto los principales banqueros de Estados Unidos en la Isla de Jekyll, junto con varios miembros del Congreso y del Gobierno estadounidense, para diseñar un sistema de Banca Central, denominado sistema de Reserva Federal (FED) que entraría en funcionamiento en 1913.

La FED asumía desde entonces la totalidad de las reservas de oro de sus asociados, y emitía billetes sobre dichas reservas a los bancos federales, estandarizándose la moneda de todos los grandes bancos federales. Los bancos federales podían entonces ofrecer dichos billetes a cambio de depósitos a sus clientes. Y después rentabilizar los depósitos ofreciéndolos como préstamos a los bancos de cada Estado. Desde su inicio, la FED emitió más billetes que reservas tenía, creando por tanto un sistema de pirámide invertida que inyectaba en el sistema una expansión monetaria en toda regla. En el siguiente escalón los bancos federales no tenían tampoco una paridad definida en su actuación, respecto de los billetes recibidos, creándose una segunda inyección de expansión monetaria (por los mismos billetes podían captar más o menos depósitos). Finalmente los Bancos de cada Estado terminaban creando una tercera inyección de expansión monetaria al volver a ofrecer crédito sin una paridad definida sobre los billetes recibidos que servían como contrapartida. Esta expansión monetaria sin precedentes fue el verdadero origen años más tarde de la conocida como “Gran Depresión”.

PATRÓN CAMBIO DE ORO.

El Patrón Oro que vinculaba a todas las monedas nacionales seguía suponiendo un estrecho corsé al apalancamiento de los Bancos y por ende al endeudamiento de los Estados. Y estos fueron buscando maneras de liberarse de dicho corsé que los oprimía.

Así, en la Conferencia de Génova de 1922 se alcanzó un acuerdo para abandonar el tradicional Patrón Oro, por el cuál todas las monedas eran convertibles en oro, sustituyéndose por el Patrón Cambio de Oro, en el que solo el dólar y la libra esterlina eran directamente convertibles en oro, quedando el resto de monedas con una relación de cambio con la libra esterlina o el dólar. El gran inspirador intelectual de este nuevo sistema de cambio fue John M. Keynes.

Esto permitía a los gobiernos de los distintos países devaluar sus monedas, realizando expansiones monetarias donde al aumentar la cantidad de moneda convertible en circulación podían aumentar su nivel de deuda, al precio de hacer crecer el ratio de cambio de su moneda frente al dólar o la libra (con el consecuente efecto inflacionario en su economía interna). Devaluando su divisa frente a las monedas que sí tenían correspondencia directa con el oro. Pudiendo así cada Gobierno realizar expansiones monetarias para financiar su deuda pública, a costa de expropiar riqueza a sus ciudadanos.

En aquel momento, la mayor parte del oro o de la plata estaba depositada por los ciudadanos en los bancos, que a su vez llevaban sus depósitos a los bancos centrales a cambio de billetes (incluso en algunos países como Estados Unidos se había ordenado previamente por ley que los ciudadanos no podían mercadear con oro, solo con billetes, y no podían tener oro para uso privado sin justificación). Así los gobiernos de Inglaterra, a través de su Banco Central, y de Estados Unidos, a través de la FED, devaluaban a conveniencia sus propias monedas rebajando la proporción de oro que correspondía a cada billete. A esto hay que añadir que la moneda más importante, el Dólar, ya había sufrido una importante devaluación a través de la macroexpansión monetaria que puso en marcha tras su  constitución la FED.

 

BRETTON WOODS

Como ya hemos dicho, esta expansión monetaria internacional sin precedentes originó la Gran Depresión, así como distintos ciclos de auge y crisis en los años posteriores en todo el mundo. Tras las segunda guerra mundial los gobiernos de las grandes naciones volvieron a reunirse en 1944 en la conferencia de Bretton Woods, que iluminada de nuevo por Keynes y buscando seguir flexibilizando las monedas para dar lugar a más deuda pública y a mayores expansiones crediticias bancarias, se decidió que solo el Dólar serían convertible en oro, siendo el resto de divisas a su vez convertibles en dólares.

 

LA DESAPARICIÓN DEFINITIVA DEL DINERO REAL. EL FIN DEL PATRÓN ORO.

Como ya sabemos, después de los acuerdos de Bretton Woods la economía internacional siguió sufriendo importantes ciclos de auge y recesión, efecto sin duda de las sucesivas expansiones monetarias. Se calcula que a día de hoy un dólar vale un 95 % menos en términos de oro de lo que valía a finales del s. XIX.

Puesto que los Gobiernos y los Bancos no estaban dispuestos a dar marcha atrás a sus planes expansivos, alegando el coste económico que ello supondría, finalmente el 15 de agosto de 1971 el Presidente Richad M. Nixon decreto que el Dólar dejaba de ser convertible en oro. Por lo que el expolio ya estaba totalmente finalizado.

LA MODERNA RESERVA FRACCIONARIA.

Y dado que de las crisis económicas originadas por expansiones crediticias solo se puede salir a través de una profunda recesión que sirva como período de reajuste, o bien alargar los ciclos con nuevas expansiones, una vez finalizado el patrón oro la nueva herramienta de los Gobiernos y los Bancos Centrales ha sido ir disminuyendo el coeficiente de caja para seguir expandiendo la base monetaria.

Ha día de hoy el coeficiente de caja exigido a los Bancos en la Zona Euro es del 2 % para los depósitos a menos de dos años, y del 0 % para pasivos de más largo plazo. Es decir, el banco puede utilizar el 98 % del dinero recibido en depósito.

En Estados Unidos el coeficiente es del 10 % para depósitos a la vista, y del 0 % para depósitos a plazo.

CONCLUSIÓN.

Con el devenir de los años, el sistema bancario ha cambiado la riqueza real de todos los ciudadanos, representada por oro y plata, por un dinero fiduciario sin garantía alguna. Con la ayuda por supuesto de los Gobiernos, siempre en busca de un mayor nivel de gasto y una mayor presencia y poder de control sobre el mercado y los ciudadanos.

Corrupción. No se puede apagar el fuego con gasolina.

Una nueva trama de corrupción política, con miembros de varios partidos políticos imputados, ha saltado a los informativos en las últimas semanas. Por desgracia, no es un hecho aislado, sino que se trata del enésimo caso de corrupción pública que vivimos en España en las últimas décadas. Corrupción que se extiende por todos los partidos políticos, organizaciones sindicales e instituciones públicas como las Cajas de Ahorros. En general, todo lo público se ve afectado por esta lacra.

Es lógico desde luego que la mayor parte de la población se sienta molesta con esta situación y muestre su total indignación ante tamaña desfachatez de los cargos públicos. Pero mientras que muchos ciudadanos creen que el cambio solamente puede venir por el lado de un nuevo partido político o institución pública democrática, sin darse cuenta de que ello sería combatir el incendio con más gasolina, el objetivo de este artículo será mostrar de manera analítica, sencilla y breve, y a través de diversas corrientes de pensamiento jurídico, económico y social, cómo la solución es todo lo contrario, es decir, reducir la importancia de las instituciones públicas en nuestra vida.

juan de marianaEn el s. XVI el jurista, historiador y filósofo religioso Juan de Mariana escribía De rege et regis institutione (Toledo, 1599) y ponía de manifiesto que el poder corrompe, y que el buen gobierno o el buen monarca deben ostentar el menor poder posible, y estar sometidos a la ley de la misma manera que el resto de los súbditos, legitimando incluso el “tiranicidio”, esto es, el derrocamiento y asesinato por el pueblo de aquellos gobernantes corruptos que actuasen como tiranos. Esto respondía sin duda a las situaciones de corrupción y despotismo político que el Padre Juan de Mariana había estudiado en la historia universal, y que vivió en su época en primera persona. “No son del rey los bienes de sus vasallos” decía este jesuita, indicando que es absolutamente inmoral que el gobernante pueda legislar y disponer sobre bienes privados, o extraer la riqueza de sus súbditos mediante impuestos o tributos.

Más adelante en el tiempo, en los Estados Unidos de América y allá por 1932, la famosa obra de Berle y Means enuncia la denominada Teoría de la Agencia, en su ensayo The Modern Corporation and Private Property (New York, 1960, 2ª edición) donde estudiando la separación entre accionistas y directivos en las grandes corporaciones que en la primera parte del siglo XX se habían desarrollado en norteamérica exponen el problema de la divergencia de intereses que se pueden dar entre el Agente delagado por los propietarios de una empresa para gestionarla, y los intereses del mandante o principal, es decir, los propietarios o accionistas de la firma, que además tienden a ser miles o millones (pensemos en las grandes empresas actuales) y por tanto tienen un difícil control sobre dichos agentes o directivos. El caso de los cargos públicos es un ejemplo paradigmático de los problemas y riesgos morales de la teoría de la agencia: los políticos electos representan los intereses de los ciudadanos, pero la real propiedad de los bienes públicos está tan difuminada (por ejemplo, más de cuarenta millones de personas en España) que resulta complejo y costoso fiscalizar adecuadamente la actuación de los mismos. Así, cuándo un senador, alcalde o Presidente llegan al poder, se encuentra muy libre de sus miles o millones de electores, y tendrá incentivos para buscar su interés particular en detrimento del interés público (riesgo moral).

publicFinalmente, la Escuela de la Elección Pública (Public Choice Theory) que debemos principalmente al jurista, economista y politólogo James M. Buchanan (premio Novel 1986) constata a través del análisis económico el hecho de que los políticos toman decisiones que no les suponen ningún costo directo, pues el coste se diluye entre todos los ciudadanos, siendo su interés la reelección en cada mandato, por cuanto la combinación de ambos axiomas dará lugar a que gasten indiscriminadamente los recursos públicos con tal de ser reelegidos, sin importar que dicho gasto sea optimo o necesario, sino tan solo que sirva a sus fines personales. Puesto que a través de los lobbys o grupos de poder pueden obtener mayores votos y prebendas que del ciudadano simple, cuyo voto estadísticamente no tiene apenas influencia, tenderán a extraer recursos de los ciudadanos para favorecer grupos de presión, y realizar obras públicas demagógicas para obtener votos en cada reelección.

Recientemente, a mediados del año 2012, el matemático y economista Cesar Molinas enunciaba en un artículo su Teoría de las Elites Extractivas, que viene a conjugar todo lo aquí dicho, y que resulta de extremado interés estudiar. La clase política se profesionaliza y se convierte en una minoría parasitaria que extrae la riqueza del pueblo que los elige.

james buchanam¿De verdad puede creer alguien que la solución es más política, o un nuevo partido político? Desde luego, el riesgo moral es atribuible a cualquier político y gobernante, sea del color que sea, pues como pone de manifiesto la teoría aquí analizada, así como la realidad histórica, siempre existirán incentivos para la corrupción (tiranicidio; búsqueda de intereses personales frente al interés público) y las instituciones públicas siempre servirán de resguardo a las elites extractivas y tendrán como motor la reelección, sin asumir el coste directo de los medios utilizados para ello.

En definitiva, y como ya decía al principio, intentar cambiar el sistema con más política es como intentar apagar un fuego echando gasolina. Lo lógico sería todo lo contrario, apagar el fuego con agua. Es decir, acabar con la corrupción con menos política.

Menos política significa menos peso de lo público sobre lo privado, menos relevancia de las instituciones en la vida de los ciudadanos. Así, un Estado mínimo, que se limite a administrar las labores de Justicia, Defensa, Educación, Sanidad y Seguridad interior o Policía, necesitaría muchos menos senadores, diputados, alcaldes, delegados públicos, funcionarios y en definitiva una décima parte de estructura pública que la actual.

Esta teoría política es conocida como Minarquismo, y es el modelo acogido por países como Suiza. No escapará a la lógica de nadie que cuánto menos poder político y económico detenten los cargos públicos, menor tenderá a ser la posible corrupción de los mismos. En contrapartida, menor Estado supone mayor Libertad del individuo, mayor poder de movimiento sin impuestos económicos o agobiante normativa administrativa, y por tanto mayor desarrollo social y económico. Los países con menor intervencionismo tienden a ser los más desarrollados. Estas tesis jurídico-políticas han sido profundamente estudiadas por Mises, Hayeck, Rothard y Hoppe, entre otros, poniendo de manifiesto todo lo aquí dicho.

En fin, que si los ciudadanos aspiramos a que no nos sigan tomando el pelo, lo que necesitamos es menos estructura pública, menos peso político, y mayor libertad.

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