La oración de Jesús en la Cruz.

¿Jesús abandonado?

Hace unos meses, un buen amigo me habló con gran interés de un concepto que le había resultado muy interesante en el libro “La unidad y Jesús abandonado”, escrito por la fundadora del movimiento de los focolares, Chiara Lubich

Concretamente los párrafos de los que me hablaba mi amigo se referían a la pasión de Cristo, donde la autora expone el momento en que Jesús desde la cruz grita «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15, 34; Mt 27, 46) como un momento en el cuál Cristo está sintiendo la más absoluta soledad, al no sentir ya ni siquiera la unión con el Padre. Si bien a pesar de ello se abandona plenamente al Él y a su voluntad, como muestra de la más absoluta Fé, para morir en la Cruz.

Este pasaje del Evangelio ha sido uno de los más comentados a lo largo de la Historia. Ha dado pie a muchos autores a afirmar que Jesús, a pesar de su naturaleza divina, también cayó en la desesperación que representa la lejanía de Dios. Al extremo de que Calvino escribió que en este momento Jesús <<llegó a temer por su propia salvación>>.

La interpretación de C. Lubich parece menos radical que la de Calvino, y puede tener sentido para muchos lectores de la Escritura, pero sin embargo creo sinceramente que se trata de una interpretación errónea, al igual que en el caso de Calvino, y que falla al no poner en relación este momento crucial de la Pasión con el resto del Evangelio.

Para entender correctamente cada pasaje de los Evangelios es necesario unir las partes en su totalidad, y realizar un análisis completo y profundo, bajo el prisma también del Antiguo Testamento. No se puede entender el Evangelio por partes separadas.

Así, el objetivo de este ensayo es estudiar, a la luz de la teología cristológica moderna, la interpretación correcta que merecen las palabras de Cristo en la Cruz.

Cristo_crucificado

Jesús hablaba a través de las Escrituras.

En la época de Jesús, lo más importante para un judío eran las Escrituras. Todo judío conocía los textos de la Toráh, constituían su legislación y marcaban todos los usos y costumbres del día a día. A la vez que la Sinagoga se erigía como el centro de cada pueblo, donde se rendía culto diario y se leían las Escrituras.

En distintos momentos de los Evangelios vemos cómo Jesús acudía a la Sinagoga para enseñar, hablar de Dios a los judíos y leer la Escritura. (Mateo 4:23; Juan 18:20; Mt 13,53-58; Mc 6,1-6; Lc 4,16-30).

Con ello se evidencia un aspecto importante de Jesús, y es que era un gran conocedor de las Escrituras, las había leído y analizado. Las entendía en profundidad. Y de hecho buena parte de las palabras de Cristo que encontramos en los diálogos con sus discípulos, con el resto del pueblo o con los fariseos son citas literales del antiguo testamento.

Y es que podemos ver el Antiguo Testamento tanto como la Ley que Dios dio a su pueblo, pero también como la palabra profética que el Espíritu Santo dictó a los profetas miles de años antes del nacimiento del mesías, anunciando la venida del Hijo de Dios para salvar a la humanidad.

En base a lo dicho en los párrafos que preceden, podemos afirmar que cuando Jesús citaba las Escrituras, a veces era para enseñar (ley), otras veces era para unir pasado, presente y futuro, al citar cómo en ese momento concreto se estaba cumpliendo una profecía contenida en la Toráh, y finalmente otras veces era para anunciar que dichas profecías se cumplirían con seguridad en el futuro.

crucifixión

Los Salmos.

El canon cristiano utilizado como criterio para identificar los libros que componen el Antiguo Testamento corresponde esencialmente a la relación de libros que se leían y estudiaban en las sinagogas en Galilea y Judea en tiempos de Jesús. La idea de fondo es que nuestro Antiguo Testamento corresponda exactamente con los libros sagrados que Jesús leyó en su infancia y juventud, y utilizó en su predicación a lo largo de su vida pública.

Dentro de estas Escrituras encontramos el Libro de los Salmos, un conjunto de poemas hebreos escritos según la tradición por el Rey David unos 1.000 años antes del nacimiento de Jesús.

Como en otros libros del Antiguo Testamento, una parte se dedica a la enseñanza de la palabra de Dios, y buena parte de los Salmos son palabras proféticas referidas al mesías y a lo que acontecería en el futuro.

Y Jesús según nos transmiten los Evangelistas muchas veces recita y cumple los Salmos: Mt 21:16; Mc 12:10s; Jn 10:34; Jn 13:18; Mt 26:30;Mc 14:26.

El Salmo 22.

Llegados a este punto nos será ya fácil entender que no está Jesús hablando de forma vanal desde la Cruz, como podríamos erroneamente creer al leer en el Evangelio el lapidario lamento desde la Cruz «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».

Como hemos puesto de manifiesto en el presente ensayo, al igual que en otros momentos de su vida, Jesús estaba recitando las Escrituras que tan bien conocía, concretamente el Salmo 22 escrito como dijimos 1.000 años antes por el Rey David:

<<Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has abandonado?
a pesar de mis gritos,
mi oración no te alcanza.>>

Ahora lo podemos ver claro, y es que Jesús recita el Salmo a modo de oración y de enseñanza. Aún a pesar de estar en el momento más doloroso de su Pasión: tras haber sido sometido a los latigazos; tras la coronación de espinas; tras un doloroso “vía crucis” cargando con la cruz hasta el monte Calvario; tras haber sido clavado de pies y manos en la cruz, y sufrir crucificado; tras todo ello, y justo en el momento antes de su muerte, aún está recitando, orando y enseñándonos con su palabra y ejemplo.

Este Salmo empieza como el lamento de aquél que se siente solo ante el dolor y el sufrimiento, aquél que se siente abandonado por Dios en el peor momento de su vida; pero que a medida que reflexiona resulta que descubre que no está solo, porque en el peor momento le tiene a Él para cuidarle. Es más, necesita a Dios lo más cerca posible, y así lo pide al Señor.

<<Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.
líbrame a mí de la espada,>>

Podemos ver así también como en otra parte de este Salmo se anticipa la Pasión de Cristo.

<<Estoy como agua derramada,
tengo los huesos descoyuntados;
mi corazón, como cera,
se derrite en mis entrañas;
mi garganta está seca como una teja,
la lengua se me pega al paladar;
me aprietas
contra el polvo de la muerte.>>

<<me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos.
Ellos me miran triunfantes,
se reparten mi ropa,
echan a suerte mi túnica.>>

No estaba abandonado, sino que Oraba.

Así por tanto vemos cómo Jesús estaba, a las puertas de la muerte, orando a su Padre celestial. Con quién es Uno y de quién por tanto es imposible se sintiese abandonado.

Como nos enseña el Papa Benedicto XVI en su magnífica obra “Jesús de Nazaret”, mientras Jesús pronuncia las primeras palabras del Salmo se cumple ya en última instancia la totalidad del mismo y de todas las Escrituras, incluida la certeza de que su oración será escuchada por el Padre y se manifestará la salvación del mundo a través de su Resurrección.

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