El Depositum Confessatum

Durante la Edad Media las religiones gozaban de gran influencia sobre las autoridades públicas, e intervenían las Iglesias y sus mandatarios muy activamente en la vida socioeconómica. Las tres religiones dominantes, esto es, la cristiana, la judía y la islámica, prohibían el préstamo con intereses, considerando la usura pecado mortal. Y ello por supuesto contravenía la esencia económica fundamental de la ley de la preferencia temporal, esto es, que los bienes valen hoy más que mañana, por lo que la gente tiende a no prestar dinero si no obtiene un interés que le compense la diferencia temporal entre el momento del préstamo y el momento futuro de su devolución.

En la religión judía era pecado prestar a otros judíos con intereses, pero no a los infieles (es decir, cristianos y moros) por lo que los judíos fueron los principales banqueros de la Edad Media.

Sin embargo, en muchas ocasiones en el tráfico mercantil, los cristianos también quisieron o necesitaron ejercer de banqueros, por tener capital que poder prestar a otros cristianos que lo demandaban, pero no estando dispuestos a prestar un dinero propio durante un tiempo determinado sin un interés que lógicamente compensase la diferencia temporal (así como el riesgo y el margen de beneficio, en su caso). Y para no incurrir en el pecado mortal que suponía la usura, recurrieron a una figura jurídica que vestía legalmente el préstamo como un depósito.

Según el Corpus Iuris Civilis (Digesto, 16,3,25,1) el depositario que, cuando fuese requerido por el depositante a devolverle el objeto del contrato de depósito no lo tuviese en su poder (custodia) y no lo pudiese devolver, habría cometido un delito de apropiación indebida, e incurría en mora, por lo que tendría que devolver el depósito a su legítimo depositario con intereses por el tiempo que para ello necesitase.

Así, se creó en la práctica la figura del Depositum Confessatum. Aquéllos cristianos que querían realizar un contrato de préstamo con intereses lo encubrían declarando que lo que el prestamista hacía no era sino realizar un depósito de dinero ante el prestatario. Y pactaban entre ellos que, en un momento determinado, el prestamista requeriría la devolución del dinero al depositario, quién tendría que afirmar públicamente que no lo tenía en su poder, incurriendo por tanto en la obligación de devolverlo con intereses, según dictaminaba el Derecho en vigor para el contrato de depósito. Por lo que el resultado “de facto” era que las partes lograban los efectos del préstamo de dinero bajo la cobertura legal del depósito.

El Depositum Confessatum fue práctica habitual durante siglos, en la economía occidental, por lo que dio lugar a muchos autores y juristas a confundir la figura del depósito dinerario con la figura del préstamo, algo muy pernicioso y que sin duda fue antecedente jurídico y económico de la banca con reserva fraccionaria que más delante se registraría en la Edad Moderna.

 

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