La Imposibilidad del Socialismo.

Henri de Saint-Simon (1760-1825) es considerado el padre del Socialismo. Este filosofo e intelectual francés que vivió en los años de la Revolución Francesa y escribió conocidos ensayos a favor de las clases obreras y en contra de la propiedad privada fue el primero en defender una organización económica socialista, donde el gobierno del pueblo tiene la titularidad en exclusiva de los medios de producción y decide qué debe producirse, cómo debe producirse y cuándo debe producirse.

Más tarde, Karl Marx (1818-1883) expuso en su obra cómo el socialismo era el fin último que debían perseguir los trabajadores, y dio publicidad a sus ideas, que se extendieron por todo el mundo como una de las principales corrientes de pensamiento internacional.

Sin embargo, en los últimos doscientos años han sido muchos los intentos de llevar a la práctica el modelo de socialismo, y en todas las ocasiones el fracaso ha sido mayúsculo. Mientras que la otra corriente principal y opuesta, el Capitalismo, ha convertido a las naciones que lo han puesto en práctica en Estados fructíferos y desarrollados.

Si bien para muchos autores esto es así por perversas conspiraciones en la sombra de los malvados capitalistas,  lo cierto es que la teoría económica demostró hace ya años, a través del denominado “teorema de la imposibilidad del socialismo”, que una sociedad humana no puede regirse por un gobierno centralizado, pues esto resulta económicamente imposible, y deriva en hambre y miseria para los ciudadanos, como hemos visto en la práctica en la antigua URSS, en la China popular, en Corea del Norte, en la Alemania comunista, en Cuba o en Venezuela.

El hombre actúa para satisfacer sus fines, utilizando los medios económicos a su alcance. Valora sus fines de manera ordinal, desde el que más desea satisfacer en un momento determinado hasta el último en su escala, y da utilidad a los medios económicos según la capacidad que aprecia en los mismos para satisfacer dichos fines. Esto es en esencia la acción humana, la vida misma, la economía. Cuándo el hombre es libre en su acción, podrá elegir los medios a su alcance que estime que mejor satisfacen los fines que más valora.

La función empresarial consiste en encontrar maneras de satisfacer necesidades, propias y ajenas, de la forma más óptima posible mediante la utilización de los medios disponibles, teniendo en cuenta que los medios son escasos.

Así por ejemplo, si una persona descubre que puede elaborar un buen queso utilizando la leche del pastor de su pueblo, y venderlo después en la ciudad obteniendo un beneficio, no solo estará ganando él, sino que estará haciendo ganar dinero al pastor al que le compra la leche, y al cliente de la ciudad que está dispuesto a comprar el queso para satisfacer su apetito.

Desde luego, como bien señala el Profesor Jesús Huerta de Soto, la función empresarial es crear, descubrir, darse cuenta de algo. Consiste en darse cuenta de las oportunidades de negocio que surgen en su entorno y actuar en consecuencia para aprovechar las mismas.

El conocimiento empresarial es un conocimiento subjetivo de tipo práctico, no de tipo científico. Surge de la brillantez de la mente humana, y es propio y privativo de cada sujeto, aunque pasa a beneficiar al resto de la humanidad cuándo se explota por parte de su creador. Así, no cabe “extraer” dicho conocimiento y condensarlo en un libro, o en una máquina informática para su procesamiento. No existe un método científico para crear la Quinta Sinfonía, escribir el Quijote, o fundar Apple, sino que cada obra de un ser humano brillante es fruto de su propia acción empresarial. El ser humano libre, cuándo actúa, crea el conocimiento empresarial.

El acto empresarial crea información, en la medida en que una persona descubre que puede hacer algo que vendrá a satisfacer su propia necesidad, o la necesidad de otras personas. Transmite dicha información al mercado cuándo esta persona pone en práctica su idea. Y coordina los recursos escasos de la sociedad en función de los deseos de todos los que intervienen en el proceso. Por ejemplo, cuándo Bill Gates se dio cuenta de que todos los ordenadores en la década de los 70 eran muy grandes, y destinados a procesos empresariales, pero las familias y particulares demandaban ordenadores pequeños y sencillos, ideó los ordenadores personales. Al poner en práctica su idea, generó conocimiento y valor para sus clientes, para sus trabajadores y para la sociedad en general.

De la misma manera, cuándo un Bróker estima que el precio del trigo va a subir porque se prevé una mala cosecha, y compra trigo a futuro, está generando conocimiento y transmitiéndolo al mercado. El agricultor que le vende el trigo estará ganando seguridad, pues tiene un precio fijo para su cosecha. El panadero que compra el trigo para su horno de pan podrá ver en el mercado que los futuros estiman un alza del precio, y aprovisionarse de trigo.

Por la propia naturaleza humana, cada persona es única, por lo que como ya anticipamos más arriba el conocimiento empresarial es de carácter subjetivo y disperso, imposible de centralizar.

Y es cuándo entendemos la naturaleza de la acción humana y de la función empresarial cuándo podemos entender a su vez la imposibilidad del socialismo. Si bien la función empresarial de asignación de recursos económicos requiere de planificación, la planificación correcta solo puede ser la subjetiva de cada individuo cuándo actúa. No existe ningún método o forma de que un planificador central, un gobierno socialista, maneje toda la información existente en todas las cabezas de cada una de las personas que integran la sociedad para poder tomar la mejor decisión posible en cada momento, según los recursos disponibles, que mejor satisfaga las necesidades de cada miembro de la sociedad en ese momento concreto.

Solo el libre mercado puede crear y transmitir la información, permitiendo la mejor asignación posible de los recursos en cada momento, en función de la oferta y de la demanda.

Es más, si se delega la planificación económica en un órgano central, se coartará la capacidad de invención de cada ser humano, y además se distorsionará el proceso de asignación de recursos del mercado, a través del libre juego de la oferta y la demanda.

Debemos este análisis de la imposibilidad del socialismo a las obras de Hayeck, Mises y Böhm-Bawerk, entre otros muchos buenos economistas. El socialismo es un error intelectual de filósofos que no estudiaron en profundidad la verdadera teoría económica.

En la mayor parte de países del mundo tenemos hoy en día, sin embargo, un socialismo “descafeinado”, conocido como “tercera vía”, “socialismo de mercado” o “socialdemocracia”. Si bien buena parte de la sociedad considera que el capitalismo es la mejor forma de organizar económicamente un país, también entienden que hay parcelas que habrá que regular, o donde el gobierno debe intervenir. Se estima así que, si bien el “socialismo real” donde el gobierno central es el único planificador es algo imposible, un poco de intervención es absolutamente necesaria. Se nos dice que “no todo es blanco o negro”, que hay matices.

En términos de teoría económica podemos afirmar con seguridad que no existe ninguna parcela de la acción humana donde sea más óptima una asignación de recursos por parte de un gobierno que por parte del libre mercado. La intervención pública en cualquier materia tenderá a ser menos eficiente que la oferta-demanda, y distorsionará el mercado. Además, y como probó el Profesor Buchanan en su teoría de la “public choice” el Estado tenderá a crecer, a fagotizar a la sociedad y a buscar los intereses propios de los burócratas en detrimento de los intereses públicos. La obra del Profesor Juan Ramón Rallo “Una Revolución Liberal para España” donde repasa como sería la liberalización de todos los sectores públicos en nuestro país es buena prueba de ello.

Pero también debemos estar con Mises en su planteamiento del Estado mínimo, pues sería ingenuo pensar que puede pasarse del modelo socialdemócrata actual a un modelo liberal de la noche a la mañana.

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