El Dinero. Origen y Naturaleza.

CAMBIO INDIRECTO, CAMBIO DIRECTO Y ORIGEN DEL DINERO.

Fue el gran economista austríaco Carl Menger quién supo explicar mejor que nadie el origen de una de las instituciones fundamentales de nuestra sociedad, el dinero, y quién supo igualmente definir su naturaleza y función. Más tarde Mises, discípulo suyo, desarrolló la exposición de su maestro. Y en las últimas décadas ha sido el profesor A. Fekete quién ha refinado las teorías de la liquidez y el dinero.

En una economía poco desarrollada se practica el cambio directo o trueque, esto es, las personas intercambian directamente los bienes y servicios que ellos producen, por otros que producen otras personas. Partiendo del principio de la división del trabajo y la especialización, un pueblo se hace más productivo cuándo una persona se especializa en hacer pan, otro en cultivar el campo, y otro se encarga de cuidar el ganado, intercambiando después entre ellos los productos obtenidos para satisfacer sus necesidades.

Conforme la economía se va desarrollando, y van entrando en juego más agentes, el cambio directo se vuelve cada vez menos efectivo (si el panadero desea carne y el ganadero no quiere pan, sino que quiere uvas, necesitará el panadero que el agricultor le intercambie uvas por pan para conseguir carne) y en un momento determinado aparecerá una mercancía que, además de servir para su uso primario, servirá también como medio de intercambio entre distintas mercancías. A dicha mercancía le llamamos dinero. Y con el dinero aparecerá una forma de economía más desarrollada y productiva, la del cambio indirecto, donde la convertibilidad del dinero permite su cambio por cualquier mercancía, en cualquier momento, pudiendo los agentes económicos crear un sistema de precios entre todos los bienes y servicios producidos (lo que Mises denominó “cálculo económico”).

Como bien señala Menger, el dinero debió aparecer en la historia a través de un proceso evolutivo parecido al descrito, y no fue impuesto como muchos autores propugnaron por orden de ningún rey o legislador de la antigüedad, es decir, de manera normativa.

 

LA LIQUIDEZ.

A lo largo de la historia de la humanidad el hombre ha utilizado distintas mercancías como dinero. Por ejemplo la sal, el ganado, la plata o el oro. Todas estas mercancías gozaron de un alto grado de convertibilidad, es decir, podían convertirse fácilmente por otras mercancías de dicha economía. Pero ¿por qué una mercancía goza de tal grado de convertibilidad, es decir, se puede utilizar como dinero? Por su liquidez. Las mercancías más líquidas son las que pueden cumplir la función de dinero. La liquidez es la facilidad de una mercancía para comprarse y venderse en un mercado. Por ejemplo, las acciones de Apple en el mercado de Wall Street son muy líquidas, porque es muy fácil comprarlas y venderlas. Si tienes acciones de Apple y necesitas venderlas, te será muy fácil encontrar un comprador.

Por ello, una primera característica de la liquidez es la facilidad de realizar o intercambiar una mercancía de manera muy fácil, y en cualquier momento, su alto grado de intercambiabilidad. Pero liquidez no solo implica poder intercambiar un bien en cualquier momento a cualquier precio, sino que debe implicar poderlo vender a un precio “económico” o de mercado. Si tienes un violín Stradivarius probablemente posees un bien muy poco líquido, pues si mañana necesitas venderlo con urgencia, no solamente no te será fácil encontrar un comprador de manera rápida, sino que además tendrás que rebajar mucho el precio para poder venderlo. Imaginemos que adquirimos un Stradivarius un lunes, por 100.000 €, y el martes nos comunican que nuestra empresa tiene problemas graves y que debemos “hacer liquidez” de manera inmediata, antes del jueves, con lo cual el miércoles tenemos que vender el Stradivarius, siendo muy probable que debamos estar dispuestos a aceptar 60.000 € para poder deshacernos de él. Un bien con una volatilidad tan alta entre sus posibles valoraciones de mercado en un corto espacio de tiempo es un bien poco líquido y además poco realizable a precios “económicos” o de mercado, es decir, que guarden una baja volatilidad en el tiempo, y no puede utilizarse como dinero.

 

EL “SPREAD” Y EL DINERO.

Y es que fue Menger quien advirtió que los bienes no tienen un solo precio en el mercado, sino que siempre tienen dos precios distintos: el precio de compra (bid), que constituye la valoración del comprador en un momento dado;  y el precio de venta (ask) que constituye la valoración del vendedor. La diferencia entre ambos precios es el “spread”, también llamado “spread de liquidez”. Un bien muy líquido, cómo las acciones de Apple, tiende a cotizar en los mercados con un “spread” muy bajo, es decir, con diferencias muy pequeñas entre el precio bid y el precio ask, lo que permite poder cerrar transacciones muy fácilmente (alto grado de intercambiabilidad) y con una volatilidad muy baja de su “spread” a lo largo del tiempo, es decir, sin que hoy el spread sea de 0,002 $ y mañana sea de 20 $ la diferencia entre el precio de quién quiere vender y quién quiere comprar, sino que más bien se mantiene dicho diferencial en valores muy bajos a lo largo del tiempo.

Un bien poco líquido como el violín Stradivarius tiene variaciones muy altas de su “spread”, es decir, de la valoración del comprador y de la valoración del vendedor, en dos momentos del tiempo. Yo el lunes lo compro por 100.000 €, pero el miércoles me es difícil venderlo por el mismo precio, porque no hay un comprador en el mercado a dicho precio, sino que solo lo encontramos a una valoración de 60.000 € (spread de 40.000 € ¡!!!) y debo rebajar a dicho precio si quiero ejecutar la transacción.

El concepto de “spread” es muy utilizado hoy en día en los mercados financieros, en la valoración y compraventa de activos.

 

LA UTILIDAD MARGINAL Y EL DINERO.

La ley de la utilidad marginal nos dice que el valor de un bien en el mercado es el valor de la última unidad de éste, es decir, de la utilidad que reporta la última unidad de dicho bien, o utilidad marginal. Esto quiere decir que cuánto más unidades de un bien existen en el mercado, menor valor tiene dicha mercancía. Y por el contrario, cuánto más escaso es dicho bien, mayor será su valor, porque mayor será la utilidad que reporta la última unidad de dicho bien. De ahí que el agua, muy abundante, tenga un precio inferior en el mercado que los diamantes, que son muy escasos. Un vaso de agua también es más barato que un violín Stradivarius.

Partiendo de dicha ley, podemos observar que cuándo añadimos una nueva unidad de un bien al stock de existencias del mismo, menor tenderá a ser el precio de dicha mercancía en el mercado. Si hay poca agua, y el agua reporta una utilidad marginal muy alta, conforme vayamos añadiendo unidades de agua al stock menor irá siendo el valor de la misma, porque su utilidad marginal irá disminuyendo. Y cuánto mayor es el stock de un bien, mayor va siendo el “spread” entre su precio bid y su precio ask, pues cada vez se alejará más la valoración del comprador, al cual cada vez le reporta menos utilidad adquirir una nueva unidad del bien, haciendo que para que se crucen transacciones sobre dicho bien el vendedor tenga que estar dispuesto a rebajar más el precio respecto de su propia valoración. Y el precio de mercado por lo tanto tiende a bajar. Es decir, el “spread” aumenta conforme aumenta el stock, en proporción matemática.

Un bien líquido, esto es, un bien que puede utilizarse en la economía como dinero, es aquél en el que el “spread” se reduce menos que proporcionalmente al aumento del stock del mismo. O dicho de otro modo, su utilidad marginal desciende mucho menos de lo que lo hacen otros bienes en incrementos de stock similares. Así, hay bienes cuya valoración en el mercado no baja tan rápidamente, es decir, mantienen más su valor que otros, conforme aumentan sus existencias, y por ello el comprador de los mismos no necesita ofrecer, cuándo desea venderlo, mucho más stock del mismo para poder cerrar una nueva transacción.

Como ha visto el profesor Fekete, en el caso del oro se da una liquidez muy alta, dado que su valor marginal apenas varía conforme aumenta la cantidad del mismo, es decir, su valor marginal es casi constante.

 

LAS DOS DIMENSIONES DEL DINERO.

El dinero tiene dos dimensiones, espacial y temporal.

En su dimensión temporal, un bien cumple mejor la función de dinero cuándo permite su atesorabilidad durante más tiempo, es decir, su liquidez se conserva durante el tiempo de manera estable. El oro podemos atesorarlo durante años sin que pierda valor, mientras que el trigo, que en algún momento histórico pudo cumplir la función de dinero, puede mantener su valor durante un espacio de tiempo más breve, puesto que si se atesora durante mucho tiempo tenderá a echarse a perder, por su propia naturaleza física.

En su dimensión espacial, un bien cumple mejor la función de dinero cuándo puede transportarse entre lugares remotos manteniendo su liquidez estable. En el antiguo testamento podemos leer cómo en la antigüedad los patriarcas, que eran nómadas y transitaban a lo largo del año por distintas extensiones geográficas, llevaban en sus tribus ganado que podían utilizar como dinero en dos lugares distintos y alejados entre sí, dado que dicho ganado mantenía su liquidez a lo largo del espacio.

 

EL DINERO.

Así, podemos concluir que el dinero es una mercancía que puede utilizarse para ejercitar el cambio indirecto, es decir, para poder intercambiarla de manera muy sencilla por cualquier otra del resto de mercancías de una economía.

Y para que una mercancía pueda utilizarse como dinero es necesario que posea un alto grado de intercambiabilidad, lo cual implica que sea muy liquida, es decir, que sea muy fácil comprarla y venderla sin grandes oscilaciones de precio de un día para otro, porque la diferencia entre su valor de compra y su valor de venta sea siempre muy cercana, manteniendo por tanto su valor de intercambio. Y que al aumentar el stock en circulación no pierda dicha mercancía su valor, sino que su utilidad marginal se mantenga casi inalterable.

Además, dicha mercancía que cumplirá mejor que ninguna otra la función de dinero debe por su naturaleza ser capaz de conservar su valor a lo largo del tiempo, así como entre distintos lugares del espacio.

Como señala acertadamente Fekete, el oro ha sido históricamente, y sigue siendo, la mercancía que mejor funciona como dinero.

 

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El Depositum Confessatum

Durante la Edad Media las religiones gozaban de gran influencia sobre las autoridades públicas, e intervenían las Iglesias y sus mandatarios muy activamente en la vida socioeconómica. Las tres religiones dominantes, esto es, la cristiana, la judía y la islámica, prohibían el préstamo con intereses, considerando la usura pecado mortal. Y ello por supuesto contravenía la esencia económica fundamental de la ley de la preferencia temporal, esto es, que los bienes valen hoy más que mañana, por lo que la gente tiende a no prestar dinero si no obtiene un interés que le compense la diferencia temporal entre el momento del préstamo y el momento futuro de su devolución.

En la religión judía era pecado prestar a otros judíos con intereses, pero no a los infieles (es decir, cristianos y moros) por lo que los judíos fueron los principales banqueros de la Edad Media.

Sin embargo, en muchas ocasiones en el tráfico mercantil, los cristianos también quisieron o necesitaron ejercer de banqueros, por tener capital que poder prestar a otros cristianos que lo demandaban, pero no estando dispuestos a prestar un dinero propio durante un tiempo determinado sin un interés que lógicamente compensase la diferencia temporal (así como el riesgo y el margen de beneficio, en su caso). Y para no incurrir en el pecado mortal que suponía la usura, recurrieron a una figura jurídica que vestía legalmente el préstamo como un depósito.

Según el Corpus Iuris Civilis (Digesto, 16,3,25,1) el depositario que, cuando fuese requerido por el depositante a devolverle el objeto del contrato de depósito no lo tuviese en su poder (custodia) y no lo pudiese devolver, habría cometido un delito de apropiación indebida, e incurría en mora, por lo que tendría que devolver el depósito a su legítimo depositario con intereses por el tiempo que para ello necesitase.

Así, se creó en la práctica la figura del Depositum Confessatum. Aquéllos cristianos que querían realizar un contrato de préstamo con intereses lo encubrían declarando que lo que el prestamista hacía no era sino realizar un depósito de dinero ante el prestatario. Y pactaban entre ellos que, en un momento determinado, el prestamista requeriría la devolución del dinero al depositario, quién tendría que afirmar públicamente que no lo tenía en su poder, incurriendo por tanto en la obligación de devolverlo con intereses, según dictaminaba el Derecho en vigor para el contrato de depósito. Por lo que el resultado “de facto” era que las partes lograban los efectos del préstamo de dinero bajo la cobertura legal del depósito.

El Depositum Confessatum fue práctica habitual durante siglos, en la economía occidental, por lo que dio lugar a muchos autores y juristas a confundir la figura del depósito dinerario con la figura del préstamo, algo muy pernicioso y que sin duda fue antecedente jurídico y económico de la banca con reserva fraccionaria que más delante se registraría en la Edad Moderna.

 

El Depósito Bancario NO es un Depósito

El Depósito es un contrato por el cuál una persona se compromete a guardar un bien mueble, propiedad de otra persona, adquiriendo la obligación de guardarla y conservarla durante el tiempo que dure el mismo, y restituirla a su propietario a la finalización del contrato, con todos sus productos y accesiones. O a la vista, si no se ha pactado un plazo determinado.

El depósito es una custodia, no se transmite el dominio ni la posesión de la cosa. Por ello, si de alguna manera el depositario usase o disfrutase de ella estaría incurriendo en apropiación indebida.

Según el objeto del contrato, el depósito puede ser:

–          Regular: cuándo el objeto del contrato es un bien no fungible, es decir, una cosa con características específicas o individuales que la hacen única. Como un anillo de boda, grabado en su reverso con el nombre de los amantes. Si deposito dicho anillo, el depositario solo podrá cumplir con el contrato devolviéndome el mismo a su finalización, no cumpliría devolviéndome cualquier otro anillo que no fuese ese.

 

–          Irregular: cuándo el objeto del contrato es un bien fungible, es decir, una cosa sustituible, intercambiable o subrogable por otra de igual género, especie y calidad. Por ejemplo, un kilo de arroz genérico. Si deposito un kilo de arroz, el depositario cumpliría devolviéndome un kilo de arroz de la misma especie y calidad, no tienen por qué ser los mismos y exactos granos de arroz que le di. Lo que importa aquí es devolver el “tantundem”.

 

El dinero es un bien fungible, si dejamos en depósito 100 euros el depositante cumplirá si, cuando acudimos a recuperarlos, nos devuelve 100 euros, pero no exactamente los mismos billetes que dejamos, sino billetes o monedas por valor de 100 euros. El Depósito bancario es por tanto un depósito irregular.

Pero como vimos antes, si el depositario utiliza el bien objeto del depósito estará cometiendo un delito de apropiación indebida, pues estará violando la esencia del contrato, al usar algo que no es suyo, y que recibió en custodia.

Como sabemos, nuestro modelo de banca se basa en el sistema de “reserva fraccionaria” por lo que los Bancos no guardan el cien por cien del dinero que les dejamos en depósito, ya sea éste un depósito a la vista o a plazo. Desde luego, aunque formalmente la ley se lo permita, pues según la normativa del Banco Central Europeo los Bancos en la UE solo están obligados a conservar en caja el 1 % de lo que reciben en depósito, materialmente están apropiándose de algo que no es suyo.

Imaginemos la cara que se nos quedaría si depositamos cien kilos de maíz “a la vista” en un silo, y la empresa que gestiona el silo utiliza el 99 % de nuestro maíz para invertirlo, sin nuestro consentimiento, mientas dura el depósito. Por supuesto, asumimos el riesgo de que al ir a recuperarlo solo tengan un kilo.

La estadística de los grandes números no puede evitar que si todos los depositarios acuden el mismo día al silo, éste dará en quiebra irremediablemente,dado que solo puede devolver el 1 % del trigo. Desde luego, el mal llamado Depósito bancario es más bien un préstamo del 99 % del dinero que “depositamos”, pero no un depósito.

Publicado en QueAprendemosHoy

Caballeros Templarios y Letras de Cambio

La “Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón”, históricamente conocida como la Orden del Temple, fue una orden militar cristiana, fundada en 1.129 en el “Concilio de Troyes” con el objeto de proteger la integridad física y patrimonial de los cristianos que viajaban a tierra santa tras la caída de Jerusalén en manos turcas.

Esta orden cristiana gozaba, para el buen cumplimiento de sus objetivos, de independencia de jurisdicción, así como de la exención de pagar impuestos en los territorios europeos. En el desarrollo de sus funciones llegó a acumular una excepcional riqueza, y a desarrollar una importante red de sedes y delegaciones (castillos, abadías, etc…) en Palestina y Occidente, principalmente a lo largo de las principales rutas comerciales de la época.

Una de sus principales funciones fue la de gestionar los recursos enviados de Europa a Palestina para financiar las cruzadas, obteniendo una comisión de los recursos cuya gestión se les encomendaba. Gestionaban por tanto la liquidez y los flujos de dinero entre Europa y tierra santa.

Fruto de la realización de dichas actividades desarrolló el sistema de crédito documentario en el que hoy se basan documentos mercantiles y financieros como la letra de cambio, el “traveller check” o la “Letter of Credit”.

Cuándo un cristiano quería viajar desde Castilla hasta Tierra Santa, contaba con la orden del Temple para salvaguardar su integridad física, pero también la integridad de su patrimonio. Al iniciar su viaje, en vez de llevar consigo el oro que fuese a necesitar en destino, depositaba el mismo en la Encomienda Templaria, la cual extendía un Recibo de dicho depósito. Con dicho Recibo, el peregrino podía obtener a la vista la cantidad de oro depositada en origen, tanto en el destino de su viaje como en cualquier punto que atravesase a lo largo de dicho viaje, allí donde los Templarios contasen con una sede o sucursal.

La solvencia y liquidez del Recibo templario llego a gozar de tal solvencia que dicho documento se cambiaba por moneda de uso legar en cualquier país cristiano. Así, el viajero podía recorrer su camino, sin necesidad de portar sus fondos, y disponiendo de los mismos conforme los necesitase, pues dichos recibos eran fragmentables y liquidables a la vista.

Este uso internacional de la fórmula de crédito documentario o cambiario por parte de la orden del Temple otorgó carta de naturaleza al uso del crédito documentario, imponiéndose más tarde su uso generalizado por parte de mercaderes y empresarios.

Finalmente, parece que el poder que llegaron a acumular los templarios despertó la envidia de algunos monarcas europeos, y finalmente en 1.312 el Papa Clemente V disolvió la orden, siendo perseguidos hasta la muerte algunos de sus miembros, y expropiándoseles las riquezas acumuladas. 

Artículo publicado originalmente en QueAprendemosHoy