El consumidor y los precios de mercado

En un mercado libre los vendedores no fijan el precio de mercado, sino que dicho precio se fija por el libre juego de la oferta y la demanda, teniendo finalmente más peso en la negociación los compradores que los vendedores, dado que ninguna transacción se fijará en el libre mercado si los compradores no valoran de forma suficiente el bien objeto de compraventa, y no están dispuestos a pagar el precio necesario para cerrar la misma.

El poder de los compradores.

Lo que intuitivamente tiende a pensarse es que los vendedores fijan el precio de mercado, y que dicho precio se ajustará a los costes en los que hayan incurrido en la producción. Por ejemplo, un promotor inmobiliario no venderá una vivienda por debajo de 200.000 € si para producirla ha incurrido en unos costes de dicho importe, dado que solo obtendrá una ganancia vendiendo por encima de dicha cantidad.

Pero muy al contrario, son realmente las valoraciones de los compradores las que fijan el precio de mercado, puesto que, y siguiendo con el ejemplo anterior, si no hay ningún comprador dispuesto a gastarse más de 180.000 € en dicha vivienda, finalmente el precio de mercado acabaría siendo el de 180.000 €, con las correspondientes perdidas empresariales para el vendedor en caso de cerrarse la transacción.

Precio de venta y precio de mercado.

El primer paso para entender correctamente las relaciones entre precios y valoraciones es diferenciar el precio de venta (PVP) del precio de mercado (PM).

Mientras que el PVP lo fija el vendedor, en base a su valoración empresarial del producto que ofrece (que tendrá en cuenta los costes de producción, y el margen que desea ganar), el PM se fija en el mercado por el acuerdo entre comprador y vendedor, por lo que el vendedor puede decidir no aceptar el PVP, y mientras que no exista acuerdo en el PM no se cerrará la venta.

Precio de mercado y valoración del comprador.

Por tanto podemos así visualizar que será el comprador el que acabe fijando el precio en una negociación libre. Si no está dispuesto a pagar el PVP exigido por el vendedor, no hay compraventa.

Y si no estando el comprador dispuesto a pagar el PVP pero sí estando dispuesto a adquirir el bien por un precio inferior al PVP se iniciase una negociación entre ambas partes, derivando en la aceptación del vendedor de dicho precio inferior, el PM al que se cruzan oferta y demanda terminaría siendo inferior al PVP.

Precio de mercado en los mercados masivos.

Esto último no sucede de manera directa en los mercados masivos, donde el vendedor pone a la venta miles de unidades a través de sus canales de distribución, y no existe por tanto una negociación “uno a uno”. Por ejemplo, Coca Cola pone a disposición de sus potenciales compradores millones de productos cada día, a través de distintos canales y a un precio determinado, y por ello no puede entrar a negociar con cada consumidor individual el PVP.

Pero de manera indirecta sucede lo mismo: cuando los compradores tienden a no comprar porque no quieren pagar el PVP (lo cual puede suceder por múltiples circunstancias: bienes sustitutivos, competencia, renta disponible, etc…) Coca Cola se verá obligada a rebajar el PVP (buena parte de la misión del marketing en mercados masivos pasa precisamente por estudiar y gestionar estos procesos).

Valoraciones de comprador y vendedor.

Un error muy común en el pensamiento popular, y presente en la Historia de Occidente ya desde la Grecia clásica, es la creencia de que comprador y vendedor deben valorar igual los bienes que intercambian, porque si no dicho intercambio no se produciría.

Sin embargo, nada más lejos de la realidad: realmente lo que sucede en una compraventa es que el comprador valora más lo que va a adquirir que lo que va a dar a cambio, y lo mismo pasa con el vendedor. Es decir, la transacción se produce porque cada una de las partes valoran más lo que van a adquirir que lo que van a utilizar en pago. De otra forma, no habría compraventa.

Valor y Utilidad marginal.

Por tanto, ya hemos visto que el precio de mercado se acaba fijando no por el vendedor, sino más bien por el comprador.

Pero ahora cabe preguntarse ¿a qué responde la valoración del comprador? Las valoraciones de los compradores se fijan en función de la utilidad que estiman que les reportarán los bienes que van a adquirir. 

Los fines del comprador son subjetivos e internos, y se ordenan de primero hasta el último según la intensidad con que este comprador desea cada uno de ellos. Los bienes que se le presentan son medios para alcanzar dichos fines. Por ejemplo, el primer fin de una persona en un momento determinado puede ser beber agua, y el segundo lavarse las manos. Si tiene a su disposición un vaso de agua, podrá cubrir su primer fin de beber agua, y con dos vasos de agua cubriría todos sus fines.

La valoración en cada momento es acorde a la utilidad que le reporta el bien como medio para cubrir los fines. Si cubre los fines que más arriba se sitúan en su escala de preferencias, lo valorará más, y en la medida en que cubra fines de menor graduación, valorará menos los fines. Por ello, estará dispuesto a pagar menos por los mismos.

Los consumidores mandan.

Así por tanto, en un libre mercado son las valoraciones de los consumidores las que fijan los precios de mercado, y en función de dichos precios de mercado los vendedores podrán determinar las preferencias de éstos a fin de organizarse para satisfacerlas con el mejor resultado económico para su empresa. Pues realizarán sus inversiones y planes de negocio en base a dicha satisfacción del consumidor.


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Las cuatro claves del liderazgo

Se buscan líderes, no jefes. Esta frase la hemos leído repetidamente en los últimos años, y viene a poner de manifiesto que al frente del éxito empresarial siempre hay un líder que dirige con éxito a su destino a toda la organización, no solo un jefe con una gestión diligente.

Y es que como nos decía P. Drucker  “un líder eficaz no es alguien a quien se le quiera o admire. Es alguien cuyos seguidores hacen lo que es debido. La popularidad no es liderazgo. Los resultados sí lo son”.

Pero la gran pregunta es ¿Qué cualidades definen realmente a un líder?

Recientemente escuché una conferencia del Dr. M. Alonso Puig, conocido investigador en distintos campos relacionados con la Medicina, el Management o el Coaching, y cuyas conclusiones sobre el liderazgo creo que son realmente acertadas.

Por ello me propongo aquí compartir su tesis sobre las cuatro cualidades que convierte a una persona en un líder, así como  qué tipo de liderazgo es el correcto.

Liderar significa conducir.

Líder es una palabra de origen sajón, que deriva del término Leader, el cual a su vez significa guiar por un camino, servir como indicador de ruta. En el inglés moderno el término Lead tiene las siguientes acepciones: conducir; guiar; acaudillar; adiestrar; inducir; capitanear; mandar; llevar la punta

Por tanto, lo primero y más evidente que podemos afirmar es que liderar es conducir un proyecto, servir de guía a un grupo de personas. Y en un nivel de abstracción más elevado, liderar equivaldría a influir en los demás e inspirar determinados comportamientos de seguimiento voluntario.

Liderar es un verbo.

Liderar no es una condición de una persona, sino que se trata de un verbo, de una acción que todo el mundo puede llevar a cabo.

Por tanto líder no es alguien concreto y particular, como a veces tendemos a pensar. Líder es todo aquel que ejerce el verbo liderar.

Todos podemos liderar.

Pero bailar también es un verbo, y no solo basta con ponerse a bailar para hacerlo bien. Al margen de las cualidades intrínsecas de cada persona, tanto físicas como psíquicas, que pueden llevarle a cantar mejor o bailar mejor que otros, lo cierto es que todos podemos cantar y bailar, cada uno a nuestro nivel.

Con el liderazgo  pasa lo mismo, no todos vamos a ser los grandes líderes empresariales o políticos de nuestro tiempo, pero sin embargo todos podemos liderar a nuestro nivel y en nuestro ámbito personal y profesional.

Las cuatro claves del liderazgo.

El líder a cualquier nivel requiere de modo “sine qua non” de cuatro cualidades específicas:

1.- Competencia.

2.- Visión.

3.- Carácter

4.- Empatía.

  1. Competencia.

El líder debe ser una persona suficientemente competente en el campo en el que va a liderar. Es decir, debe contar con un bagaje académico y profesional que le acredite como persona competente para opinar, pues su discurso no puede nacer de su mera opinión, en tanto que no sería creíble. La opinión del líder debe basarse en un profundo conocimiento y en una exitosa experiencia.

Por ejemplo, difícilmente alguien sin ningún tipo de conocimientos arquitectónicos podrá convertirse en el líder de la arquitectura moderna entre el resto de arquitectos, pues su opinión será siempre cuestionable y las más de las veces técnicamente errónea.

  1. Visión.

Además de contar con la suficiente competencia para liderar en su campo, tendrá que tener una visión ilusionante del destino a alcanzar. Los líderes conducen a otras personas a alcanzar fines comunes, y para ello deben saber dónde está el destino de dicho viaje. Es más, el destino lo marcan ellos mismos, lo marca su visión de futuro. Incluso en situaciones complicadas, el líder tiene visión, sabe lo que hay que hacer.

La visión es la capacidad de abstraerse de las cuestiones de corto plazo, salir de la caja y poder ver las cosas a un nivel superior, lo cual permite diseñar la estrategia de largo plazo más adecuada y exitosa. Es lo que el Dr. Covey llama “trabajar en el segundo cuadrante” en su obra “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”.

  1. Carácter.

En tercer lugar, un líder debe tener carácter, pues de otra forma aunque cuente con una gran experiencia, y tenga visión de futuro, no será capaz de movilizar a otras personas a seguirle. El carácter implica seguridad en sí mismo y un alto coeficiente de inteligencia emocional: el líder es fiable, íntegro, honesto, justo, coherente, y aunque no es perfecto y se puede equivocar hace siempre lo que dice, y dice siempre de forma transparente lo que hace. Por ello mueve con su ejemplo.

  1. Empatía.

Por último, pero no menos importante, el líder tiene un alto grado de empatía, es capaz de conectar fácilmente con los demás, con sus sentimientos y emociones. Pues si le sobra carácter pero le falta empatía no podrá ganarse el afecto de sus seguidores.

Así por tanto, a cualquier nivel y en todas las materias el líder es aquel que es competente, tiene visión, tiene carácter y conecta con los demás.

Poder y Autoridad.

Por ello el líder no impone, el líder atrae. Y por eso empezábamos diciendo que el jefe tiene poder, y utiliza el mismo para gestionar, pero el líder no consigue movilizar gracias al poder, sino gracias a su gran autoridad, que resulta ser el potente detonante que mueve al equipo.

Liderazgo de servicio.

Mientras que lo intuitivo es imaginar al líder como alguien superior a los demás, por encima el grupo, el verdadero liderazgo efectivo es el liderazgo de servicio, es decir, aquél en el que el líder está realmente al servicio de su equipo y de los fines a conquistar.

Así, se reconoce a sí mismo como uno más del grupo, de ninguna manera superior a los demás, pero sí con la responsabilidad de dar servicio a los fines comunes.

Transmitir ideas.

El líder en definitiva transmite de forma efectiva a los demás sus ideas, los persuade para seguir un camino determinado.

Si recordamos la obra Retórica, de Aristóteles (384-322 a.C.) el discurso persuasivo que resulta eficaz consta de tres partes argumentales:

1.- Logos. → Argumento lógico.

2.- Ethos. → Apelación a la solvente autoridad del que expone el argumento.

3.- Pathos. → Apelación a los sentimientos y al lazo sentimental entre el que expone el argumento y su audiencia.

Y las cuatro cualidades del líder se pueden enmarcar en esta estructura de argumentos:

  1. a) La competencia con la que se construye el discuro, y la parte racional de la visión del líder conforman el Logos de su discurso.
  2. b) La propia competencia personal y profesional del líder, la parte emocional de su visión, y el carácter del líder se corresponden con el Ethos, con su autoridad para liderar.
  3. c) Por último, su conexión emocional con el grupo al que lidera, la empatía que conecta con sus seguidores y su vocación de servicio constituyen el Pathos del discurso.


* Vía|Madera de Lider (Mario Alonso Puig, 2004, Empresa Activa)
* Más información|Harvard Business Review
* Imagen|pixabay

La nulidad del proceso judicial a Jesús de Nazaret

Hace unos años se publicó  Proceso a Jesús (Almuzara, 2013), una obra que ha adquirido cierta fama y en la que su autor, José María Ribas Alba, profesor de Derecho Romano de la Universidad de Sevilla, defiende que el proceso judicial a Cristo fue justo y legítimo, de acuerdo con la legalidad de su momento.

Según el profesor Ribas, a Jesús no lo mataron los fariseos ni los romanos, sino la ley y el Derecho. Pero nada más lejos de la realidad, dado que como aquí expondremos a Jesús lo mataron los intereses de la clase social que ostentaba el poder en el pueblo judío.

Mi propósito por tanto con este ensayo es demostrar, en base al texto histórico recogido en los Evangelios, así como en base a la historiografía de fuentes romanas y judías, la nulidad de la sentencia de muerte a Jesús de Nazaret, sobre la base la nulidad de los procesos judiciales que dieron lugar a dicha sentencia.

Nulidad

La nulidad es un concepto jurídico que declara que un acto, hecho o negocio jurídico no reúne los requisitos necesarios para su válida existencia, por lo que se debe tener por inexistente: nunca realmente ha llegado a nacer válidamente, y no despliega por tanto ningún efecto; todo lo que se haya hecho en base al mismo debe retrotraerse, para que las cosas queden como si nunca hubiese existido dicho acto, hecho o negocio jurídico declarado nulo, pues jurídicamente no ha llegado a existir.

La nulidad puede ser parcial (afecta solo a una parte del acto, hecho o negocio) o total. En el caso del proceso judicial a Jesús debemos entender que es total, pues no habría ninguna parte válida de los distintos procesos seguidos.

Coyuntura política y jurídica.

Judea y Galilea eran reinos clientelares, formaban una provincia perteneciente al Imperio Romano, que la había ocupado y se la había anexado en el año 63 a.C.

En la época de Jesús, la región de Judea contaba como autoridad romana con Poncio Pilatos, y la de Galilea con Herodes Antípas. La ley vigente era la del Derecho Romano, y el pueblo estaba sometido a la jurisdicción de los magistrados y las autoridades del Imperio.

No obstante los romanos permitían que los representantes del pueblo judío ejerciesen la autoridad moral y juzgasen en base a la ley y normas del pueblo judío, recogida desde miles de años antes en sus Escrituras. Este órgano era el Sanedrín o  Consejo Supremo Judío, formado por el sumo sacerdote y 70 hombres prominentes de Israel.

Así por tanto, había una doble autoridad:

  • Imperio Romano:
    • Judea: Poncio Pilato
    • Galilea: Herodes Antipas
  • Moral o Religiosa: El Sanedrín, sometido a su vez a la autoridad imperial.

Diversidad de procesos judiciales

El proceso judicial a Jesús de Nazaret fue doble:

  • Por un lado fue juzgado por el Sanedrín, la autoridad judía, bajo la acusación de blasfemia: declararse un Dios a sí mismo. Al declararse “Hijo de Dios” se ponía al mismo nivel de Dios mismo, y esto iba en contra de la ley judía. La pena en caso de demostrarse la comisión del delito era de muerte. Este proceso se inició e impulsó por buena parte de los altos representantes de los fariseos.
  • Por otro lado fue procesado por la autoridad romana, bajo la acusación de lesa majestad  y sedición: declararse un Rey y agitar al pueblo contra el Cesar. Al declararse “Rey de los Judíos” atenta contra el César, y la pena en caso de demostrarse la comisión del delito era de muerte. Este proceso se inició e impulsó por los representantes del Sanedrín.

Los fariseos

En la época de Jesús de Nazaret había distintos grupos o sectas religiosas judías, que se distinguían por su distinta interpretación de las ley judía o Escrituras Sagradas:

  • Fariseos
  • Esenios
  • Saduceos
  • Zelotes

De todos ellos, los que mayor aceptación por parte del pueblo, y también mayor poder habían alcanzado eran los fariseos, que ocupaban los puestos más prominentes en la jerarquía judía, y eran por lo general hombres ricos, con posesiones y formación. Eran la élite del pueblo, y representaban por así decirlo el judaísmo oficial.

Sus creencias religiosas se caracterizaban por enfatizar el formalismo: para ellos las formas eran lo más importante. Partían de la premisa de que no se podía explorar el interior de un hombre, por lo que el exterior, es decir, sus actos y lo que hacía, determinaban el fondo.

Esto chocó fuertemente con las enseñanzas de Jesús, que predicaba una visión de Dios menos formal y más afectiva, basada en el amor al prójimo.

Valga aquí en aras a la brevedad este burdo resumen, para poner en situación y contexto al lector, ya que este choque  doctrinal es desde luego mucho más amplio, y requeriría de un análisis e informe mucho más profundo, en tanto que la doctrina impartida por Jesús desbancaba de manera absoluta a lo que durante siglos había predicado y establecido la élite de los fariseos.

Lo buscaban para matarlo.

La sentencia de muerte a Jesús de Nazaret ya estaba dictada antes del proceso.

El citado enfrentamiento entre Jesús y los fariseos, que como ya dijimos antes eran hombres poderosos, se había recrudecido a lo largo de los años de vida pública de Jesús. Su gran autoridad a la hora de enseñar era acompañada de signos y milagros, y muchos ciudadanos tanto del pueblo judío como de otros pueblos creían en su mensaje.

Esto le convirtió en un hombre de gran prestigio y, según nos indican los Evangelios en distintas ocasiones, los fariseos lo buscaban para matarlo. Cada milagro que se hacía público y adquiría relevancia suponía un duro golpe contra el poderoso Sanedrín.

Tras uno de sus más importantes milagros, el de devolver a la vida a Lazaro, nos dice el Evangelio de Juan que se reunió el Sanedrín, preocupados por la gran fama que había adquirido Jesús. Dado que gracias a la resurrección de Lazaro muchos judíos creían en él como el Cristo, el hijo de Dios. Y decidieron que era un peligro y debían matarle.

¿Cómo puede ser justo un juicio si, antes de que se inicie el mismo, y sin contradicción ni pruebas, ni existiendo posible defensa para el acusado, ya se ha decidido la sentencia? Ésta sería la primera prueba de la absoluta nulidad, por tanto, del proceso seguido contra Jesús.

El prendimiento.

No fue ni mucho menos un proceso justo, sino una trama que tenía por objetivo asesinar a un opositor que ponía en entredicho el gobierno religioso de los poderosos fariseos.

Éstos, aprovechando su poder económico, compraron (con 30 monedas de plata) a uno de los discípulos del Nazareno, concretamente a Judas Iscariote, como infiltrado en el círculo privado de Jesús, a fin de señalar su paradero y entregarlo al Sanedrín.

Debemos aquí tener en cuenta que Jesús no tenía una residencia fija, se movía por un territorio extenso, y contaba con muchos seguidores que lo protegían, por lo cual no resultaba una misión fácil para los jefes fariseos el darle caza; de hecho los Evangelios nos indican que varias veces habían ya intentado apresarlo. Además en su prendimiento tenían que tratar de no escandalizar al pueblo y a los seguidores de Jesús, debía tratarse de una acción rápida y efectiva.

Finalmente, antes de la celebración de la Pascua (para no levantar escándalo durante la fiesta sagrada) y con nocturnidad y alevosía, mediante la ayuda de Judas Iscariote pudieron los hombres del Sanedrín apresar a Jesús mientras oraba en el huerto de Getsemaní.

Desde luego, la injusticia del proceso se vuelve aquí a poner de manifiesto, y es que el miedo por parte de los fariseos a capturar al Nazareno de forma pública revela que no estaban haciendo bien las cosas, no hubiesen tenido problemas en capturar a un verdadero delincuente a plena luz del día y sin tantos rodeos.

El proceso ante el Sanedrín.

El primer proceso judicial que afronta Jesús es ante el máximo órgano judicial y de poder religioso judío. La acusación que se le realiza es la de blasfemia, y se pide para él la pena de muerte.

Nada más detenerlo, y siendo de madrugada, se lo llevan a casa de Anás, que había sido sumo sacerdote. Un juicio ordinario nunca se podría producir de noche, sino que se habría producido de día y con una convocatoria pública ordinaria. Reunirse de noche y tan extraordinariamente es otro indicio más de la injusticia del proceso.

Desde luego, y según todo lo ya expuesto, podemos afirmar que no se trataba de juzgar de manera objetiva el delito, sino que perseguían obtener a toda costa la sentencia que buscaban los propios jueces, esto es, la muerte de Jesús.

Por ello, no existió defensa posible ni principio de contradicción entre las partes. Y tampoco declararon testigos objetivos. De hecho, se comenzó interrogando al acusado, y solicitando de él una declaración autoinculpatoria, mientras un guardia le pegaba. La ley judía exigía audiencia pública y la defensa del acusado ante un delito penado con pena capital, pero nada de eso se dio aquí.

De casa de Anás lo llevan a casa de su yerno Caifás, actual sumo sacerdote, donde está reunido el Sanedrín. Allí la táctica de los juzgadores fue la misma, siguieron intentando una declaración inculpatoria por parte del propio acusado.

Dado que los testigos tenían una gran relevancia en el proceso judicial de los judíos, pues según su ley varias declaraciones en contra suponían una prueba muy firme, llevaron los acusadores a falsos testigos que declaraban contra Jesús. Pero al no haber preparado adecuadamente dichos falsos testimonios, se contradecían unos con otros. Desesperados, seguían pidiendo al acusado que se declarase culpable.

“Plantearle preguntas al acusado y condenarlo en función de su respuesta constituyó [una] violación de la justicia formal” como bien indicaba en sus escritos el famoso abogado inglés Alexander Taylor Innes.

Finalmente el sumo sacerdote le pregunta bajo juramento divino “Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios” a lo que Jesús le respondió “Tú lo has dicho”. De lo cual Caifás dijo a los demás “Ha blasfemado, ¿qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia ¿qué decís?” y los demás sacerdotes dijeron “Es reo de muerte”.

Ya habían conseguido por tanto su objetivo, la pena de muerte.

Todo el proceso violaba la justicia formal y los más elementales principios del derecho procesal judío. Es decir, el proceso era nulo de pleno derecho.

El Gobernador Pilato.

Dado que bajo la soberanía romana el Sanedrín no tenía poder para ejecutar su propia sentencia, puesto que solo el Imperio Romano podía ordenar la muerte de un reo, llevaron al sentenciado al palacio del gobernador Pilato.

El delito de blasfemia por el que lo habían sentenciado quedaba en la esfera de la religión judía, y por tanto no era motivo de muerte ante el derecho romano. Fue por ello que los sacerdotes judíos presentaron a Jesús ante Pilato como “Rey de los Judíos”, es decir, como rebelde ante el Imperio Romano.

Además indicaron a Pilato que Jesús era un elemento subversivo para el pueblo, y predicaba que no se pagasen impuestos al Cesar. Estas falsas acusaciones lo convertían en reo de sedición contra el Imperio, lo cual si podía dar lugar a su condena a muerte.

Sin embargo, debía ser tan evidente que Jesús no lo era que Pilato indicó que no veía delito alguno en él, y no quiere firmar su sentencia de muerte.

Interrogándolo de nuevo, Pilato descubre que Jesús es natural de Nazaret, perteneciendo esta localidad a la jurisdicción de Galilea, bajo el mandato de Herodes Antipas. Y dado que Herodes se encontraba esos días en su palacio de Jerusalen para celebrar la Pascua lo envía a él. Es decir, se declara incompetente judicialmente para condenar a un ciudadano de otra región.

En el Palacio de Herodes Antipas.

Así por tanto los fariseos se vieron obligados a llevar a Jesús ante Herodes. Y éste, que había oído hablar mucho de él, pues debía ser como dijimos antes un hombre de gran fama y prestigio sobre el pueblo, le pidió que hiciese un milagro. Dado que Jesús no le respondía, Herodes se enfadó y se burló de él, pero no atreviéndose a condenarlo a muerte lo devuelve a Pilato concediéndole a éste la jurisdicción.

De nuevo ante Pilato.

El gobernador Pilato sigue sin creer en la culpabilidad de Jesús como reo de sedición, pues no existen pruebas ni antecedentes, ni tampoco testigos fiables, y se nota que solo es una estratagema del Sanedrín para matar al nazareno por motivos religiosos. Así por tanto, y buscando de nuevo eludir su responsabilidad, saca al balcón a Jesús.

Dado que tenía otro delincuente apresado para crucificarlo, llamado Barrabás, sacó a ambos a su balcón, y concedió al pueblo por estar en ciernes de la fiesta de la Pascua que pudiesen liberar a uno de ellos. Desde luego es lógico deducir que pretendía con esta estrategia que no quisiesen soltar al criminal real, Barrabás, mientras que liberarían al hombre que nada había hecho, Jesús de Nazaret.

Aquí resulta clave lo que nos dice el Evangelio de Lucas: «Ustedes me han traído a este hombre, acusándolo de incitar al pueblo a la rebelión. Pero yo lo interrogué delante de ustedes y no encontré ningún motivo de condena en los cargos de que lo acusan; ni tampoco Herodes, ya que él lo ha devuelto a este tribunal. Como ven, este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte. 16 Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad.

Sin embargo, los judíos allí presentes gritaron que liberase a Barrabás y crucificase a Jesús. ¿Cómo pudo ser esto así? Debemos tener en cuenta que todos los sacerdotes, junto con sus familiares, amigos y dirigentes fariseos habían sido quienes habían llevado allí a Jesús pidiendo su muerte, por lo que éstos debían estar allí en primera línea, agitando al pueblo. No era una representación real y homogénea del pueblo, sino que estaba muy sesgada por la presencia de los fariseos.

Sentencia de muerte.

Nos indican los evangelios que ante esto, Pilato se lavó públicamente las manos, en señal de que reconocía la profunda injusticia que se iba a cometer al soltar a un delincuente real y crucificar a un inocente. Pero no queriendo asumir más problemas con el pueblo judío, firmó finalmente la sentencia de muerte, indicando en una tablilla para público conocimiento que el reo se había declarado Rey de los Judíos.

Nulidad absoluta del proceso.

De todo lo expuesto se concluye la total y absoluta nulidad del proceso judicial seguido contra Jesús de Nazaret, siendo por tanto también nula la condena de muerte dictada contra el Nazareno.

  • La sentencia de muerte estaba decidida antes del proceso, por motivos políticos y religiosos, dado que Jesús amenazaba el poder de los fariseos.
  • La detención se realizó con nocturnidad y sin ningún tipo de garantías para el imputado.
  • El proceso ante el Sanedrín se desarrolló igualmente de noche, de manera sumaria, rápida, privada y sin audiencia pública.
  • No se respetaron los más elementales principios de un proceso justo, sin ningún tipo de garantías procesales para el acusado.
  • No se presentaron pruebas de cargo de entidad suficiente, ni testigos de cargo reales y fidedignos. No se probó la acusación de ninguna manera.
  • La culpabilidad y condena por blasfemia se derivó de una afirmación indirecta del propio acusado: “Tú lo has dicho”.
  • El Sanedrín lo presentó como culpable de sedición contra el Imperio Romano ante el gobernador: una falsa acusación, dado que lo habían condenado por blasfemia. El objetivo único de esta acusación en falso era obtener con dicha mentira la condena de muerte que ellos no podían ejecutar.
  • El gobernador romano Pilato indicó que era evidente que el reo era inocente del delito imputado, y lo quería soltar. Por ello no se atrevía a firmar la condena.
  • Herodes Antipas, gobernador de Galilea (y por tanto con jurisdicción sobre Nazaret) tampoco quiso firmar la condena, lo cual reafirma de nuevo la evidente inocencia de Jesús de los delitos de los que le acusaban.
  • Devuelto por Herodes a Poncio Pilato, este intentó de nuevo salvar a Jesús, entendiendo que se trataba de un inocente, pero la manipulación de los fariseos logró salvar al delincuente Barrabas y obligar a Pilato a condenar a Jesús.
  • Finalmente, se vuelve a evidenciar la inocencia cuando Pilato se lava las manos y firma la sentencia de muerte solo porque no ve otra salida para no crear conflicto con los poderosos del pueblo judío.

En definitiva, un proceso a todas luces injusto y nulo tanto en el fondo como en las formas.


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