La Ley de Say.

Sabemos que el valor subjetivo que los hombres dan a los bienes económicos, en base a su utilidad marginal, determina su precio en el libre mercado. Y sabemos también que dicho precio se ajustará en base a la ley de la oferta y la demanda, tendiendo a subir si la demanda supera a la oferta, y tendiendo a bajar cuándo la oferta es más alta que la demanda.

Sin embargo, entre la oferta y la demanda cabe preguntarse aquello de la gallina y el huevo ¿qué fue primero? Es decir, ¿es la oferta de un bien la que genera su demanda? ¿O más bien al contrario es la demanda la que crea la oferta?

La ley de Say es el nombre que le damos al teorema enunciado por el economista francés Jean Baptiste Say (1776-1832) y que afirma que es la oferta la que genera la demanda, o dicho de otro modo, que no puede haber demanda sin oferta.

Y esto es fácil de comprender si pensamos que, para demandar un bien, tendremos que ofrecer otro bien a cambio. En una economía de trueque o de cambio directo esto es muy fácil de ver, puesto que el panadero tendrá que producir pan para intercambiarlo después por otros bienes, como el pescado del pescador o la carne ofrecida por el pastor, es decir, no podrá salir al mercado a demandar otros bienes si no lleva sus bienes para ofrecer a cambio de lo que demanda. En una economía de cambio indirecto, o monetaria, la mercancía utilizada como dinero servirá a su dueño para demandar otros bienes, si bien primero tendrá que haber generado la tesorería en base a su propia producción, vendiendo su producto (ya sean bienes o trabajo).

A veces, en las operaciones de crédito, puede parecer que existe la posibilidad de demandar algo sin ofrecer otra cosa a cambio. Por ejemplo, si nos dan la posibilidad de comprar un coche a crédito puede dar la apariencia de que no hay que ofrecer nada a priori, y que no se cumple por tanto la ley de Say. Pero sería un gran error pensar así, puesto que lo que pasa es que se están intercambiando bienes presentes (el coche) por bienes futuros (el dinero que pagaremos a crédito, en el futuro).

Otro error sería pensar que en una economía autarquica no se da la ley de Say, y enunciar desde dicho punto que es primero la demanda y luego la oferta, y no al revés tal y como aquí exponemos. Por ejemplo, Robinson Crousoe en la isla desierta, completamente solo, demanda bienes, como los cocos de las palmeras o el agua de la lluvia, pero no tiene nada que ofertar a cambio. Estaríamos incurriendo aquí en un error de bulto, puesto que Cousoe debe ofertar su tiempo, su dedicación, su esfuerzo, su trabajo en definitiva, para acceder a los bienes que demanda. Por ejemplo, si demanda una choza para refugiarse, tendrá que emplear (ofertar) su trabajo. Todos ofertamos cada día nuestro trabajo, para poder conseguir dinero u otros bienes a cambio. Es la oferta antes que la demanda.

Entender esta ley económica correctamente implica entender también que en una situación de recesión como la actual no es una buena idea fomentar la demanda, tal y como propugnan muchos economistas (sobre todo los keynesianos y los socialistas). Y es que, dado que en momentos de depresión económica las empresas tienen mucha menor demanda,  viéndose abocadas a despedir trabajadores y reducir sus actividades, lo fácil parece crear expansiones monetarias o fijar precios mínimos, para fomentar la demanda “agregada”. Pero entendiendo la ley de Say veremos que cualquier medida intervencionista en este sentido estará fomentando demandar a crédito, creando con mucha probabilidad a futuro la imposibilidad de su pago a vencimiento (amen de otros efectos microeconómicos que ahondarán la recesión,, enunciados en el teoreama de la ABCT). Señalar aquí por último que este error viene determinado tanto por la incorrecta comprensión de la ley de Say, como por la incorrecta comprensión de la estructura productiva (pues el modelo circular de la renta es un error de gran magnitud).

Anuncios