Economía: Teoría e Historia

La economía, como ciencia de la acción humana, se divide en Teoría e Historia. Al igual que la diferencia filosófica enunciada por Aristóteles entre forma y materia, la Teoría sería el estudio de la forma mientras que la Historia constituye el estudio de la materia, y debemos afirmar que no puede entenderse la materia y entender primero la forma.

La Teoría Económica es el estudio formal de los procesos de interacción humana, es decir, de cómo la acción individual de todos los agentes que intervienen en un mercado libre se coordina de manera espontánea para lograr satisfacer las distintas necesidades que persigue en su actuación uno de ellos. Se trata de un estudio abstracto, esto es, que se abstrae de los hechos para sacar conclusiones generales.  Que la Teoría Económica sea un estudio generalista significa que no se ocupa de casos particulares, sino que aspira a explicar la generalidad de la realidad económica. Este estudio formal, abstracto y generalista de la economía no es cuantitativo, pues no se ocupa de medir o cuantificar datos, sino que se trata de un estudiocualitativo, es decir, sobre relaciones cualitativas entre las variables económicas. Y es que en las ciencias sociales no existen constantes, como si sucede en las ciencias naturales, sino que todo son variables.

ball-93117_640

Sin embargo la Historia Económica constituye un estudio sistemático de la acción humana acaecida a lo largo del tiempo pasado, es decir, de los hechos económicos históricos. Ello significa que la Historia Económica como ciencia supone crear un sistema es estudio de todos los hechos pasados y registrados por el hombre.

La relación entre Teoría e Historia es la de que no puede analizarse la Historia sin una correcta Teoría. No se puede hacer Historia sin Teoría. Y es que si intentamos analizar los hechos históricos sin una Teoría adecuada, no seremos capaces de obtener conclusión alguna que tenga sentido. Si utilizamos una Teoría poco sólida, o errónea, llegaremos por supuesto a conclusiones erróneas.

El puente entre la Teoría Económica y la Historia Económica es la comprensión del historiador, el arte del investigador económico al realizar su análisis. Por ello dos historiadores que analicen los mismos hechos con la misma teoría pueden llegar a conclusiones distintas, pues el análisis de la historia económica es un arte, y no una técnica con automatismos.

La Economía Aplicada, o Economía Política es la suma de la Teoría Económica y la Historia Económica: El economista desarrolla en primer lugar la teoría correcta, deduciendo a partir de los axiomas adecuados, para obtener una Teoría general que le permita analizar los hechos. En segundo lugar estudia la Historia a la luz de dicha Teoría, y realizando su análisis extrae sus conclusiones. Estas conclusiones le permiten mejorar y desarrollar su teoría, reforzando la misma.

historia

Pero lo que es imposible es destilar Teoría de la Historia. Este es el gran error de la Escuela Histórica Alemana y del Historicismo. No cabe la posibilidad de utilizar la Historia para generar Teoría.

Para ejemplificar todo lo expuesto, pensemos en el fracaso del comunismo en Berlín oriental, donde la gente pasaba hambre y miseria, e intentaba saltar el Muro para huir del comunismo. Si abordamos estos hechos históricos sin una correcta teoría económica, podremos llegar a conclusiones variadas, por ejemplo podremos pensar en que el gobierno comunista se corrompió y ella fue la razón de sus males. Sin embargo, cuándo analizamos estos hechos históricos con la correcta teoría económica, el historiador concluirá que la centralización de los medios de producción y la estatalización de las decisiones económicas conllevó la utilización poco óptima de los escasos recursos económicos, generando un desabastecimiento generalizado de alimentos y productos para el pueblo.

Vía | Curso de Economía del Profesor Jesús Huerta de Soto.

Más Información | Economía Política  Mises: Teoría e Historia 

Imágenes | Pixabay   Artelista

El sistema bancario moderno. Historia de la conversión del oro en dinero fiduciario.

DEPÓSITOS BANCARIOS.

El contrato de depósito, desde el antiguo derecho romano, es aquél por el que una de las partes, denominado depositante, entrega un bien a la otra parte, el depositario, obligándose esta última a guardarla y restituirla en el futuro al depositante.

El dinero es una de las instituciones más importantes de una sociedad avanzada, puesto que permite ejercer el cambio indirecto, frente al trueque de la sociedad primitiva. Así, el dinero sirve como medio de intercambio, y como medio de conservación del valor en el tiempo, además de su funcionalidad como unidad de cuenta.

Y por esta importancia, desde antiguo surgieron instituciones dedicadas a custodiar depósitos de dinero para aquellas personas que habían generado valor en su trabajo o en su negocio, y deseaban conservar una parte del mismo, sus ahorros, para un consumo o inversión futura. En la antigua Babilonia, o en la Grecia clásica, eran los templos religiosos los que ofrecían a los ciudadanos el servicio de depósito de dinero. Más tarde, mercaderes u orfebres se especializarían en ofrecer estos servicios.

OBLIGACIONES DEL DEPOSITARIO.

Por supuesto, durante toda la Historia de la humanidad el depositario (Banco) mantenía la obligación de custodiar el cien por cien del importe depositado. Puesto que el contrato de depósito tiene como finalidad la custodia del bien entregado por el depositante.

No ha de ser necesariamente el mismo dinero entregado, sino el “tantundem”. Es decir, el depositario cumple entregando un bien del mismo importe, especie, género y calidad. Porque el dinero es un bien fungible. No es un bien específico, como lo pueda ser una obra de arte. Si se entrega en depósito “El Quitasol” de Goya, el depositario solo cumple su obligación contractual devolviendo este mismo cuadro, no existe otra posibilidad física de cumplir. Pero si se entrega un kilo de sal (bien fungible) en depósito, el depositario cumplirá devolviendo un kilo de sal, sin que tenga que ser físicamente el mismo grano a grano. Y ello porque los bienes fungibles como la sal, el aceite o el trigo son bienes de características muy genéricas, lo que permite su intercambio en un almacén sin alterar los mismos. Y el dinero es un bien fungible.

Sin embargo, que el depósito bancario sea un bien fungible no significa que el depositario no deba cumplir con su obligación de custodiar íntegramente el bien entregado en depósito, por supuesto. Un banquero podrá recibir dinero en forma de monedas o billetes similares de cien clientes distintos, y mantener su totalidad guardada en la misma caja fuerte, cumpliendo con su obligación al devolver el número de monedas exacto que cada depositante le haya entregado, aunque no sean exactamente las mismas monedas o billetes. Pero mientras que están en vigor los contratos deberá custodiar íntegramente el cien por cien de todas y cada una de las monedas. Si un banquero utilizase una parte de estas monedas, que recibió en custodia, estaría cometiendo un delito patrimonial, pues estaría apropiándose indebidamente de algo que no es suyo.

BANCARROTA.

A lo largo de la historia son múltiples los banqueros que han caído en la tentación de utilizar de forma indebida el dinero recibido en depósito en su propio beneficio. Si han recibido un número importante de depósitos, y creen que sus depositarios no van a reclamar a corto plazo su devolución, utilizan el dinero para realizar inversiones en nombre propio, creyendo que basta con tener solo una parte de dicho dinero disponible por si alguien viene y reclama una devolución.

Parten de suponer que no todo el mundo va a venir en el mismo momento a retirar su depósito, por lo que será difícil que se descubra su delito. Se apoyan en ley estadística de los grandes números. Además, como estamos ante bienes fungibles y el depositante cumplirá devolviendo una cantidad determinada de monedas o billetes, y no exactamente los mismos depositados, la propia naturaleza fungible del bien objeto de depósito ayuda a reforzar el planteamiento fraudulento.

Pero por supuesto saben que están delinquiendo, pues es necesario repetir que el depósito no traslada la posesión ni la propiedad, sino la mera tenencia de la cosa, con obligación de custodia.

Desde luego, si tienen 100 monedas en depósito, y utilizan 50 monedas incumpliendo el contrato de depósito, estarán en bancarrota en cuánto los legítimos propietarios de 51 monedas exijan la retirada de sus depósitos.

Y como decimos son múltiples los ejemplos históricos de banqueros y Bancos que se han declarado en bancarrota por no tener el dinero cuándo sus clientes le han solicitado la devolución de los depósitos. El profesor Jesús Huerta de Soto cita varios de ellos, acaecidos en la antigua Grecia, durante el imperio Romano o en la Edad Media en su libro “Dinero, Crédito Bancario y Ciclos Económicos”.

Desde la antigüedad los banqueros utilizaban un Trapeza o banco para salir a la calle, en los mercados y zonas comerciales, ofreciendo sus servicios de depósito y custodia a los ciudadanos. De ahí deriva su nombre. Y cuándo un banquero se veía en apuros para devolver el dinero a sus clientes, se le rompía la banca en público, contra el suelo o incluso contra su cabeza, derivando de aquí el término de bancarrota.

En la Barcelona de la baja edad media, al igual que en otros momentos y legislaciones, el Código legal exigía que se le cortase la cabeza al banquero quebrado y se clavase dicha cabeza en la plaza o mercado, permaneciendo a la vista de todo el mundo durante unos días para ejemplificar el delito cometido y persuadir a los otros banqueros de que cuidasen con diligencia los depósitos recibidos. Tal era la gravedad que se daba al delito de bancarrota, pues se entendía que el bien jurídico lesionado con la apropiación indebida del banquero, esto es, la legítima propiedad del dinero, así como la seguridad jurídica y económica del sistema, revestía la máxima importancia.

COMISIONES O INTERESES

Aunque nuestro Código Civil recoge la tradición jurídica de presumir el contrato de depósito como gratuito, a nadie escapa que sería extraño que un empresario esté dispuesto a custodiar de manera gratuita el dinero de sus clientes, sino que la lógica empresarial exige que el banquero cobre una comisión o precio por sus servicios. Por ello, una primera señal de que no se cumplía con garantía la misión del depositante es que un banquero realizase su trabajo de manera gratuita, o incluso que estuviese dispuesto a pagar una pequeña cantidad o comisión a sus clientes depositantes. Desde luego, si guardaba el dinero gratis o pagaba por guardar dinero era muy probable que a espaldas de los clientes utilizase dicho dinero en otros negocios que le reportasen ganancias.

Si bien es cierto que podemos encontrar muchos casos de Bancos y banqueros que han incurrido en bancarrota a lo largo de la historia, desde los escritos griegos y romanos hasta nuestra más reciente historia, también han existido ejemplos como el del Banco de Amsterdan, que fundado en el año 1609 mantuvo el 100 % de los depósitos entregados por sus clientes durante más de 150 años. Ello lo hizo brillar como el Banco más solvente y de mayor prestigio de su época. Sus beneficios nunca fueron tan extraordinarios como los de otros bancos aquellos años, pues se limitaba a cobrar una pequeña comisión de depósito por sus servicios, así como comisiones por otros servicios añadidos como el cambio de moneda o la emisión de billetes y cheques, pero aseguraba de forma plena los intereses de sus clientes.

Y es que si un cliente desea obtener un beneficio de sus ahorros, tendrá que entregar al Banco el dinero en préstamo, exigiendo un interés del mismo, que el Banco le pagará dado que después podrá prestar a su vez ese dinero a clientes que lo demanden. Pero al hacer esto el cliente sabe que obtiene una rentabilidad a la vez que asume un cierto riesgo, el de perder todo o parte de su dinero.

FINANCIACIÓN DEL ESTADO.

Todos los gobernantes de la edad antigua, así como de la edad media y moderna, han necesitado siempre financiar de alguna manera sus políticas. Pues por lo general sus proyectos siempre han sido deficitarios, es decir, siempre han superado los ingresos que dichos gobiernos eran capaces de generar vía impuestos y tributos a sus súbditos o ciudadanos.

Y muchos han sido los banqueros que han apoyado a monarcas y gobernantes a lo largo de la historia, proporcionando los recursos necesarios a los mismos con que pagar sus campañas de guerra o sus proyectos imperiales.

A veces, los Reyes devolvían los préstamos con la concesión de recaudar tributos en una zona geográfica determinada durante un determinado plazo de tiempo, hasta reponer el principal y los intereses del préstamo. En ocasiones nunca se devolvía el préstamo, pues el monarca o gobierno perdía una guerra o era derrocado por otro nuevo gobernante, que no se hacía cargo de las deudas del anterior.

El caso es que pronto vieron los gobernantes que tenían en los banqueros una buena fuente de recursos, con el dinero que éstos ostentaban en depósito de sus clientes. Utilizaban estos soberanos los mismos argumentos falaces de la ley estadística de los grandes números, y de la naturaleza fungible del dinero, que a veces habían utilizado los propios banqueros en sus apropiaciones indebidas, para justificar ahora el expropiar el dinero de estos banqueros en nombre de sus proyectos imperiales.

Y ahí nació muchas veces la justificación legal a que el banquero no tuviese que cumplir “estrictamente” con el contrato de depósito, como cualquier otro depositario hubiese debido hacerlo. Con el devenir de los años, como vamos a ver a continuación, esta es la razón de fondo de las actuales legislaciones que regulan la actividad bancaria con reserva fraccionaria.

LA LEY DE PEEL.

Tras distintos avatares históricos donde muchos bancos habían quebrado al no conservar siempre sus depósitos, y existiendo corrientes doctrinales enfrentadas sobre la necesidad de que los Bancos mantuviesen de manera continua el cien por cien del dinero recibido en depósito, se planteaba esta cuestión en el Parlamento inglés en la década de los años cuarenta del s. XIX. Y siendo Robert Peel el Primer Ministro de Reino Unido se aprobó en 1844 la Ley de Banca, conocida después como Ley de Peel, que obliga a las entidades bancarias a conservar en oro un coeficiente de caja del 100 % del dinero recibido.

Sin embargo esta Ley se refería en su texto a la obligación para las instituciones bancarias de conservar un coeficiente del 100 % de los billetes de banco o papel moneda, pero no de los depósitos. Cuándo un cliente entregaba dinero en efectivo, es decir, monedas de oro o plata, a un banquero, este le entregaba como justificante del depósito de dichas monedas unos billetes “al portador” que además de recibo del depósito podían servir a su tenedor para pagar deudas e impuestos (función de giro). Es decir, todo billete en manos de un ciudadano estaba respaldado por una cantidad de oro, de importe similar al valor nominal del billete, y depositado en el banco que había emitido dicho billete. Por lo que en cualquier momento podía acudir el tenedor de dicho billete a ese banco y convertir su papel por las monedas de oro o plata equivalentes.

Pero esto eran depósitos “a la vista”. Sin embargo, como decimos, la Ley de Peel no impuso la necesidad a los Bancos de conservar el 100 % del coeficiente de caja para el dinero de los depósitos a plazo. Así, si un ciudadano depositaba su dinero a un plazo de, por ejemplo, un año, el Banco estaba por supuesto obligado a devolver el dinero en el vencimiento pactado, pero no tenía obligación legal de custodiar en caja el 100 % del dinero recibido en tal concepto.

Este hecho histórico marcó el principio de la aceptación legal de la moderna Banca con Reserva Fraccionaria, pues este modelo legislativo se fue extendiendo y aceptando por el resto de países.

COEFICIENTE DE CAJA.

Llamamos “coeficiente de caja” o “coeficiente de reserva” a porcentaje que el banco debe conservar del dinero depositado. Así, si debe mantener 50 euros de cada 100 que recibe en depósito, decimos que trabaja con un coeficiente de caja del 50%.

Por supuesto, la posibilidad de utilizar una parte del dinero de los depósitos en beneficio propio multiplica exponencialmente los beneficios del Banco, y es que le permite hacer inversiones con un capital muy superior al que ostentaría solo con sus fondos propios, o con los fondos recibidos en concepto de préstamo de sus clientes (mediante la emisión de bonos, acciones o cualesquiera otros títulos mercantiles de financiación). A la vez de que dicho capital ficticio lo utiliza con un precio de financiación muy bajo. Esta es la razón de que, cuanto menor sea el coeficiente de caja, mayores serán los beneficios del Banco.

Los Estados y Gobiernos que legislaban para sus Bancos un coeficiente de caja inferior al 100 % podían financiarse acudiendo a la parte de recursos que dicho Banco podía destinar a la inversión sin necesidad de custodiar, siendo ello un gran incentivo para que se extendiese por todo Occidente el coeficiente de Reserva Fraccionaria.

Los teóricos defensores de este modelo de banca fraccionaria se apoyan de nuevo en la teoría estadística de los grandes números, que afirma que es muy poco probable que todos los clientes acudan el mismo día y a la misma hora a retirar sus depósitos, por lo que ello permite a los banqueros utilizar al menos una parte de los mismos, pues hay pocas probabilidades estadísticas de que tengan que devolver todo el dinero a la vez. Es más, el no hacerlo así es criticado por algunos autores como un delito contra la economía, pues crea recursos ociosos que podrían estar empleados en algún otro negocio.

Sin embargo que algo sea poco probable no significa que sea improbable. Ante hechos catastróficos, una guerra o una crisis económica, puede ser lógico que todos los clientes se dirijan a retirar sus fondos, y en ese momento el Banco que ha operado con reserva fraccionaria está por supuesto en quiebra, se tendrá que declarar en Bancarrota.

Además de que, como ya expusimos antes en este ensayo, los banqueros realizan una apropiación indebida de los fondos de sus clientes durante el tiempo que operan con reserva fraccionaria, pues las más de las veces no les fue entregado el dinero por sus clientes para la inversión sino para la custodia.

 

INICIO DEL FIN DEL PATRÓN ORO.

Junto al coeficiente de caja, existía antiguamente otro mecanismo que impedía las expansiones monetarias: El Patrón Oro.

Como hemos visto, aún después de la Ley de Peel todos los billetes que circulaban en la economía eran redimibles por una cantidad en oro equivalente a su valor facial.Así, en el s. XIX los Bancos y los Gobiernos estaban atados por el coeficiente de caja del cien por cien, y por el Patrón Oro.

Pero los Gobiernos requerían para sus planes de mayor financiación, que vía impuestos actuales no podían pagar, y los Bancos obtenían grandes beneficios con las expansiones monetarias.

El dinero representa como dijimos la riqueza y el valor que cada persona ha logrado obtener en su trabajo o en su negocio. O bien que ha heredado del trabajo, empresa y esfuerzo de sus antepasados. Y cada vez que un banquero utiliza sin consentimiento y para sus propios fines dicho dinero entregado en depósito, el depositante está siendo víctima de un delito contra su patrimonio, donde terceras personas están utilizando ilegítimamente su dinero, a riesgo de que esta persona lo pierda.

Por supuesto, si el cliente del banco deposita su oro o su plata y se le entregan unos billetes a cambio, sobre el valor del oro depositado, y posteriormente se devalúa el valor de estos mismos billetes con la consecuencia de que cuándo acuda a retirarlos no se le devolverá la misma cantidad de oro que depositó al inicio, estamos igualmente ante un robo en toda regla de una parte de su dinero. Esto es lo que hacen los gobiernos cuándo, ante la imposibilidad de devolver sus deudas, ordenan la emisión de nuevo dinero para pagar, disminuyendo el valor real del dinero. Esto es un impago vía deflación.

Lo que hicieron por tanto con el devenir de los años los Gobiernos, permitiendo a los Bancos el coeficiente de reserva fraccionaria y la abolición del patrón oro, fue robar el oro y la plata de los ciudadanos.

LA ISLA DE JEKYLL.

Desde el s. XVII hasta el s. XIX todos los países fueron creando Bancos Centrales. A través de los mismos, los Reyes y Gobiernos mantenían una uniformidad de los billetes en circulación, es decir, intentaban que solo hubiese un dinero legal y formalmente válido, para poder controlar el mismo. El fin último de este sistema no era otro que poder controlar la cantidad y calidad del dinero en circulación, para financiar sus intereses.

En Estados Unidos, tierra de la libertad, llegado el s. XX y a pesar de varios intentos en su favor por parte de algunos miembros del Congreso, no había fraguado ningún Banco Central. Esto salvaba los intereses de los ciudadanos, pues conservaban aún la propiedad de su oro y de su dinero. Pero por supuesto impedía a los Bancos estadounidenses obtener los beneficios extraordinarios que sus competidores extranjeros obtenían en las expansiones crediticias. Impidiendo también al Gobierno estadounidense financiar la totalidad de sus ideas y planes burocráticos.

Sin embargo, en 1910 se reunieron en secreto los principales banqueros de Estados Unidos en la Isla de Jekyll, junto con varios miembros del Congreso y del Gobierno estadounidense, para diseñar un sistema de Banca Central, denominado sistema de Reserva Federal (FED) que entraría en funcionamiento en 1913.

La FED asumía desde entonces la totalidad de las reservas de oro de sus asociados, y emitía billetes sobre dichas reservas a los bancos federales, estandarizándose la moneda de todos los grandes bancos federales. Los bancos federales podían entonces ofrecer dichos billetes a cambio de depósitos a sus clientes. Y después rentabilizar los depósitos ofreciéndolos como préstamos a los bancos de cada Estado. Desde su inicio, la FED emitió más billetes que reservas tenía, creando por tanto un sistema de pirámide invertida que inyectaba en el sistema una expansión monetaria en toda regla. En el siguiente escalón los bancos federales no tenían tampoco una paridad definida en su actuación, respecto de los billetes recibidos, creándose una segunda inyección de expansión monetaria (por los mismos billetes podían captar más o menos depósitos). Finalmente los Bancos de cada Estado terminaban creando una tercera inyección de expansión monetaria al volver a ofrecer crédito sin una paridad definida sobre los billetes recibidos que servían como contrapartida. Esta expansión monetaria sin precedentes fue el verdadero origen años más tarde de la conocida como “Gran Depresión”.

PATRÓN CAMBIO DE ORO.

El Patrón Oro que vinculaba a todas las monedas nacionales seguía suponiendo un estrecho corsé al apalancamiento de los Bancos y por ende al endeudamiento de los Estados. Y estos fueron buscando maneras de liberarse de dicho corsé que los oprimía.

Así, en la Conferencia de Génova de 1922 se alcanzó un acuerdo para abandonar el tradicional Patrón Oro, por el cuál todas las monedas eran convertibles en oro, sustituyéndose por el Patrón Cambio de Oro, en el que solo el dólar y la libra esterlina eran directamente convertibles en oro, quedando el resto de monedas con una relación de cambio con la libra esterlina o el dólar. El gran inspirador intelectual de este nuevo sistema de cambio fue John M. Keynes.

Esto permitía a los gobiernos de los distintos países devaluar sus monedas, realizando expansiones monetarias donde al aumentar la cantidad de moneda convertible en circulación podían aumentar su nivel de deuda, al precio de hacer crecer el ratio de cambio de su moneda frente al dólar o la libra (con el consecuente efecto inflacionario en su economía interna). Devaluando su divisa frente a las monedas que sí tenían correspondencia directa con el oro. Pudiendo así cada Gobierno realizar expansiones monetarias para financiar su deuda pública, a costa de expropiar riqueza a sus ciudadanos.

En aquel momento, la mayor parte del oro o de la plata estaba depositada por los ciudadanos en los bancos, que a su vez llevaban sus depósitos a los bancos centrales a cambio de billetes (incluso en algunos países como Estados Unidos se había ordenado previamente por ley que los ciudadanos no podían mercadear con oro, solo con billetes, y no podían tener oro para uso privado sin justificación). Así los gobiernos de Inglaterra, a través de su Banco Central, y de Estados Unidos, a través de la FED, devaluaban a conveniencia sus propias monedas rebajando la proporción de oro que correspondía a cada billete. A esto hay que añadir que la moneda más importante, el Dólar, ya había sufrido una importante devaluación a través de la macroexpansión monetaria que puso en marcha tras su  constitución la FED.

 

BRETTON WOODS

Como ya hemos dicho, esta expansión monetaria internacional sin precedentes originó la Gran Depresión, así como distintos ciclos de auge y crisis en los años posteriores en todo el mundo. Tras las segunda guerra mundial los gobiernos de las grandes naciones volvieron a reunirse en 1944 en la conferencia de Bretton Woods, que iluminada de nuevo por Keynes y buscando seguir flexibilizando las monedas para dar lugar a más deuda pública y a mayores expansiones crediticias bancarias, se decidió que solo el Dólar serían convertible en oro, siendo el resto de divisas a su vez convertibles en dólares.

 

LA DESAPARICIÓN DEFINITIVA DEL DINERO REAL. EL FIN DEL PATRÓN ORO.

Como ya sabemos, después de los acuerdos de Bretton Woods la economía internacional siguió sufriendo importantes ciclos de auge y recesión, efecto sin duda de las sucesivas expansiones monetarias. Se calcula que a día de hoy un dólar vale un 95 % menos en términos de oro de lo que valía a finales del s. XIX.

Puesto que los Gobiernos y los Bancos no estaban dispuestos a dar marcha atrás a sus planes expansivos, alegando el coste económico que ello supondría, finalmente el 15 de agosto de 1971 el Presidente Richad M. Nixon decreto que el Dólar dejaba de ser convertible en oro. Por lo que el expolio ya estaba totalmente finalizado.

LA MODERNA RESERVA FRACCIONARIA.

Y dado que de las crisis económicas originadas por expansiones crediticias solo se puede salir a través de una profunda recesión que sirva como período de reajuste, o bien alargar los ciclos con nuevas expansiones, una vez finalizado el patrón oro la nueva herramienta de los Gobiernos y los Bancos Centrales ha sido ir disminuyendo el coeficiente de caja para seguir expandiendo la base monetaria.

Ha día de hoy el coeficiente de caja exigido a los Bancos en la Zona Euro es del 2 % para los depósitos a menos de dos años, y del 0 % para pasivos de más largo plazo. Es decir, el banco puede utilizar el 98 % del dinero recibido en depósito.

En Estados Unidos el coeficiente es del 10 % para depósitos a la vista, y del 0 % para depósitos a plazo.

CONCLUSIÓN.

Con el devenir de los años, el sistema bancario ha cambiado la riqueza real de todos los ciudadanos, representada por oro y plata, por un dinero fiduciario sin garantía alguna. Con la ayuda por supuesto de los Gobiernos, siempre en busca de un mayor nivel de gasto y una mayor presencia y poder de control sobre el mercado y los ciudadanos.

La Imposibilidad del Socialismo.

Henri de Saint-Simon (1760-1825) es considerado el padre del Socialismo. Este filosofo e intelectual francés que vivió en los años de la Revolución Francesa y escribió conocidos ensayos a favor de las clases obreras y en contra de la propiedad privada fue el primero en defender una organización económica socialista, donde el gobierno del pueblo tiene la titularidad en exclusiva de los medios de producción y decide qué debe producirse, cómo debe producirse y cuándo debe producirse.

Más tarde, Karl Marx (1818-1883) expuso en su obra cómo el socialismo era el fin último que debían perseguir los trabajadores, y dio publicidad a sus ideas, que se extendieron por todo el mundo como una de las principales corrientes de pensamiento internacional.

Sin embargo, en los últimos doscientos años han sido muchos los intentos de llevar a la práctica el modelo de socialismo, y en todas las ocasiones el fracaso ha sido mayúsculo. Mientras que la otra corriente principal y opuesta, el Capitalismo, ha convertido a las naciones que lo han puesto en práctica en Estados fructíferos y desarrollados.

Si bien para muchos autores esto es así por perversas conspiraciones en la sombra de los malvados capitalistas,  lo cierto es que la teoría económica demostró hace ya años, a través del denominado “teorema de la imposibilidad del socialismo”, que una sociedad humana no puede regirse por un gobierno centralizado, pues esto resulta económicamente imposible, y deriva en hambre y miseria para los ciudadanos, como hemos visto en la práctica en la antigua URSS, en la China popular, en Corea del Norte, en la Alemania comunista, en Cuba o en Venezuela.

El hombre actúa para satisfacer sus fines, utilizando los medios económicos a su alcance. Valora sus fines de manera ordinal, desde el que más desea satisfacer en un momento determinado hasta el último en su escala, y da utilidad a los medios económicos según la capacidad que aprecia en los mismos para satisfacer dichos fines. Esto es en esencia la acción humana, la vida misma, la economía. Cuándo el hombre es libre en su acción, podrá elegir los medios a su alcance que estime que mejor satisfacen los fines que más valora.

La función empresarial consiste en encontrar maneras de satisfacer necesidades, propias y ajenas, de la forma más óptima posible mediante la utilización de los medios disponibles, teniendo en cuenta que los medios son escasos.

Así por ejemplo, si una persona descubre que puede elaborar un buen queso utilizando la leche del pastor de su pueblo, y venderlo después en la ciudad obteniendo un beneficio, no solo estará ganando él, sino que estará haciendo ganar dinero al pastor al que le compra la leche, y al cliente de la ciudad que está dispuesto a comprar el queso para satisfacer su apetito.

Desde luego, como bien señala el Profesor Jesús Huerta de Soto, la función empresarial es crear, descubrir, darse cuenta de algo. Consiste en darse cuenta de las oportunidades de negocio que surgen en su entorno y actuar en consecuencia para aprovechar las mismas.

El conocimiento empresarial es un conocimiento subjetivo de tipo práctico, no de tipo científico. Surge de la brillantez de la mente humana, y es propio y privativo de cada sujeto, aunque pasa a beneficiar al resto de la humanidad cuándo se explota por parte de su creador. Así, no cabe “extraer” dicho conocimiento y condensarlo en un libro, o en una máquina informática para su procesamiento. No existe un método científico para crear la Quinta Sinfonía, escribir el Quijote, o fundar Apple, sino que cada obra de un ser humano brillante es fruto de su propia acción empresarial. El ser humano libre, cuándo actúa, crea el conocimiento empresarial.

El acto empresarial crea información, en la medida en que una persona descubre que puede hacer algo que vendrá a satisfacer su propia necesidad, o la necesidad de otras personas. Transmite dicha información al mercado cuándo esta persona pone en práctica su idea. Y coordina los recursos escasos de la sociedad en función de los deseos de todos los que intervienen en el proceso. Por ejemplo, cuándo Bill Gates se dio cuenta de que todos los ordenadores en la década de los 70 eran muy grandes, y destinados a procesos empresariales, pero las familias y particulares demandaban ordenadores pequeños y sencillos, ideó los ordenadores personales. Al poner en práctica su idea, generó conocimiento y valor para sus clientes, para sus trabajadores y para la sociedad en general.

De la misma manera, cuándo un Bróker estima que el precio del trigo va a subir porque se prevé una mala cosecha, y compra trigo a futuro, está generando conocimiento y transmitiéndolo al mercado. El agricultor que le vende el trigo estará ganando seguridad, pues tiene un precio fijo para su cosecha. El panadero que compra el trigo para su horno de pan podrá ver en el mercado que los futuros estiman un alza del precio, y aprovisionarse de trigo.

Por la propia naturaleza humana, cada persona es única, por lo que como ya anticipamos más arriba el conocimiento empresarial es de carácter subjetivo y disperso, imposible de centralizar.

Y es cuándo entendemos la naturaleza de la acción humana y de la función empresarial cuándo podemos entender a su vez la imposibilidad del socialismo. Si bien la función empresarial de asignación de recursos económicos requiere de planificación, la planificación correcta solo puede ser la subjetiva de cada individuo cuándo actúa. No existe ningún método o forma de que un planificador central, un gobierno socialista, maneje toda la información existente en todas las cabezas de cada una de las personas que integran la sociedad para poder tomar la mejor decisión posible en cada momento, según los recursos disponibles, que mejor satisfaga las necesidades de cada miembro de la sociedad en ese momento concreto.

Solo el libre mercado puede crear y transmitir la información, permitiendo la mejor asignación posible de los recursos en cada momento, en función de la oferta y de la demanda.

Es más, si se delega la planificación económica en un órgano central, se coartará la capacidad de invención de cada ser humano, y además se distorsionará el proceso de asignación de recursos del mercado, a través del libre juego de la oferta y la demanda.

Debemos este análisis de la imposibilidad del socialismo a las obras de Hayeck, Mises y Böhm-Bawerk, entre otros muchos buenos economistas. El socialismo es un error intelectual de filósofos que no estudiaron en profundidad la verdadera teoría económica.

En la mayor parte de países del mundo tenemos hoy en día, sin embargo, un socialismo “descafeinado”, conocido como “tercera vía”, “socialismo de mercado” o “socialdemocracia”. Si bien buena parte de la sociedad considera que el capitalismo es la mejor forma de organizar económicamente un país, también entienden que hay parcelas que habrá que regular, o donde el gobierno debe intervenir. Se estima así que, si bien el “socialismo real” donde el gobierno central es el único planificador es algo imposible, un poco de intervención es absolutamente necesaria. Se nos dice que “no todo es blanco o negro”, que hay matices.

En términos de teoría económica podemos afirmar con seguridad que no existe ninguna parcela de la acción humana donde sea más óptima una asignación de recursos por parte de un gobierno que por parte del libre mercado. La intervención pública en cualquier materia tenderá a ser menos eficiente que la oferta-demanda, y distorsionará el mercado. Además, y como probó el Profesor Buchanan en su teoría de la “public choice” el Estado tenderá a crecer, a fagotizar a la sociedad y a buscar los intereses propios de los burócratas en detrimento de los intereses públicos. La obra del Profesor Juan Ramón Rallo “Una Revolución Liberal para España” donde repasa como sería la liberalización de todos los sectores públicos en nuestro país es buena prueba de ello.

Pero también debemos estar con Mises en su planteamiento del Estado mínimo, pues sería ingenuo pensar que puede pasarse del modelo socialdemócrata actual a un modelo liberal de la noche a la mañana.