¿Cómo se Adquiere la Propiedad?

La propiedad es el derecho real más amplio que existe en nuestro ordenamiento jurídico. Es el derecho que mantiene una persona, sobre una cosa, y que le permite disponer de ella como desee, con el único límite de la ley. 

Pero ¿cómo se adquiere la propiedad sobre algo? El artículo 609 de nuestro Código Civil señala las diferentes formas en que se adquiere la propiedad en nuestro Derecho:

–          Por la Posesión.

–          Por Ley.

–          Por Donación.

–          Por Sucesión.

–          Por medio de un contrato mediante la tradición.

Es fácil ver cómo la herencia, la donación o el mandato legal otorgan la propiedad de un bien a una persona. En el caso de la donación, es el propietario de un bien el que haciendo uso de dicha propiedad decide entregarle la misma a otra persona. En el caso de la sucesión, son los herederos designados por testamento o por las normas sucesorias los que reciben la propiedad de los bienes de la persona que fallece. Por último, cuándo un mandato legal lo disponga, se adquiere la propiedad de algo con fundamento en dicha Ley.

Respecto de la Posesión, cuándo alguien posee un bien como suyo, lo cuida y mantiene como si fuese su dueño, de manera pública, pacífica e ininterrumpida, se adquiere la propiedad de dicho bien. Esta forma de adquirir la propiedad se llama Usucapión. ¿Cuánto tiempo hay que poseer algo para adquirir su propiedad? En el caso de los bienes muebles, tres años con buena fe, y en el caso de los inmuebles, diez años entre presentes con buena fe y justo título, o veinte entre ausentes. De manera extraordinaria, se adquiere la propiedad de un bien mueble por su posesión ininterrumpida de seis años, y de un bien inmueble por su posesión durante treinta años. En el caso de la usucapión extraordinaria, no es necesario justo título ni buena fe, solamente que haya pasado el plazo de tiempo marcado por la ley.

En cuanto a la transmisión de la propiedad mediante los contratos, nuestro sistema jurídico sigue la llamada “doctrina del título y el modo” del Derecho Romano.

Esto significa que se diferencia el justo título, de la “traditio” o entrega de la cosa. El título suele ser el contrato, por ejemplo un contrato de compraventa de un vehículo, donde el vendedor se obliga a transmitir la propiedad del coche al comprador,mientras que el modo es la entrega de la posesión del bien, que puede ser física con la entrega del propio vehículo, o bien simbólica, como por ejemplo si se pacta que se entiende entregado el coche con la entrega de las llaves del mismo al comprador por parte del vendedor.

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Análisis de la Estructura de Pasivo del Balance.

El análisis del Balance de una empresa, si la misma lleva una contabilidad ajustada a los principios legales y a la realidad de su negocio, es la herramienta más precisa que existe para estudiar la solvencia y viabilidad de una compañía, junto con el análisis de su cuenta de resultados.

Por ello, de cara a tomar una decisión de inversión en un negocio ajeno, conceder un préstamo o suscribir un contrato que implique riesgo de crédito se hace fundamental estudiar el Balance de la sociedad, tanto a nivel estático como a nivel dinámico (su evolución en el tiempo durante varios ejercicios contables).

Y dentro de la técnica de análisis de balances ocupa un lugar principal el análisis del Pasivo. El Pasivo del Balance, en sentido amplio, y como contraposición al Activo de la compañía, registra el patrimonio de la misma y las obligaciones que sustentan y financian los activos de la empresa. Sin duda, los activos son los que generan el beneficio que registra la primera línea de la cuenta de resultados. Pero no debemos olvidar que esos activos deben tener un respaldo en el pasivo del Balance, bien sea a través de capital propio, bien sea a través de capitales o deudas con terceros, pues la estructura del pasivo determinará si los activos permanecerán durante el tiempo necesario en el negocio (porque se han adquirido por ejemplo con un préstamo a diez años que permite su amortización vía rendimientos del mismo activo) o por el contrario existe el riesgo de perderlos (imaginemos que la empresa ha adquirido una nave industrial con un crédito a seis meses, sería harto difícil devolver en tan poco tiempo una gran inversión de este tipo).

Veamos los cuatro principios fundamentales de la estructura del Pasivo, que permiten estudiar si la estructura financiera del pasivo del balance de una empresa es la adecuada, y por lo tanto nos encontramos con mucha probabilidad ante una compañía solvente y viable.

1. El Pasivo a largo plazo debe cubrir en su totalidad el Activo a largo plazo.

El pasivo a largo plazo, esto es, el patrimonio propio de la sociedad (que supone una deuda con los accionistas por las aportaciones de estos) y el pasivo no corriente, formado por los capitales recibidos de terceros no accionistas (bancos, fondos de inversión, etc…) que deben devolverse en un plazo superior a un año, debe financiar el total del activo no corriente, o activos a largo plazo de la sociedad.

Esto es fundamental para la solvencia y viabilidad de una compañía. Si los activos a largo plazo, como la maquinaria de una fábrica textil o los camiones de una empresa logística, reportan ingresos en el corto y medio plazo, y se han financiado con capital propio de la compañía o préstamos a un plazo adecuado a su capacidad de reportar ingresos, el negocio es viable a futuro. Si por el contrario se financiase un camión con una cuenta de crédito a seis meses existiría un riesgo lógico de impago, pues es dudoso que dicho activo pueda generar beneficios suficientes para amortizar el crédito en tan corto plazo de tiempo.

 

2. El pasivo a largo plazo debe cubrir una parte del activo a corto plazo.

Esto es lo que se llama fondo de maniobra. Los activos corrientes son aquellos que tenderán a estar en el balance un plazo de tiempo inferior a un año, como por ejemplo las existencias, los efectos comerciales de los deudores o la tesorería necesaria para pagar las nóminas y gastos corrientes. Si todo el activo corriente tuviese en su contrapartida del pasivo una obligación de corto plazo, existiría un alto riesgo de caer en dificultades, pues en cuánto se registrase un retraso en realizar los activos respecto del plazo de devolución de los pasivos corrientes la empresa podría incurrir en suspensión de pagos.

Cuando existe un “gap” entre activo corriente y pasivo corriente, el mismo supone un “colchón” o fondo de maniobra que evita tensiones financieras en la normal actividad de la compañía.

 

3. La empresa debe contar con una relación equilibrada entre pasivo exigible y fondos propios.

Por supuesto, no existe una cifra o proporción ideal, pues dependerá de cada empresa, su situación y su estrategia. Pero siempre debe existir una parte de los activos a largo plazo que constituya patrimonio propio, esto es, aportaciones de los accionistas. Pues si la totalidad de los pasivos a largo plazo estuviesen en manos de acreedores financieros la empresa gozaría de poca solvencia, al estar todos sus activos comprometidos con dichos acreedores. Cuán mayor sea la cifra de capitales propios en el pasivo, mayor solvencia tendrá por el contrario la compañía, y menos dependerá de terceros acreedores financieros.

 

4. El pasivo corriente debe estar gestionado de manera precisa y con vencimientos superiores al activo corriente.

Los mismos principios antedichos informan la gestión del pasivo corriente: las obligaciones deben tener un plazo de amortización superior a los activos cuya rentabilidad servirá para su pago. Toda empresa viable debe tener negociadas las obligaciones de corto plazo con vencimientos superiores a los activos corrientes. Por ejemplo, una cuenta de crédito a seis meses puede financiar la compra de existencias que estarán en almacén un mes, y que se cobrarán con efectos comerciales de los clientes a tres meses, pues el plazo total de realización de estos activos corrientes, cuatro meses, permite generar un rendimiento en un momento anterior al vencimiento del crédito. Si se financian las mismas existencias con un crédito a dos meses, el negocio tendrá grandes probabilidades de generar tensiones de tesorería. Dado que la estructura del pasivo corriente puede ser compleja, por la existencia de diversos productos financieros (líneas de descuento, cuentas de crédito, préstamos de campaña, factoring, etc…) un estudio adecuado será medir el plazo medio de días de vencimiento de los pasivos corrientes y confrontarlo con el plazo medio de realización de los activos corrientes más el plazo medio de cobro de los derechos de crédito. También es adecuado estudiar las características jurídicas de los instrumentos de financiación de circulante de la sociedad (como por ejemplo sin son “con recurso” o “sin recurso”, o si se permiten prórrogas, etc…) pues ello ayudará a concretar el riesgo de la parte de corto plazo de su balance.

 

 

 

 

La Amortización Contable

El fin último de la contabilidad es reflejar la imagen fiel de la situación económica y patrimonial de una empresa, de cara a los directivos que la gestionan, a sus accionistas, a los clientes, a sus proveedores, a sus prestamistas, o a Hacienda. En general por tanto a la sociedad en la que se desenvuelve.

Los elementos más importantes de la compañía, sus activos, es decir, aquellos bienes que le permiten generar sus operaciones corrientes, están sujetos a la normal depreciación que sufre todo bien económico.

Por ejemplo, un camión rendirá unos servicios a la empresa durante los diez que le permita su vida útil y su tecnología. Sin embargo, durante esos diez años estará activado en el Balance por su valor de adquisición, supongamos que 90.000 €, y los servicios que se facturen con su explotación engrosarán la cuenta de resultados de la empresa, deducidos después por los costes de la operación.

Pero si nos quedásemos en dicha situación, sin tener en cuenta lo que ya reseñamos sobre su vida normal y su depreciación, no estaríamos dando una fiel imagen de la situación de la sociedad ni en el Balance ni en la cuenta de Resultados, durante los diez años que dura el camión de nuestro ejemplo.

Piense el lector que en el año nueve un inversor que estudie el Balance verá un activo de 90.000 € probablemente sin deuda alguna en contrapartida, mientras que el camión puede que tenga para entonces un valor de mercado de 10.000 €. Por otro lado, dicho inversor estudiará una cuenta de resultados con una facturación (por los servicios del camión) que el año que viene puede que ya no se repita (porque el camión ya no pueda servir a la compañía) y que presenta un histórico de nueve años de beneficios dónde no se ha tenido en cuenta la depreciación normal de dicho camión. Así, desde luego, no estaremos ante una imagen fiel de la sociedad en el año noveno: tendremos un balance “inflado” y un histórico de beneficios netos en la cuenta de resultados también “inflado”. Pues de ninguna manera se ha tenido en cuenta la realidad tecnológica de que a los diez años nuestro camión ya no funcionará desde luego como el primer año.

Para corregir esta situación cuenta la contabilidad con la técnica de la Amortización. La amortización tiene un doble efecto correctivo: en el Balance y en la Cuenta de Resultados. A nivel del Balance, la Amortización engrosa el Activo de la sociedad, con signo negativo, por lo que disminuye el valor de los activos según va pasando el tiempo. Por ejemplo, en el año nueve de nuestro ejemplo y con una amortización lineal del 10 % el activo reflejará para el camión un valor de 9.000 € (resultado de que aparecerá el camión valorado en 90.000 € con una amortización acumulada de 81.000 € también en el activo pero con signo negativo). A nivel de la Cuenta de Resultados, la amortización disminuye el beneficio registrado cada año, por lo que en nuestro ejemplo, si en un año se dotan 9.000 € y el camión a permitido a la compañía facturar 30.000 € con unos costes de 10.000 € la imagen que se transmite en el beneficio neto es que realmente la empresa ha obtenido 11.000 € en sus operaciones, y no 20.000 €, como cabría pensar si no se tiene en cuenta la amortización, puesto que las operaciones se están realizando con un camión que, en diez años, estará probablemente obsoleto, por cuanto una correcta viabilidad de la empresa supondría dotar parte de los beneficios a comprar un nuevo camión en el año once.

En definitiva, la técnica contable de la Amortización corrige la simple contabilidad de ingresos, gastos y valores, ajustando la imagen contable a la realidad física de los bienes que componen la empresa.

Precios Máximos

En un libre mercado, el precio tiende a regularse por la ley de la oferta y la demanda. Existe un stock determinado de bienes, los oferentes ponen a la venta todo o parte de dicho stock, y los demandantes, en función de la utilidad marginal que estiman subjetivamente que les reporta dicho bien, pujan por las unidades ofertadas. Cuándo se cruzan la valoraciones marginales de los oferente con la valoraciones marginales de los demandantes, se cierran transacciones, determinándose así el precio de mercado. Si hay una gran demanda, el precio tiende a subir, y si la demanda es escasa, el precio tiende a bajar. Si la demanda sube, con el consecuente incremento de precio, la oferta tenderá a subir también (reajustándose el precio de mercado) hasta que se agote el stock de los oferentes o bien el precio marginal no cubra los costes marginales de producción. El libre mercado es la forma más eficiente de asignación de recursos en una economía, mediante el mecanismo de precios y el cálculo económico.

Sin embargo, cuándo existe una intervención en el libre mercado, evidentemente la lógica se rompe y las asignaciones se vuelven ineficientes. Este es el caso de la fijación de Precios Máximos. Imaginemos que bajo un sistema de libre mercado el precio de una barra de pan es de 0,70 €. Si realmente estamos en un libre mercado, dicho precio no será arbitrario, sino que será aquél al cuál, en un momento determinado, los oferentes están dispuestos a desprenderse de su stock total de barras de pan, o bien sufrirían perdidas si vendiesen a 0,69 €.  De igual manera, será el precio máximo que estarán dispuestos a pagar, en el mismo momento, los demandantes, pues por 0,71 € prefieren satisfacer otras necesidades distintas, y a 0,69 € comprarían más barras. Desde luego, éste será solo el precio en un momento determinado, y cambiará en el futuro conforme cambien las valoraciones subjetivas de quienes venden y compran barras de pan. Ahora imaginemos que el gobierno determina que el precio de la barra de pan es muy alto, e interviene fijando un precio máximo de 0,50 €. Pues bien, si baja el precio tenderá a subir la demanda, los demandantes querrán ahora más barras de pan. Y como dijimos antes, los panaderos no tienen capacidad de producir más barras (y por ello el precio era de 0,70 €) o bien incurren en pérdidas si producen más barras (porque todos los factores de producción necesarios, más su margen empresarial, asciende a 0,70 €).

En este escenario, el día siguiente a que el gobierno apruebe la ley del precio máximo de la barra de pan, los clientes acudirán en tropel a comprar por 0,50 € lo que antes les costaba 0,70 €, es lógico, pero o bien los panaderos no tienen capacidad para incrementar el stock (por ejemplo, su dimensión de planta está estructurada para la demanda anterior, y no tienen capacidad tecnológica) o bien no tienen incentivo económico (pues están perdiendo 0,20 € por cada barra que venden) por lo que de una manera u otra el efecto que provoca el precio máximo es irremediablemente el de desabastecimiento.

En la práctica, ésta es la razón del desabastecimiento de bienes de primera necesidad en sistemas socialistas como Venezuela o Cuba. En la Alemania de postguerra, también intervenida por precios máximos, la eliminación de los mismos por parte del famoso ministro liberal de economía Ludwig Erhard fue lo que generó el llamado “milagro alemán” convirtiendo a Alemania de la noche a la mañana en una superpotencia económica.

La Doctrina de las Letras Reales

Como ha puesto de manifiesto en sus artículos el Profesor Antel E. Fekete en los últimos años, en una de las obras fundamentales de la ciencia económica, La Riqueza de las Naciones, su autor Adam Smith dibujó la teoría del crédito comercial, o de las <<real bills>>, la doctrina de las letras reales, una teoría económica de gran importancia, muy desconocida sin embargo hoy en día. Para Adam Smith los conceptos de “liquidez” y “solvencia” eran fundamentales en la explicación de diversos fenómenos económicos, y supo ver que en una estructura de balance no hay solvencia sin liquidez.

Dicha teoría propugna que las letras de cambio emitidas para financiar el crédito circulante de empresarios y comerciantes, en operaciones de compraventa de mercancías de primer orden, con la firma y aceptación del librado y con vencimiento inferior a 91 días, son el bien más líquido de una economía, solo por detrás del oro en cuánto a liquidez.

Así, como pudo observar Adam Smith en los importantes mercados de letras de cambio de Manchester y Lancashire allá por 1770, las <<real bills>> o <<bills of exchange>> podían circular como dinero entre los inversores, financieros, Bancos y empresarios sin ningún problema, siempre que tuviesen “dos buenas firmas” y un vencimiento inferior a 91 días. Respecto de las dos firmas, se hacía referencia a la solvencia del librador del efecto, pues se esperaba que estuviese firmada por los dos principales socios de la empresa o sociedad obligada a su pago. También cabe suponer que podría ser la firma del comerciante y de un avalista de reputada solvencia.

Por supuesto, las letras debían financiar mercancías de primer orden, esto es, mercancías que satisficiesen necesidades primarias, como trigo, queso, cebada, carne, aceite o licores. Se entendía que durante un ciclo temporal inferior a  91 días estos bienes siempre serían vendidos a los clientes finales, pues satisfacen como decimos necesidades básicas del ser humano. Así, incluso en una situación de guerra o desastre natural, estos bienes siempre tendrían una venta asegurada en un período inferior o igual al vencimiento del efecto.

La emisión de estas letras de cambio para su financiación podemos pensar que equivale a “monetizar” los bienes más básicos de la economía. Al igual que un “recibo de depósito” de oro supone “monetizar” dicho activo, facilitando su circulación en el tráfico mercantil.

El plazo de 91 días corresponde a la duración de una estación del año, resultado de dividir 365 días entre las cuatro estaciones que tienen lugar a lo largo del año natural. Durante dicha etapa se daba por seguro que las mercancías sobre las que se giraba la letra serían vendidas para su consumo.

Los Bancos, prestamistas y financieros de la época no tenían por tanto problema alguno en adquirir a los empresarios y mercaderes dichas letras, ofreciéndoles a cambio la financiación de circulante necesaria a cambio de un tipo de descuento determinado. A corto plazo los Bancos equilibraban su pasivo circulante (depósitos a corto plazo de sus clientes) con estos activos. Dado que el desequilibrio en el corto plazo es lo que puede llevar a un Banco a la quiebra, el Balance de un Banco era tan bueno como lo era la calidad de las letras que financiaba.

Las letras financieras, que financiaban operaciones de medio y largo plazo, o refinanciaban otras letras y obligaciones de pago, no gozaban de ninguna manera de la liquidez atribuida a las letras reales.

 

Y aquí es dónde Adam Smith, y un siglo más tarde Carl Menger, supieron ver la esencia de la solvencia bancaria: para evitar quiebras Bancarias es necesario que los pasivos a corto plazo de los Bancos tengan en contrapartida activos con vencimiento también a corto plazo, y de gran calidad, con bienes reales de comercio común como colateral y plazos de vencimiento adecuados.

Toda empresa solvente financia su activo corriente con pasivo corriente, y su activo a largo plazo con patrimonio propio o con pasivos a largo plazo. Cuándo una empresa utiliza pasivo circulante, esto es, deuda que deberá atender a corto plazo, para financiar activos a largo plazo, es decir, activos que le generarán retornos en un tiempo en el que ya habrán vencido los pasivos de contrapartida, es evidente que dicha empresa será poco solvente, y estará abocada a la quiebra.

Sin embargo, más adelante, los teóricos de la economía de la Banking School y de la Currency School, así como clásicos, neoclásicos o keynesianos, no supieron ver esto tan básico. Así también los Gobiernos y los Bancos podemos pensar que no quisieron nunca someterse al corsé de la racionalidad, que imposibilitaría las expansiones crediticias y la emisión y financiación de deuda.

Por ello, con el devenir de los años, esta doctrina de la liquidez de las “real bills” fue relegada como rectora de los balances bancarios por esa doctrina estadística que es la “Ley de los grandes números”, que justifica la reserva fraccionaria y el “descalce de plazos”. Así, viene a afirmar esta teoría que un banco elimina el riesgo de quiebra cuándo su volumen de clientes es tan grande que existen unas probabilidades muy limitadas de que todos los clientes con depósitos a corto plazo vayan a ir el mismo día, a la misma hora, a retirar su dinero.

La adopción de leyes estadísticas en la gestión de balances bancarios permite a los Bancos financiar hipotecas a veinte años con depósitos a seis meses. Todo un sinsentido que se pone de manifiesto en momentos de crisis económicas, cuándo vemos como quiebra un banco tras otro, y deben ser rescatados con dinero público, asumiendo finalmente el ciudadano el descalabro, con sus impuestos.

 

 

 

EL MERCADO FINANCIERO NO ES LIBRE

 

CULTURA POPULAR Y LIBRE MERCADO.

Durante los últimos años he visto cómo cientos de veces, desde las tertulias de la radio o la T.V., desde los artículos de la prensa tradicional y de la prensa en internet, en noticiarios, conferencias, blogs u otros medios de debate y comunicación, se atacaba duramente al supuesto libre mercado financiero como culpable de la actual coyuntura económica de recesión. Y muchas veces, como eje central, una idea: Si usted compró una vivienda y ahora está atrapado en una hipoteca que supera con creces el valor de la vivienda, es culpa de esos malvados neoliberales mercados financieros.

Qué gran paradoja, hablar de “desregulación” y de “liberalismo” y referirse a los mercados financieros. Y es que el mercado financiero está desde hace años (o siglos) hiperregulado y totalmente intervenido.

En el presente artículo, en el que utilizaré términos y razonamientos muy básicos, y muy simplificados, me propongo demostrar de forma sencilla que la crisis hipotecaria vino determinada por la regulación y no como muchos creen por la supuesta libertad del mercado.

EL MERCADO FINANCIERO NO ES UN MERCADO LIBRE.

Entenderemos en este artículo mercado financiero como aquél donde se intercambia dinero presente por dinero futuro, es decir, ahorro por inversión.

Un libre mercado es aquél donde el precio de los bienes y servicios que en él se negocian se determina por el libre juego de la oferta y la demanda. Hay oferentes que poseen un stock de un determinado bien, el cuál valoran en menor medida que los demandantes que acuden al mercado en busca de dicho bien, y con un stock de otros bienes que intercambiar a cambio del bien allí negociado. En la medida en que los oferentes valoren más los bienes ofrecidos por los demandantes, en contraprestación por entregar su bien, se cerrarán transacciones. En un mercado desarrollado, existirá una mercancía llamada dinero y aceptada por ambas partes como moneda de cambio, que será lo que los demandantes que acuden al mercado ofrezcan en contrapartida. Conforme se vayan cerrando transacciones, se irá fijando un precio de mercado. Así, como decía más arriba, el precio se fija por el libre juego de oferentes y demandantes.

Un mercado intervenido es aquél donde no son los participantes del mismo, es decir, aquellos que venden y compran, quienes determinan el precio del bien con sus demandas y ofertas. Sino que es un tercero quién se arroga y atribuye la facultad de determinar el precio.

En el mercado financiero  el precio, esto es, el tipo de interés, no se determina por las libres transacciones de oferentes y demandantes. Sino que se fija por una autoridad pública llamada Banco Central.

Así que no existe ningún libre mercado, sino un mercado totalmente intervenido.

LA BURBUJA INMOBILIARIA.

Desde principios de la primera década de este siglo, es decir, desde 2001 o 2002, el precio de las viviendas comenzó a elevarse, dado que había una gran cantidad de demanda para comprar pisos, garajes, oficinas, y bienes inmuebles en general. El precio del metro cuadrado entre 2000 y 2007 crecía en términos del 10 % anual, e incluso algún año parece que creció en torno al 30 %. La gente demandaba viviendas, y eso hacía subir los precios requeridos por los oferentes, lo cual tiene su lógica. Si sube la demanda, tiende a subir el precio.

 

 

EL TIPO DE INTERÉS EN UN MERCADO LIBRE.

Para demandar viviendas, los demandantes tenían que ofrecer dinero a cambio. Dado que  las más de las veces no tenían dinero suficiente, se dirigían al mercado financiero a solicitar un préstamo, es decir, a demandar dinero. En un mercado libre, si sube la demanda de dinero porque la gente requiere préstamos para comprar una vivienda, el precio del dinero tiende también a subir conforme se incrementa su demanda. En un mercado libre, por tanto, conforme la gente demandaba más dinero para obtener su hipoteca y comprar su piso, el precio del dinero hubiese subido hasta llegar un momento en el que ya no hubiese sido atractivo endeudarse para comprar un inmueble. Acto seguido, la demanda de inmuebles hubiese disminuido, y cuando la demanda disminuye el precio tiende a bajar. Los mercados se corrigen por si solos.

Por ejemplo, si los pisos se revalorizaban un 10 % y el tipo de interés en 2003 era del 3 %, sacar un préstamo al 3 % para invertir al 10 % es un buen negocio, ganas un 7 % (y encima sin arriesgar tu dinero, te lo han prestado!!). Pero si de 2003 a 2004 hay muchos demandantes de dinero, el tipo de interés tenderá a subir, como ya dije antes. Cuándo el tipo de interés llegue al 10 %, ya no será un gran negocio tomar préstamos al 10 % para invertir al 10%. Por lo que la gente dejará de comprar viviendas, y el precio de la vivienda tenderá a bajar. Autocorrección.

EL TIPO DE INTERÉS EN EL MERCADO FINANCIERO INTERVENIDO.

En nuestro mercado financiero intervenido, el tipo de interés no lo fijan oferentes y demandantes de dinero. Lo fija el Banco Central. Así, daba igual que la gente demandase millones de hipotecas para invertir en pisos, el tipo de interés Euribor entre 2000 y 2007 estaba entre el 2 % y el 4,9 % aproximadamente. Muy lejos de ese 10 % que se revalorizaban las viviendas. Daba igual que la gente demandase cada vez más dinero para hipotecarse y comprar inmuebles, había años en los que incluso cuánto más dinero demandaban los compradores más bajaba el BCE el Euribor. Así, no hay autorregulación de ningún tipo. La gente demandaba dinero al 4 % para invertir al 10 %, y cada vez los pisos valían más.

LAS CONSECUENCIAS DE UNA FALTA DE LIBERTAD EN EL MERCADO.

Al final, la realidad siempre acaba imponiéndose sobre el mundo de ciencia ficción que los intervencionistas intentan imponer. Y en un momento determinado estalló la crisis financiera internacional (causada igualmente por una absoluta falta de libre mercado) haciendo estallar consigo también la burbuja inmobiliaria española. Se acabó la fiesta, los pisos ya no valdrán el próximo año un 10 % más, e incluso bajarán. Pero la hipoteca habrá que devolverla. Y si el tipo de interés de dicha hipoteca es del 3 % y las viviendas bajan un 5 % de un año para otro, el inversor que se endeudó para comprar un piso habrá perdido aquí un 8 %, gracias a ese mercado regulado en el que demandó un dinero cuyo tipo de interés nunca subía más de lo que el regulador dictaminaba.

 

 

 

CONCLUSIÓN: MÁS LIBERTAD ES LO QUE NECESITAMOS.

Esto, en un mercado libre, no pasa. Así que no hagan ni caso de aquellos tertulianos que culpen al libre mercado de la pobreza, miseria y pérdidas de los que cayeron en la trampa del intervencionismo financiero. Es todo lo contrario, lo que necesitamos es libertad de mercado, para que esta dramática situación no vuelva a repetirse nunca más en el futuro.

Aunque como dije más arriba he querido hipersimplificar este artículo, para que se entienda muy fácilmente, no me gustaría terminar sin añadir que los Gobiernos, los Bancos Centrales y las autoridades supervisoras no solo determinan el precio del dinero en cada momento, sino que determinan también la cantidad de dinero en circulación. Además, el dinero actual no tiene un respaldo real, como el oro, sino que se trata de dinero fiduciario, por orden de dichos gobiernos. Encima, la regulación pública permite a los bancos no tener el dinero de sus depositantes guardado, sino que lo pueden invertir libremente (coeficiente de caja mínimo). Por supuesto, en un mercado libre, nadie comerciaría con dinero no respaldado por un activo real, y nadie depositaría su dinero al 0,5 % en un Banco sin reservas suficientes. Sin embargo, en un mercado intervenido es lo que hay.

 

 

 

 

El Dinero. Tipos de Dinero.

EL DINERO.

El dinero es una mercancía que permite ejercitar el cambio indirecto en la economía, esto es, puede intercambiarse de manera muy sencilla por cualquier otro bien de dicha economía. Ello supone que su posesión permite adquirir cualquier otra mercancía, sin tener que transaccionar de manera directa entre bienes menos líquidos, buscando comprador por comprador. Por poner un sencillo ejemplo, en una economía de cambio directo si el lechero quiere carne, y el carnicero quiere pan, el lechero tendrá que intercambiar su leche por pan para conseguir carne, por lo que si al panadero no le gusta la leche y el carnicero solo quiere pan, el lechero se queda sin carne. En una economía de cambio indirecto, el lechero podrá cambiar por dinero su leche y utilizar dicho dinero para adquirir directamente carne.

Para que un bien pueda utilizarse como dinero evidentemente debe poseer un alto grado de intercambiabilidad o liquidez, es decir, que sea muy fácil intercambiarlo en distintos momentos del tiempo sin grandes oscilaciones en su precio de un día para otro. Ello presupone que su spread (diferencia entre el precio de compra marginal y el precio de venta marginal) varíe menos que proporcionalmente ante aumentos del stock en circulación de dicha mercancía (dinero), manteniéndose casi inalterable su utilidad marginal ante aumentos de su stock (la utilidad marginal de un bien es decreciente, cada nueva unidad de un bien tiende a reducir el mismo, pero en el caso de los bienes que pueden utilizarse como dinero apenas decrece cuando aumentamos nuevas unidades).

Además, la mercancía que cumpla la función de dinero en una economía debe por su naturaleza ser capaz de conservar su valor a lo largo del tiempo, así como entre distintos lugares del espacio.

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TIPOS DE DINERO.

Podemos distinguir entre dinero en sentido estricto, esto es, aquellos bienes que cumplen la función de intercambio por la aceptación como tal medio por parte de la sociedad. Y el dinero en sentido amplio, que incluye en la categoría aquellos bienes que pueden ejercer como sustitutos monetarios.

El dinero en sentido estricto, a su vez, puede dividirse en tres grandes tipologías:

–          Dinero Mercancía.

–          Dinero Crédito.

–          Dinero Fiduciario.

 

Dinero Mercancía es justo aquello que se explicó en el primer punto de este ensayo, es decir, una mercancía que cumple la función de dinero. A lo largo de la historia de la humanidad, el hombre ha ido utilizando, en distintos lugares y en diferentes momentos, distintas mercancías en el cambio indirecto,  como el ganado, los caballos, la sal, los granos de maíz, la plata o el oro. El oro acabó imponiéndose entre la mayor parte de personas y países como la mercancía que mejor cumple la función de dinero.

Si se deposita el oro en un lugar suficientemente seguro (orfebre, banco..) y el depositario emite recibos de depósito, al portador, el depositante puede utilizar dichos recibos para transaccionar en el comercio. Este es el origen de los billetes: recibos o certificados de depósito a la vista, que permiten a sus tenedores no tener que portar oro, pudiendo utilizar los mismos en la compra, y siendo liquidables a la vista a su tenedor, ante el depositario. Estos billetes son sustitutos monetarios, pues no siendo dinero se pueden utilizar como tal por su liquidez inmediata, esto es, por poder ser liquidados en oro directamente en cualquier momento.

Los billetes, como sustituto monetario del dinero mercancía, presuponen que el deposito permanece siempre en su totalidad e integridad.

Dinero Crédito es aquella forma de dinero, es decir, de bien utilizable para el cambio indirecto, que no representa liquidez presente, sino futura. Un crédito es un intercambio de un bien presente por un bien futuro. Y en el caso del dinero crédito la función de dinero la cumplen títulos que no son liquidables a la vista, pero sí en el futuro. Por ejemplo, durante las guerras napoleónicas, el Banco de Inglaterra suspendió la convertibilidad de sus billetes por oro, pero los ciudadanos siguieron intercambiando dichos billetes como dinero en el tráfico mercantil, por la seguridad que tenían en que en un momento futuro podrían estos títulos ser liquidables en oro.

En los florecientes mercados de Lancashire y Manchester en los tiempos de Adam Smith las letras de cambio con vencimientos hasta 90 días debidamente aceptadas y firmadas circulaban como dinero entre los bancos y mercaderes, tal y como Smith dejó reflejado en su obra. Estas letras mercantiles tenían siempre una contrapartida en mercancías como trigo, maíz, vino, harina o verduras (no se admitían letras financieras) y se estimaba que en un plazo igual al de una estación del año siempre acabarían siendo vendidas dichas mercancías, por las propias necesidades del ser humano. Así, estas letras serían sustitutos monetarios del dinero crédito, puesto que circulan como dinero y pueden liquidarse en un momento futuro.

El dinero fiduciario o dinero fiat es aquél título que cumpliendo la función de dinero no es liquidable por una mercancía que represente liquidez. No tiene una contrapartida que lo respalde materialmente, sino que es una razón formal la que convierte a dichos títulos en dinero. Dicha razón formal es la ley o mandato del gobierno.

También hablamos de dinero fiduciario cuándo estos títulos no están respaldados al cien por ciento por un depósito de dinero mercancía. Este es el caso de la reserva fraccionaria, es decir, cuándo el coeficiente de reserva que debe conservar el depositario es el cincuenta por ciento, por ejemplo, pudiendo utilizar mientras dure el depósito en sus manos el otro cincuenta.

La palabra “fiducia” en latín significaba confianza, y es dicha confianza, en el gobierno que emite los billetes fiduciarios o en la organización bancaria que no respalda al cien por cien sus depósitos, lo que sustenta este tipo de dinero.

 

 

 

BREVE EVOLUCIÓN HISTÓRICA DE LOS TIPOS DE DINERO.

El oro, como ya dije antes, acabó imponiéndose como el dinero mercancía de referencia en todo el mundo. Hasta la Ley de Peel, en 1844, los billetes emitidos por los bancos depositarios debían estar respaldados al cien por cien por oro, y esta ley vino a crear la reserva fraccionaria, es decir, la posibilidad de que los billetes no tuviesen un respaldo de la totalidad del depósito que representan, sino solo de una parte. Esta reserva fraccionaria se extendió rápidamente al resto de países. Un siglo después, en 1944, los Acuerdos de Bretton Woods pusieron fin al patrón oro. Si hasta ese momento los billetes debían emitirse en función de las existencias de oro, aunque solo tuviesen que ser respaldados en una parte y no en su totalidad por oro, este nuevo marco vino a dictaminar la posibilidad de emitir billetes sin ningún depósito tras de sí, más allá de la confianza en los gobiernos y bancos emisores en dichos billetes.

Y este es el escenario actual, la moneda de todos los países hoy en día no tiene un respaldo real por oro o por otra mercancía, sino que solamente circula por nuestra propia confianza.